Lo que ocurre ante nuestros ojos no es un proceso judicial, sino un intento gradual de golpe institucional ejecutado por un grupo cuyos integrantes se comportan como delincuentes de la peor especie, mediante un uso cínico y descarado de competencias estatales. El Estado de Israel se encuentra en medio de un peligroso “teatro del absurdo”, en el que quienes debían actuar como guardianes del sistema se han convertido en destructores de la democracia y de la justicia.
Los hechos son evidentes: los jueces del tribunal en el caso 4000 dejaron claro por escrito y de forma inequívoca que el cargo de soborno se ha derrumbado. En un sistema judicial normal, la fiscal general de Israel habría bajado la cabeza, admitido el error y retirado ese cargo absurdo.
El cargo de soborno en el caso 4000 se ha derrumbado según la postura escrita de los jueces, pero Gali Baharav-Miara insiste en mantenerlo pese a esa contradicción.
Pero Gali Baharav-Miara no actúa como una alta jurista del Estado, sino como una activista política revestida de autoridad legal. Su decisión de mantener el cargo de soborno, en contradicción absoluta con la postura de los jueces, es un escupitajo al rostro de la justicia y una muestra de desprecio absoluto hacia la institución judicial.
¿Por qué lo hace? La respuesta es simple y estremecedora: se trata de una cacería. La “cacería contra Netanyahu”, iniciada en tiempos de Avichai Mandelblit, no tuvo como finalidad llegar a la verdad, sino derrocar a un primer ministro en funciones mediante herramientas judiciales, después de que el fracaso en las urnas resultara demasiado doloroso para sus adversarios.
Una persecución judicial contra representantes electos
La actual fiscal general no es más que la ejecutora de esa política, una pieza en un tablero político con un único objetivo: continuar la persecución a cualquier precio, incluso al precio de destruir la confianza pública en el sistema judicial.
La conducta de la Fiscalía del Estado y de quien está al frente de ella demuestra, más allá de toda duda, que el sistema está podrido desde sus cimientos. Cuando vemos esta obstinación delictiva en sostener cargos vacíos de contenido, entendemos que la reforma judicial ya no es una opción, sino una exigencia urgente: el oxígeno que necesita un país en el que un grupo de funcionarios intenta asfixiar la voluntad de sus electores.
Ya no se puede pasar por alto una conducta confrontacional de este tipo. Una fiscal general que actúa por motivos políticos y dirige una “cacería” personal e ideológica contra representantes electos constituye un peligro claro e inmediato para el régimen democrático.
La única solución es la destitución inmediata de la fiscal general de Israel y una depuración profunda de la Fiscalía. Ha llegado el momento de dejar de temerles y empezar a defender al Estado frente a ellos. Si no desmantelamos ahora esta dictadura judicial, el concepto de “justicia” quedará solo como un recuerdo lejano en la historia de Israel.