La inminente catástrofe financiera que acechaba a Irak este 27 de julio logró desactivarse in extremis gracias a un pacto transitorio de doce meses con Ankara. Al garantizar la salida de crudo hacia la terminal de Ceyhan, el entendimiento unifica bajo un solo marco legal los dos ramales que integran el Oleoducto Irak-Turquía, operándolos como un sistema único amparado en el tratado bilateral de 1973.
El bloqueo del estrecho de Ormuz a finales de febrero multiplicó de golpe el valor estratégico de esta infraestructura terrestre. Hasta ese momento, los mercados asiáticos, con China a la cabeza, absorbían el 95 % del crudo iraquí a través de esa vía marítima, cuyas ventas sostenían históricamente nueve de cada diez dólares del presupuesto nacional.
Irak evitó una crisis petrolera inmediata mediante un acuerdo temporal de doce meses con Turquía que permite reactivar el flujo de crudo hacia Ceyhan bajo el marco del tratado bilateral de 1973.
El cierre del paso marítimo ahogó la logística del país y saturó velozmente sus tanques de almacenamiento, forzando la clausura de múltiples pozos extractivos. Esta detención técnica disparó las alarmas ante el riesgo de arruinar definitivamente los yacimientos por problemas de corrosión, infiltraciones de agua o pérdida de presión. Queda por ver, sin embargo, qué tanta estabilidad real aporta este arreglo con Ankara y si existen márgenes para forjar una salida definitiva.
Por el momento, la tubería septentrional volverá a bombear más de 200.000 barriles cada día hacia Ceyhan. Según detalló Khazal Hostani, alto cargo del Ministerio de Recursos Naturales del Kurdistán iraquí, esta cifra calca los volúmenes de exportación que la región mantenía justo antes del embotellamiento en Ormuz.
Este flujo operativo contrasta drásticamente con la parálisis que ahogó la ruta durante los últimos dos años y medio. En marzo de 2023, la red quedó inoperativa a raíz de un fallo de la Cámara de Comercio Internacional que castigó a Turquía con una multa de $1.500 millones. El tribunal concluyó que Ankara había violado el convenio de 1973 al facilitar que el Gobierno Regional del Kurdistán vendiera su producción al margen de las autoridades federales de Bagdad.
La disputa por el petróleo del Kurdistán iraquí
La sentencia forzó a los turcos a cerrar la llave de paso de un ducto que trasladaba habitualmente 450.000 barriles diarios desde Kirkuk. Vender petróleo a espaldas de la capital iraquí quebrantaba el corazón del pacto interno suscrito en 2014. Aquel acuerdo exigía a la administración kurda entregar toda su extracción territorial, unos 550.000 barriles por jornada en aquel momento, a la comercializadora estatal State Organization for Marketing of Oil, a cambio de recibir una asignación mensual fija cercana al 17 % del presupuesto nacional.
Detrás del rechazo tajante de Bagdad a la autonomía comercial del Kurdistán latía un temor concreto: que Erbil acumulara un tesoro libre de supervisión para financiar su independencia. Tal como desgrano en mi última publicación sobre la reconfiguración del mercado global de crudo, la amenaza de secesión no era ninguna fantasía.
Ya en abril de 2013, el parlamento regional había blindado legalmente su derecho a exportar de forma unilateral el hidrocarburo de sus propios territorios y de la zona de Kirkuk, bajo el argumento de que el gobierno central incumplía sus aportaciones financieras. Al mismo tiempo, el equipo del entonces primer ministro kurdo, Nechirvan Barzani, sentó las bases institucionales para gestionar esa riqueza mediante la creación de un fondo soberano y una compañía extractiva desvinculados por completo de las arcas federales.
La hoja de ruta era clara. Con una cuota diaria de 350.000 barriles frente a los 3,3 millones que bombeaba todo el país, las autoridades kurdas se propusieron alcanzar el millón de barriles para finales de 2015. Las maniobras legislativas de 2013 buscaban garantizar una emancipación económica absoluta que sirviera como trampolín inminente hacia la ruptura política definitiva con Irak.
