La guerra con drones ha cambiado de forma profunda durante el último siglo. Aquellos sistemas que nacieron sobre todo como herramientas de espionaje y vigilancia evolucionaron hacia municiones merodeadoras y vehículos aéreos no tripulados kamikaze, hasta convertirse en un factor decisivo en el campo de batalla moderno en distintos escenarios.
Ese cambio se observa en la guerra en Ucrania, donde los enjambres de drones de Fire Point destruyen de manera reiterada refinerías rusas; en los enfrentamientos entre Israel y Hezbolá; y en la operación militar estadounidense en Irán, donde los drones Shahed de la República Islámica han provocado graves alteraciones en el tráfico marítimo del estrecho de Ormuz.
La guerra con drones ya marca el campo de batalla moderno por su evolución desde sistemas de vigilancia hasta municiones kamikaze capaces de saturar defensas, atacar objetivos móviles y obligar a la OTAN a ajustar sus capacidades.
De los primeros drones suicidas a los sistemas kamikaze actuales
Los primeros intentos de crear drones suicidas se remontan a modelos como el TDR-1 de la Marina de Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial y los F6F-5K Hellcat adaptados durante la guerra de Corea. Sin embargo, las cámaras y radios disponibles entonces eran demasiado pesadas, frágiles, costosas y vulnerables a interferencias.
Por esa razón, en las décadas siguientes muchos países privilegiaron los misiles de crucero como arma desechable. La tendencia empezó a cambiar en la década de 1990, cuando Israel vendió su IAI Harpy a varias fuerzas armadas extranjeras. Aun así, países como Estados Unidos siguieron apostando por drones reutilizables, complejos y caros, entre ellos el Predator y el Reaper de General Atomics, que dominaron los cielos durante las décadas de 2000 y 2010.
La nueva generación de drones suicidas, como el LUCAS de SpektreWorks, tiene un costo menor y reúne capacidades que ya los perfilan como un elemento habitual dentro del arsenal estadounidense. Frente a los misiles de crucero, los drones kamikaze ofrecen una ventaja difícil de igualar en precio y pueden emplearse en grandes cantidades para saturar las defensas enemigas.
También pueden mantenerse en vuelo durante minutos u horas, lo que permite a los operadores localizar y atacar objetivos móviles u ocultos. En algunos casos, incluso es posible recuperar las unidades después del lanzamiento. A ello se suma su capacidad para volar a baja altura y reducir la exposición a los radares enemigos, sin depender de la amplia infraestructura logística que exige el lanzamiento de misiles de crucero, como camiones especializados, buques o bombarderos.
La OTAN ajusta su enfoque ante la expansión de los drones
El cambio, sin embargo, no se limita a la capacidad ofensiva. La OTAN también empieza a ajustar su enfoque después de anunciar la iniciativa “Drone Edge” en la cumbre de Ankara, seguida con especial atención esta semana. El programa contempla una inversión de más de 40.000 millones de dólares en capacidades contra drones durante los próximos cinco años, además de un plan para quintuplicar el número de operadores de drones en sus fuerzas armadas antes de que termine 2027.
Todo apunta a que la transformación continuará. El futuro de la guerra moderna con drones quedará pronto ligado a tecnologías avanzadas, como enjambres controlados por inteligencia artificial, vehículos capaces de operar desde el entorno submarino hasta el aéreo, redes de interceptación láser y municiones impresas en 3D.
