Durante los últimos meses, Damasco y Dahiya han mantenido contactos indirectos en un proceso de creciente importancia. Según la información disponible, el Gobierno sirio de Al Julani y Hezbolá han recurrido a distintos intermediarios y canales para intercambiar mensajes, entre ellos señales de disposición al diálogo y, principalmente, esfuerzos de ambas partes por impedir que las tensiones deriven en un enfrentamiento militar.
Ese escenario, sin embargo, ha comenzado a modificarse. Las amenazas relacionadas con una eventual acción militar de Siria contra Hezbolá se han vuelto cada vez más serias y han generado comunicaciones entre varias capitales de la región, desde Ankara hasta Riad. Como ya se informó anteriormente, Teherán hizo llegar advertencias a Turquía y Siria, que a su vez respondieron, mientras comienzan a percibirse preparativos en la frontera entre Siria y el Líbano.
Turquía desempeña un papel relevante en este contexto. Ankara pretende que Siria, país bajo su tutela, aumente su participación en los acontecimientos del Líbano, aunque mediante un enfoque completamente diferente. La intención turca es impulsar una intervención política “suave”, desarrollada principalmente bajo su influencia directa.
Estados Unidos encabeza esta iniciativa, ya que el presidente Trump considera a Al Julani una solución al problema en el Líbano. Esta información surge después de que el secretario general de Hezbolá, Naim Qassem, anunciara de forma sorprendente que la organización está dispuesta a celebrar una reunión pública con los dirigentes sirios. Al Julani, por su parte, había indicado que no se opone a sentarse a negociar si ese diálogo sirve a los intereses de ambos países.
Queda por resolver, además, cómo reaccionarían los seguidores de las dos partes ante un eventual entendimiento entre adversarios tan acérrimos. Medios árabes ya han planteado cómo podría explicar Al Julani a sus partidarios un acercamiento con una organización que, a sus ojos, representa las masacres cometidas por Assad contra su población.
La misma incógnita existe en el otro bando: cómo recibirían los seguidores de Hezbolá un acuerdo con una figura que anteriormente perteneció a Al Qaeda y participó en ataques contra chiíes en Irak.
Mientras tanto, en la región existe plena conciencia del riesgo que plantea esta posibilidad. Una incursión militar de las fuerzas del Gobierno sirio contra Hezbolá podría equivaler a retirar la anilla de una granada de fragmentación: abriría un nuevo frente y podría arrastrar a toda la región hacia otra campaña militar.
La nueva realidad muestra que Hezbolá afronta ahora una amenaza directa desde su retaguardia, un auténtico “factor que cambia las reglas del juego” dentro del equilibrio de poder en Oriente Medio.






