El Comando Sur de Estados Unidos puso en marcha un Comando de Guerra Autónoma para incorporar sistemas no tripulados a sus operaciones en el Hemisferio Occidental, con la meta de ampliar la vigilancia, acelerar la toma de decisiones y reforzar la respuesta frente a redes criminales y situaciones de crisis.
La orientación fue confirmada por SOUTHCOM en sus comunicaciones oficiales del 21 de abril de 2026, donde vinculó la creación de la nueva estructura con las prioridades de seguridad nacional de Estados Unidos. El general Donovan señaló además que la iniciativa se apoyará en el Defense Autonomous Warfare Group para definir la pericia técnica y las arquitecturas de sistemas necesarias para su ejecución.
La nueva entidad coordinará sistemas autónomos, semiautónomos y operados a distancia en todos los dominios, desde el marítimo hasta el cibernético. El objetivo es integrar de forma más estrecha los efectos tácticos generados sobre el terreno con metas estratégicas de alcance regional.
Para SOUTHCOM, el escenario operativo refuerza esa apuesta. Su área de responsabilidad abarca grandes espacios marítimos, zonas selváticas extensas y redes ilícitas complejas, condiciones en las que la detección persistente y distribuida gana valor. En ese marco, la cooperación con países socios sigue siendo un componente central por su aporte a la vigilancia compartida y al flujo de inteligencia.
Entre los sistemas mencionados figura el MQ-8 Fire Scout, un helicóptero no tripulado embarcado de la Marina de Estados Unidos que opera en las variantes MQ-8B y MQ-8C. La versión MQ-8C, derivada del Bell 407, puede volar unas 12 horas y operar a más de 150 kilómetros de su buque anfitrión mediante enlace de datos. Está equipada con sensores electroópticos e infrarrojos y, en algunas configuraciones, con radar marítimo ligero, lo que facilita la detección de embarcaciones de baja firma y la vigilancia sostenida en áreas marítimas dispersas.
En el ámbito naval, los vehículos de superficie no tripulados ganan espacio como complemento para extender la cobertura. Modelos como el MANTAS y el Devil Ray, desarrollados por MARTAC, ya participan con regularidad en ejercicios de la Marina y del Cuerpo de Marines de Estados Unidos. El MANTAS T-12, de unos 3,6 metros de eslora, puede alcanzar hasta 60 horas de autonomía según la misión. Su velocidad, la posibilidad de incorporar sensores electroópticos, su baja firma y su costo relativamente reducido permiten desplegarlo en mayor número para tareas de vigilancia distribuida.
SOUTHCOM también ha observado en demostraciones otros sistemas que aún parecen estar en fase de prueba o evaluación. Entre ellos figuran drones multirrotor pesados con capacidad para transportar cargas modulares, empleados en reconocimiento de corto alcance o en tareas logísticas ligeras. Aunque su autonomía suele ser inferior a una hora, pueden operar sin infraestructura fija, una ventaja en entornos remotos o austeros. A eso se suman pequeños drones de ala fija, útiles para ampliar el alcance de los sensores donde la cobertura de radar o satelital es incompleta.
La combinación de estos medios apunta a hacer más accesible la vigilancia persistente, mejorar la detección temprana de actividades ilícitas —en especial el tráfico marítimo y los movimientos en zonas remotas— y reducir el tiempo entre la detección y la respuesta cuando se coordinan con medios tripulados. Esa arquitectura, sin embargo, depende de comunicaciones fiables y puede perder eficacia ante interferencias o perturbaciones electromagnéticas.
La iniciativa también responde a un cálculo estratégico más amplio. Estados Unidos busca supervisar una vasta zona terrestre y marítima sin elevar los despliegues de fuerzas pesadas, en un momento en que también distribuye recursos hacia otros teatros como el Indo-Pacífico y Europa. Los sistemas autónomos ofrecen presencia continua a menor costo y con menor exposición del personal.
Según el planteamiento descrito, el entorno de SOUTHCOM resulta apto para esta experimentación porque combina restricciones operativas con un nivel de contestación militar relativamente bajo. A la vez, el impulso a estas capacidades se inscribe en una transformación más amplia de las fuerzas armadas estadounidenses, en la que la autonomía pasa a ocupar un lugar estructural.
Conflictos recientes han reforzado el valor de la densidad de sensores, las operaciones distribuidas y el intercambio veloz de información, y ese modelo es el que Washington busca proyectar ahora en el Hemisferio Occidental, al tiempo que alienta a sus socios a adoptar sistemas y arquitecturas compatibles.