Hace más de cuatro meses, cuando estalló la guerra entre Estados Unidos e Irán en marzo de 2026, los focos apuntaban al programa nuclear de Teherán. Aquellos primeros compases también estuvieron marcados por la represión interna de las protestas, las amenazas contra Israel, el desarrollo de misiles y el apoyo iraní a sus aliados regionales.
Hoy, el escenario es radicalmente distinto. El eje de las hostilidades se ha desplazado hacia una variable inédita al inicio de la confrontación: el dominio del estrecho de Ormuz.
El control del estrecho de Ormuz se ha convertido en el nuevo eje de la guerra entre Estados Unidos e Irán, con Teherán usando la amenaza sobre el tránsito marítimo como herramienta de presión contra Washington.
Por esta ruta estratégica transita aproximadamente una quinta parte del gas y el petróleo a nivel global. Irán ha convertido la amenaza de restringir este paso, mediante el despliegue de drones y misiles de bajo costo, en su principal herramienta de presión contra Washington. Para la nueva cúpula dirigente en Teherán, el control del tránsito marítimo representa ahora su mayor mecanismo de disuasión frente a ofensivas enemigas, pues lo consideran un recurso más adaptable y efectivo que el desarrollo atómico.
Además, proyectan cobrar peajes y tasas como vía de ingresos. Diferentes funcionarios iraníes han definido este enclave en los últimos días como una “bendición divina” y un “arma de oro”. Desde Washington, la perspectiva es distinta: el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, se ha referido al estrecho como el “arma nuclear económica” de la república islámica.
No obstante, el repunte de la violencia registrado esta semana sugiere que Teherán calculó mal el poder coercitivo y disuasorio de su nueva estrategia. En un intento por proteger esa “bendición divina”, las fuerzas iraníes lanzaron misiles contra tres buques mercantes en el estrecho. Las embarcaciones navegaban sin haber coordinado su tránsito con Irán y utilizaban un corredor cercano a la costa de Omán, de acuerdo con las recomendaciones emitidas por la Organización Marítima Internacional de las Naciones Unidas.
Este ataque desató el mayor enfrentamiento cruzado desde que se firmó el acuerdo provisional de alto el fuego en junio. Como respuesta, Estados Unidos bombardeó más de 80 objetivos dentro de territorio iraní. Teherán replicó disparando misiles contra bases estadounidenses situadas en Baréin y Kuwait. La escalada culminó con la decisión del presidente Donald Trump de dar por terminado el alto el fuego, al tiempo que su administración reinstauraba las sanciones sobre las exportaciones petroleras de Irán.
La ambigüedad del memorando sobre Ormuz
El origen estricto de este choque reside en la ambigüedad de una cláusula del Memorando de Entendimiento suscrito por ambas naciones el 17 de junio. El texto imponía a Irán la obligación de tomar medidas para normalizar la navegación y de establecer un régimen administrativo conjunto con Omán, país que comparte las aguas del estrecho.
Mientras los funcionarios estadounidenses interpretaron que la disposición restituía la libertad de tránsito previa al conflicto, las autoridades iraníes asumieron que el documento les otorgaba la potestad de autorizar o denegar el paso de los barcos. Esa falta de claridad permitió sellar el pacto en su momento, pero ha terminado por detonar una nueva etapa en la guerra.
Tras la firma de aquel memorando, el flujo petrolero por Ormuz se recuperó hasta alcanzar la mitad de su volumen anterior a la guerra. Gran parte de esos buques, sin embargo, navegaban de noche, apagaban sus sistemas de identificación y contaban con la escolta de la Armada de Estados Unidos. Los dirigentes iraníes no toleraron este escenario.
Convencidos de que el acuerdo instauraba un nuevo equilibrio donde ellos decidían quién transitaba por la zona, percibieron el aumento del tráfico escoltado por la ruta omaní como una amenaza directa a su autoridad. A esto se sumó la percepción en Teherán de que Trump quería evitar a toda costa retomar una guerra a gran escala. Con esas variables sobre la mesa, decidieron asumir los riesgos y lanzar los ataques de esta semana.
Gregory Brew, analista de asuntos energéticos e Irán en Eurasia Group, detalla esta postura: “Como creen que Estados Unidos se abstendrá de reanudar las hostilidades a gran escala, consideran que existe margen para tensar los límites, poner a prueba su suerte y comprobar cuánto pueden obtener en el estrecho”.
Esa premisa podría resultar equivocada. Frente a un líder político tradicional, la disuasión iraní en Ormuz tendría mayores probabilidades de éxito. La guerra genera un fuerte rechazo popular y el Partido Republicano enfrenta el riesgo de un encarecimiento del combustible en pleno año de elecciones legislativas. Trump, sin embargo, acostumbra priorizar su agenda política personal —donde la guerra con Irán ocupa un lugar central— por encima de los intereses electorales de su propio partido.
El impacto energético del bloqueo marítimo
El poder destructivo del bloqueo marítimo también ha resultado menor al anticipado. Al inicio de las hostilidades, múltiples especialistas proyectaban que el barril de crudo alcanzaría los $200. Aunque el precio tocó los $126 durante la guerra, la mayor parte del tiempo se mantuvo rondando los $100.
