La República Islámica reanudó la fabricación de misiles balísticos con piezas almacenadas previamente. Estas labores se ejecutan desde complejos bajo tierra. Esta reactivación industrial pone en riesgo uno de los mayores éxitos bélicos reclamados por Estados Unidos e Israel. Durante las primeras fases de la guerra, ambas naciones atacaron fuertemente la infraestructura militar iraní para neutralizar su capacidad ofensiva.
A pesar de los daños en las fábricas originales, los operarios logran ensamblar cohetes con propulsores de combustible líquido y sólido. Los modelos de combustible líquido requieren una carga justo antes del despegue. En contraste, las variantes sólidas permanecen listas para su lanzamiento inmediato y permiten un despliegue mucho más veloz.
El esfuerzo de reconstrucción sucede tras una serie de operaciones israelíes destinadas a destruir el arsenal de su adversario. Israel ejecutó bombardeos directos contra territorio iraní como respuesta a previas agresiones. Sin embargo, Teherán mantiene su capacidad para disparar proyectiles a gran escala por toda la región.
Estos acontecimientos revelan dos grandes desafíos vigentes para Washington y sus aliados en el Medio Oriente. Primero, necesitan desmantelar por completo las fuerzas militares de Hezbolá en el Líbano. Segundo, deben impedir la recuperación total de la industria de misiles que Irán perdió parcialmente en la guerra.










