Frente a la inestabilidad temporal de las encuestas y los mercados, el presidente Donald Trump mantiene el control mediante una estrategia política y militar diseñada para preservar la hegemonía internacional de Estados Unidos.
Esta capacidad operativa remite a los postulados del estratega prusiano Carl von Clausewitz, quien sostenía que la eficacia en un conflicto depende de articular a las Fuerzas Armadas, el Gobierno y el pueblo. Aunque resulta irrelevante si el mandatario estadounidense ha estudiado estos conceptos, su historial refleja lo que el propio Clausewitz consideraba superior a la teoría: destreza en combate, experiencia y el denominado «genio de la guerra».
La trayectoria de Trump lo consolida como uno de los líderes contemporáneos con mayor recorrido en la gestión de operaciones militares. Durante su primera administración, desmanteló el califato del Estado Islámico, eliminó a su máximo líder —uno de los terroristas más buscados— y ordenó la muerte del general iraní Qasem Soleimani. En esa misma etapa, antes de que Joe Biden cancelara la iniciativa, el dirigente republicano había reformado la costosa ocupación de Afganistán heredada de Barack Obama, logrando reducir drásticamente los gastos, la cantidad de tropas y las bajas estadounidenses.
Trump sostiene una ofensiva militar de largo alcance contra Irán mediante la combinación de ataques, presión económica, diplomacia e intimidación, con el propósito de debilitar las capacidades del régimen sin desplegar una fuerza terrestre masiva.
Ya en su segundo mandato, su Gobierno ha debilitado a la cúpula del dirigente ilegítimo de Venezuela, ha encabezado una guerra contra los narcoterroristas en América Latina y ha impulsado la reconstrucción de la OTAN, la mayor alianza militar del planeta.
Como registro documental de su recorrido político, una fotografía tomada por Gage Skidmore ilustra al mandatario durante su intervención en la Conferencia de Acción Política Conservadora de 2017, celebrada en National Harbor, Maryland.
La Casa Blanca combina los ataques con presión económica y diplomática
Para alcanzar sus objetivos de seguridad nacional, el Ejecutivo no limita su accionar a los bombardeos. La Casa Blanca articula los recursos bélicos con la intimidación, la diplomacia, las negociaciones y una batería de medidas económicas que incluyen aranceles, bloqueos, sanciones y acuerdos comerciales. Trump exige que cada agencia estatal, desde la comunidad de inteligencia hasta el Departamento del Tesoro, ejecute su papel específico sin ceder ante la oposición política interna o externa. Como resultado, la ciudadanía acepta su capacidad de ejecución, ya sea con entusiasmo o con resignación.
En el caso particular de Irán, el mandatario ha estructurado una campaña viable, aceptable y sostenida que evita los estancamientos históricos sufridos por Lyndon B. Johnson en Vietnam o la retirada precipitada que afrontó Biden en territorio afgano. Bajo la óptica de Washington, Estados Unidos ya aseguró sus objetivos esenciales y el combate persiste únicamente porque el enemigo ha decidido prolongarlo.
En lugar de ordenar un envío masivo de tropas terrestres o lanzar ofensivas aéreas indiscriminadas, la estrategia busca mitigar los riesgos. Cada vez que Teherán responde con hostilidades o incumple sus compromisos, las fuerzas estadounidenses destruyen nuevas capacidades operativas y recursos.
Esta presión sistemática recorta el margen de maniobra y la influencia del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica. Cada jornada de ataques estadounidenses añade meses o años al tiempo que Irán requerirá para recuperar el nivel de amenaza que ostentaba hace un año. A medida que escalan las provocaciones iraníes, el riesgo de un levantamiento interno aumenta, lo que obliga al régimen a desviar fondos cruciales hacia la seguridad nacional.
El Gobierno estadounidense confía en sostener esta asimetría el tiempo que sea necesario, pues descarta agotar sus buques, aviones o municiones antes de eliminar la totalidad de los blancos enemigos.
Trump se apoya en un gabinete con mayor control operativo
Para sostener este esquema, el presidente se apoya en un gabinete que supera en capacidad al de su primer periodo. Trump ha calificado a Marco Rubio como uno de los secretarios de Estado más eficientes de la era contemporánea. En el Pentágono, el secretario de Guerra, Pete Hegseth, ejerce un control absoluto y conserva la confianza presidencial a pesar de las críticas.
La estructura de seguridad se completa con la autoridad y eficacia del general Caine al frente del Estado Mayor Conjunto, la hábil gestión de John Ratcliffe en la CIA y el manejo de la guerra económica liderado por el secretario Scott Bessent desde el Departamento del Tesoro.
Con este aparato institucional, la Casa Blanca ignora las restricciones políticas a corto plazo. Tras restar peso a las elecciones de medio mandato, Trump proyecta su estrategia hacia los comicios de 2028, un proceso que funcionará como un referéndum directo sobre su gestión. El calendario interno dicta que, para el Día del Trabajo de 2026, los ciudadanos deben percibir la guerra con Irán como un triunfo estratégico y sentir que su calidad de vida supera a la de cuatro años antes, un escenario que borraría cualquier inquietud sobre el costo de la gasolina durante el verano de ese mismo año.
La ofensiva busca impedir una nueva guerra de desgaste
Si bien la política exterior rara vez asegura victorias electorales, sí puede provocar derrotas cuando la población percibe que las crisis internacionales amenazan su entorno. Al mantener la ofensiva bajo estrictos márgenes de riesgo, la administración frustra el deseo del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica de arrastrar a Estados Unidos hacia un nuevo escenario de desgaste al estilo de Corea o Irak.
Finalmente, la rendición de las fuerzas iraníes constituye solo una pieza dentro del plan integral. Consolidar la cooperación política, económica y de seguridad regional resultará mucho más determinante para el legado del mandatario como líder del mundo libre y artífice del cambio en Oriente Medio.