Varios elementos explican esta contención. Por un lado, países productores fuera de Oriente Medio, incluido Estados Unidos, incrementaron su extracción. Por otro, China, el principal importador mundial, redujo de manera drástica e inesperada sus compras extranjeras, lo que liberó suministro para el resto de los mercados. A esto se suma el avance de las energías renovables y la masificación de los vehículos eléctricos, factores que han mermado el peso del petróleo en la economía global.
La crisis tiene impactos innegables, como su contribución a una crisis alimentaria silenciosa que afecta a gran parte del mundo en desarrollo. Sin embargo, no ha desatado interrupciones en las cadenas de suministro similares a las de la pandemia de covid-19, ni ha provocado el desabastecimiento de combustible visto en la década de 1970.
“Siempre se consideró que el cierre del estrecho de Ormuz sería un cisne negro de enormes efectos desestabilizadores”, señala Brew. “Al final, ha resultado más manejable de lo previsto”.
Los mercados reflejan esta relativa tranquilidad. Si bien las tensiones bélicas encarecen el crudo de forma inmediata, la estabilidad retorna rápido en las pausas de la guerra. Una semana después de firmarse el Memorando de Entendimiento, las cotizaciones ya estaban en niveles de preguerra. Incluso con los recientes combates, el barril apenas rozó los $80 y volvió a bajar cuando los ataques perdieron intensidad. Todo indica que el sector energético asume que cualquier reinicio de los enfrentamientos será de corta duración.
Desde Teherán, la cúpula política probablemente confía en que Trump descartará operaciones que impliquen altas bajas estadounidenses, como un despliegue terrestre, una costosa intervención para derrocar al régimen o una campaña aérea similar a la fase más intensa de la Operación Furia Épica. El error de cálculo podría radicar en subestimar lo baratos que resultan para Estados Unidos los ataques periódicos de desgaste.
Las fuerzas norteamericanas bombardearon nuevamente puentes iraníes, algo que no ocurría desde abril. Al apuntar contra infraestructura civil y no solo militar, Washington demuestra una disposición a escalar la guerra superior a la calculada por Irán.
La apuesta iraní y sus límites
Es probable que Teherán haya alcanzado ya su punto máximo de influencia. Las potencias petroleras del Golfo están invirtiendo fuertes sumas en rutas alternativas y oleoductos para sortear el paso por Ormuz. Cada barco atacado por Irán multiplica los incentivos de sus vecinos para acelerar dichas obras. En paralelo, la inestabilidad ha disparado la demanda internacional de vehículos eléctricos. Mientras el peligro persista en el estrecho, la determinación de productores y consumidores por abandonar esa ruta comercial seguirá en aumento.
Nate Swanson, analista del Atlantic Council, expuso recientemente en la revista Foreign Affairs la contradicción fundamental de la estrategia iraní. El país busca erigir un muro disuasorio contra agresiones futuras, pero simultáneamente intenta exprimir al máximo los beneficios económicos de su control territorial. Irán ya demostró su capacidad para paralizar el tráfico marítimo y golpear la infraestructura de sus vecinos, y cualquier nuevo oleoducto construido por los Emiratos Árabes Unidos o Arabia Saudita continuará al alcance de sus drones y misiles.
No obstante, someter a los países del Golfo a un caos constante y forzar un modelo económico basado en el cobro de peajes aumenta las probabilidades de que la región y Estados Unidos consideren viable asumir los costos de una guerra total.
Ciertos sectores en Teherán parecen dispuestos a pagar esa factura. El funeral masivo del difunto líder supremo, el ayatolá Alí Jamenei, funcionó como un despliegue de fuerza y una presentación oficial del nuevo orden regional que aspiran a comandar, un proyecto que incluye el dominio de Ormuz.
Sin embargo, mantener una línea dura en este frente prolongará el sufrimiento de una población asfixiada por la crisis económica y el cansancio bélico. Además, la intransigencia bloquea la llegada de los fondos iraníes congelados en bancos de Oriente Medio, un alivio financiero contemplado en el acuerdo que difícilmente se materializará mientras los buques petroleros sigan recibiendo disparos.
Al inicio de esta guerra, Israel y Estados Unidos confiaron ciegamente en que su abrumadora superioridad militar sometería a un rival más débil, una premisa que la realidad se encargó de desmentir. En esta etapa de menor intensidad, Irán corre el riesgo de caer en la misma arrogancia al creer que su ventaja geográfica bastará para doblegar a sus enemigos.
En el pasado, la dirigencia iraní confió su seguridad a sus milicias aliadas como Hezbolá, a su arsenal de misiles y a su programa nuclear. Esa red de disuasión colapsó, costándole la vida a Jamenei y a numerosos altos mandos del país. Sus herederos políticos afirman tener ahora una herramienta negociadora infalible. Si esta nueva apuesta también fracasa, nadie podrá decir que no estaban advertidos.