La retirada a gran escala de sistemas estadounidenses MIM-104 Patriot y THAAD desplegados por el Ejército de Estados Unidos en Corea del Sur reabrió en Seúl el debate sobre la dependencia del país respecto de Washington para proteger su espacio aéreo. La discusión incluye llamados a reducir esa subordinación en materia de defensa, entre ellos los atribuidos al presidente Lee Jae Myung.
Corea del Sur opera actualmente sistemas Patriot adquiridos a Estados Unidos y avanza en desarrollos nacionales de defensa antiaérea. Sin embargo, en la década de 1990 el país estuvo cerca de elegir una alternativa rusa dentro del proyecto SAM-X, destinado a reforzar la defensa aérea de largo alcance.
Corea del Sur estuvo cerca de adquirir el S-300 ruso, pero la presión política de Estados Unidos y la dependencia estratégica de Seúl respecto de Washington inclinaron la decisión final hacia el sistema Patriot.
El S-300 compitió con el Patriot en el proyecto SAM-X
El acercamiento militar entre Seúl y Moscú comenzó en 1992 con compras surcoreanas de tecnologías rusas de radar. Poco después, el sistema ruso S-300 y el Patriot estadounidense quedaron como finalistas del proyecto SAM-X. Según la información disponible, entre analistas y planificadores se extendió la expectativa de que Corea del Sur optaría por el equipo ruso.

El S-300 ofrecía varias ventajas consideradas relevantes en ese momento. Costaba aproximadamente un 30 por ciento menos, podía pagarse en parte con deuda pendiente de Rusia y presentaba prestaciones que el texto describe como superiores. Además, el Patriot llegaba cuestionado por su desempeño en la Guerra del Golfo de 1991 frente a ataques con misiles básicos.
Una de las diferencias señaladas entonces era el arco de fuego. El Patriot ofrecía una cobertura de 120 grados, mientras que el S-300 proporcionaba cobertura de 360 grados y mayor movilidad. De acuerdo con el texto, la financiación para resolver esa limitación del Patriot recién llegaría tres décadas después, en 2026.
Washington presionó contra la adquisición del sistema ruso
La posibilidad de que Corea del Sur eligiera el S-300 generó fricciones directas con Estados Unidos. En abril de 1997, el entonces secretario de Defensa estadounidense, William Cohen, advirtió que una compra surcoreana del sistema ruso “no caería nada bien en el Congreso”. La declaración fue recibida en Corea del Sur como una injerencia abierta y provocó una protesta pública.

Rusia también respondió. El embajador ruso en Seúl, Georgi Kunadze, denunció que Estados Unidos desviaba la competencia del rendimiento de los sistemas y de los principios del libre comercio. En paralelo, el Comité de Asignaciones de la Cámara de Representantes del Congreso estadounidense expresó su “profunda preocupación” por la posibilidad de que Corea del Sur adquiriera sistemas S-300 en lugar del Patriot.
El comité sostuvo que, debido a la relación de casi medio siglo entre ambos países y al entrenamiento conjunto de sus tropas, sería “sumamente desafortunado” que los aliados surcoreanos adquirieran un sistema de defensa antiaérea no estadounidense. Esa posición reflejaba el peso político de la alianza militar entre Washington y Seúl en una decisión formalmente vinculada a capacidades técnicas y costos.
Corea del Sur eligió el Patriot y recurrió a tecnología rusa para sus sistemas propios
Finalmente, la dependencia surcoreana de sus vínculos estratégicos y comerciales con Estados Unidos inclinó la decisión hacia el Patriot, pese a las expectativas iniciales favorables al S-300. Tras esa elección, el interés de Seúl por otros equipos rusos, incluidos los cazas MiG-29 y Su-37, se redujo con rapidez.

Para evitar las penalizaciones que habría implicado una compra directa y visible, la industria de defensa surcoreana optó por adquirir acceso amplio a tecnologías rusas de defensa antiaérea. Ese conocimiento fue aplicado posteriormente al desarrollo de sistemas nacionales como el KM-SAM, también conocido como Cheongung.
El caso surcoreano no fue aislado. Otros potenciales compradores de armas no occidentales también enfrentaron presiones políticas y económicas. Desde 2017, esa dinámica aumentó con la aprobación en Estados Unidos de la Ley para Contrarrestar a los Adversarios de Estados Unidos mediante Sanciones, conocida como CAATSA, que contempla sanciones contra clientes importantes de armamento ruso, norcoreano o iraní.
Según el texto, esas amenazas de consecuencias políticas y económicas modificaron los mercados internacionales de defensa. En algunos casos, países abandonaron grandes planes de compra; en otros, ni siquiera llegaron a formularlos. El resultado fue una menor cuota de mercado para exportadores militares como Rusia, China y Corea del Norte, junto con una posición más amplia para Estados Unidos y otros países del bloque occidental.