A 25 años de los atentados del 11 de septiembre de 2001, rabinos de Estados Unidos recuerdan cómo aquella tragedia transformó de forma abrupta los días previos a Rosh Hashaná, obligó a rehacer sermones y convirtió sinagogas, hospitales y espacios de emergencia en lugares de duelo y contención.
El ataque ocurrió apenas una semana antes del Año Nuevo judío. Muchos líderes religiosos habían preparado mensajes centrados en la violencia que golpeaba a Israel, pero la destrucción de las Torres Gemelas cambió por completo el tono de las festividades. Las preguntas pasaron a ser cómo hablar de Dios, arrepentimiento, perdón y esperanza frente al mayor atentado terrorista de la historia de Estados Unidos.
El rabino Joshua Hammerman, entonces líder de Temple Beth El en Stamford, Connecticut, reescribió sus sermones. El 18 de septiembre de 2001 abrió su mensaje con una frase que unía el calendario judío con el duelo nacional: “Hoy es el cumpleaños del mundo. También es el final de la shivá. 11 de septiembre + 7”. Ante una congregación en la que había personas que estuvieron en el sur de Manhattan durante los ataques, reconoció el miedo extendido y pidió elegir la esperanza y comenzar a levantarse “del montón de cenizas”.
En Nueva York, el rabino Andy Bachman se dirigía a una mikve para oficiar la conversión al judaísmo de dos estudiantes de la Universidad de Nueva York cuando supo de los ataques. Después de completar las conversiones, caminó hacia el centro de Manhattan para buscar estudiantes desaparecidos y organizar ayuda. En los días siguientes, su comunidad llevó comida y agua a voluntarios en la Zona Cero y atendió a jóvenes en crisis. Durante los servicios de Rosh Hashaná, algunos voluntarios llegaron todavía cubiertos de ceniza.
La rabina Danielle Upbin, entonces estudiante del Jewish Theological Seminary, recuerda los servicios abarrotados por personas que querían estar juntas, sentirse conectadas con Dios y con su comunidad. Poco después se incorporó al equipo de atención espiritual de la Cruz Roja en un muelle del West Side, donde acompañó a familiares que aún buscaban a sus seres queridos y trataban de comprender qué vendría después.
“Me enseñó a presentarme ante las personas en momentos de crisis”, recuerda Upbin. “Hay momentos en los que es apropiado y necesario hacerles saber que estás ahí para escucharlas, que puedes ofrecer una oración, que puedes sentarte con ellas. A veces basta con que sepan que estoy disponible, presente y que me importan como personas”.
Su esposo, el rabino David Weizman, fue destinado por la Cruz Roja a la morgue instalada junto a la Zona Cero. Allí recitó salmos, tehillim en hebreo, mientras los forenses intentaban identificar restos humanos. Al principio dudó de que su presencia sirviera de algo, hasta que uno de los trabajadores le agradeció por llevar “alguna forma de kedushá”, santidad, a aquel lugar.
Weizman recuerda bolsas negras con restos colocadas sobre mesas para su identificación. Para él, el 11-S quebró la sensación de seguridad que muchos estadounidenses daban por sentada. Veinticinco años después, quiere plantear una pregunta a quienes vivieron aquella jornada: cómo los cambió.
El rabino Avi Shafran, entonces director de asuntos públicos de Agudath Israel, no estaba en sus oficinas del Bajo Manhattan porque había ido al dentista en Staten Island. Recuerda el sentimiento de que comenzaba una nueva era, así como la mezcla de patriotismo y xenofobia que siguió a los atentados. Llegó a ofrecer refugio a su mecánico, un cristiano copto egipcio, ante el temor de posibles represalias.
Para la rabina Michelle Missaghieh, el impacto fue además familiar. Su padre, Hushang, y su hermano, Ramin, trabajaban en las Torres Gemelas. Hushang estaba a punto de subir al ascensor hacia su oficina en el piso 76 de la Torre Norte cuando el avión golpeó el edificio. Logró salir del lugar y caminó hacia el norte. Su hijo, que iba camino al trabajo, también regresó a salvo.
En los servicios de aquel año, Missaghieh habló de la Akedá, el relato bíblico del sacrificio de Isaac que se lee en Rosh Hashaná, como una advertencia contra el extremismo religioso. “Que alguien, en nombre de Dios, te diga que tomes un avión y lo estrelles contra las Torres Gemelas no significa que debas escuchar esa voz. Esa no es una voz «divina». Ese es el peligro del pensamiento religioso extremo”.
También advirtió sobre la xenofobia y la lógica de “nosotros contra ellos” que puede surgir del miedo. Considera que el 11-S marcó un punto de inflexión en la forma en que los estadounidenses perciben a los extranjeros, la amenaza y la guerra.
En Hoboken, Nueva Jersey, el rabino Robert Scheinberg había adelantado sus sermones porque su esposa estaba embarazada y se acercaba la fecha del parto. Tras los ataques, tuvo que rehacerlos. Desde la ciudad todavía podía verse el humo que salía de la zona del World Trade Center.
Scheinberg recuerda que su comunidad estaba traumatizada y que resultaba imposible hablar de otra cosa. Sus sermones abordaron las vidas truncadas y su relación con el Libro de la Vida, el heroísmo de los socorristas, el miedo, la gratitud de quienes sobrevivieron y el dolor por familiares y amigos muertos. “A veces la calidad de un sermón está relacionada con muchas horas de preparación, pero otras veces depende de la profundidad de la emoción que refleja y de cómo responde al momento”.
En San Francisco, la rabina Mari Chernow trabajaba como estudiante rabínica en un centro para adultos mayores. Allí la golpeó especialmente el dolor de residentes ancianos, entre ellos sobrevivientes del Holocausto. Percibió en muchos de ellos el peso de pensar que podían dejar el mundo con una visión sombría de la humanidad.
Para los sobrevivientes del Holocausto, dijo, el ataque abrió otra herida. “Era otro trauma, como si la humanidad estuviera haciendo esto otra vez, y creo que profundizó la desesperación. El duelo es como ríos que desembocan unos en otros. Es imposible experimentar un duelo sin recordar los duelos anteriores”.
Este Rosh Hashaná comenzará al atardecer del 11 de septiembre de 2026, exactamente 25 años después de los atentados. Para varios de aquellos rabinos, la fecha volverá a unir el recuerdo de la destrucción con las preguntas sobre vulnerabilidad, fe, duelo, extremismo y esperanza que ya habían irrumpido en sus comunidades en 2001.










