Durante la Segunda Guerra Mundial, una de sus primeras etapas pasó a la historia como la “guerra falsa”. En la guerra entre Estados Unidos e Irán, lo que podría estar llegando ahora a su término es una “paz falsa”.
En casi cinco meses de guerra se han anunciado dos altos el fuego que apenas existieron sobre el terreno. Ambos descansaban en compromisos atribuidos a Irán para reabrir el estrecho de Ormuz, pero ninguno llegó a cumplirse. Tras una nueva serie de ataques iraníes contra buques en esa vía marítima, el presidente Donald Trump dio por muerto el denominado memorando de entendimiento firmado hace aproximadamente un mes.
Trump había levantado las sanciones sobre el petróleo iraní y puesto fin al bloqueo estadounidense de los puertos del país. Ahora ha restablecido las dos medidas. También asegura que Estados Unidos asumirá el control del estrecho y que, más adelante, impondrá una tarifa del 20 % a todos los buques para compensar el coste de esa operación.
Es razonable pensar que esa propuesta no prosperará, entre otras razones porque contradice la posición tradicional de Washington, según la cual el cobro de peajes en Ormuz es ilegal.
Desde los primeros días de la guerra resultaba evidente que el estrecho se había convertido en su principal variable estratégica. Trump difícilmente podía retirarse de la guerra sin conseguir antes que la navegación volviera a la normalidad. El memorando de entendimiento ofreció la apariencia de una salida diplomática, pero esa vía era ilusoria.
Washington creyó, o prefirió creer, que el acuerdo obligaba a Irán a permitir de nuevo el tránsito sin obstáculos. Teherán, por su parte, interpretó, o quiso interpretar, que el documento reconocía su autoridad sobre el estrecho. La distancia entre ambas lecturas era tan amplia que el supuesto entendimiento terminó siendo, en realidad, un memorando de confusión deliberada.
Irán, por supuesto, no ha actuado de buena fe. Sin embargo, el texto favorecía su posición porque nunca afirmaba de manera inequívoca: “Habrá libertad de navegación en el estrecho”.
Lo que establecía era que Irán “adoptaría las disposiciones” necesarias para garantizar “el paso seguro de los buques comerciales, sin cobro alguno únicamente durante 60 días”. La redacción dejaba a Teherán en una posición dominante y abría la posibilidad de que comenzara a exigir tarifas una vez transcurridos esos dos meses.
El documento incluía además el compromiso iraní de mantener conversaciones con Omán “para definir la futura administración y los servicios marítimos en el estrecho de Ormuz”.
El resultado era extraordinario. Una guerra iniciada entre declaraciones optimistas sobre la caída del régimen iraní desembocaba en un pacto que concedía a Teherán la capacidad de decidir cómo administrar una ruta esencial para la economía mundial, pese a que no la controlaba cuando comenzó la guerra.
No debería sorprender, por tanto, que los iraníes, probablemente impresionados por el éxito de su maniobra en Ormuz, intentaran ampliar todavía más esa ventaja.
También debió de alentarlos escuchar a Trump admitir que buscaba el memorando porque los efectos económicos del bloqueo iraní amenazaban con convertirlo en un nuevo Herbert Hoover.
La cesión efectiva del control del estrecho a Irán, combinada con una campaña estadounidense inconclusa contra los hutíes para eliminar su amenaza a la navegación en el mar Rojo, habría supuesto un grave fracaso frente a uno de los principios históricos de la gran estrategia de Estados Unidos.
Washington siempre ha considerado la libertad de navegación un elemento indispensable de su seguridad nacional y una base esencial del comercio internacional. En ese sentido, Trump tiene razón al querer recuperar el control de Ormuz.
La duda es otra: si está dispuesto a utilizar la fuerza que haga falta y si podrá mantener la operación el tiempo necesario para ganar la batalla por el estrecho.
El contexto político interno no le favorece. La opinión pública estadounidense no apoya la guerra y ya ha escuchado varias veces que la guerra estaba a punto de terminar gracias a un supuesto éxito diplomático.
Estados Unidos conserva una superioridad abrumadora en potencia de fuego. Irán, sin embargo, ha demostrado que no necesita igualarla para alterar la navegación: le bastan las amenazas y unos pocos proyectiles para interrumpir el tránsito.
Teherán no abandonará fácilmente esta ventaja estratégica inesperada. Los dos acuerdos de paz falsos, celebrados ampliamente pese a su falta de resultados, ya lo han dejado claro.