Asegurada la chequera, el siguiente movimiento consistía en llevar a las urnas la separación del país, un episodio que también abordo en detalle en mi libro. La cúpula federal comprendió que este referéndum dinamitaría el futuro de la nación, una alarma agravada por las promesas que Estados Unidos había extendido a las milicias kurdas tras su papel clave en la derrota del Estado Islámico.
El independentismo arrasó en las urnas en 2017 con más del 90 % de los votos, pero el anhelado espaldarazo de Washington jamás se materializó. En lugar de ello, la iniciativa detonó una respuesta implacable del propio Gobierno iraquí y de los estados vecinos con minorías kurdas, especialmente Turquía e Irán.
Bagdad, Erbil y el nuevo tablero energético
Aquel quiebre redibujó las lealtades internacionales. Mientras las autoridades de Bagdad se arrojaron a los brazos de Moscú y Pekín, la administración kurda prefirió mantener su alineación estratégica con las potencias occidentales, confiando en que esa cercanía diplomática terminaría por avalar su proyecto soberanista a largo plazo.
La apuesta del bloque oriental escondía un claro trasfondo geopolítico. Un alto funcionario del Kremlin lo confesó a OilPrice.com hace tiempo en exclusiva: “Si se mantiene a Occidente fuera de los acuerdos energéticos en Irak, el fin de la hegemonía occidental en Oriente Medio se convertirá en el capítulo decisivo del declive definitivo de Occidente”.
Respaldado por este nuevo eje, el Gobierno central endureció su postura frente a cualquier ambición separatista. El entonces primer ministro iraquí, Mohammed al Sudani, dejó claro que la totalidad de los yacimientos del país, incluidos los ubicados en suelo kurdo, quedarían regulados por Bagdad mediante la nueva Ley Unificada del Petróleo, a la que definió como “un factor sólido para la unidad de Irak”.
Del otro lado del tablero, los aliados atlánticos intentaban aprovechar su influencia en el norte de Irak para penetrar comercialmente hacia el sur y desplazar a Pekín y Moscú. Esta presencia en suelo kurdo brindaba además a los servicios de inteligencia de Estados Unidos e Israel una plataforma inmejorable para monitorear los movimientos de Irán.
Pese a este complejo historial, el péndulo diplomático de Bagdad ha vuelto a oscilar hacia Occidente. El cambio coincide con el segundo mandato de Donald Trump, cuya administración decidió aplicar una política de tolerancia cero frente a la tradicional ambigüedad iraquí con Washington, según analizó recientemente OilPrice.com.
La caída en cascada de regímenes hostiles como los de Bashar al Assad en Siria, Nicolás Maduro en Venezuela y el líder supremo Alí Jamenei en Irán, todos bajo la presión de Estados Unidos, parece haber frenado el apetito expansivo de Rusia y China sobre la infraestructura iraquí.
El impacto de esta sacudida regional se reflejó rápidamente en la adjudicación de cuantiosos contratos de hidrocarburos a favor de consorcios occidentales, en franco detrimento de las corporaciones asiáticas. Esta reconfiguración comercial podría, además, destensar las fricciones históricas entre el poder federal y el Gobierno Regional del Kurdistán.
Las exigencias de Turquía para mantener el acuerdo
La reapertura del grifo petrolero hacia el Mediterráneo obedece también al giro pragmático de Ankara. Aunque los turcos persisten en su búsqueda de autonomía estratégica, durante los últimos meses han estrechado nuevamente sus lazos con Estados Unidos debido a su creciente dependencia militar de la OTAN.
“Esta es la razón por la cual se alcanzó el acuerdo de un año, aunque Ankara todavía pretende maximizar a largo plazo los beneficios que obtendrá del pacto con Irak”, reveló en exclusiva a OilPrice.com una fuente de alto nivel del sector energético que colabora estrechamente con el Ministerio de Petróleo iraquí.
“Turquía ha solicitado empresas conjuntas de varios niveles en todo el sector energético, con especial énfasis en la inversión iraquí, en ámbitos como el petróleo, el gas, la petroquímica y la electricidad. Además, ha exigido un acuerdo que compense por completo los $1.500 millones de la multa impuesta por el tribunal arbitral, cantidad que, desde un punto de vista técnico, todavía adeuda a Bagdad”, añadió.
“También pretende un aumento considerable de la tarifa fija, actualmente de 1,00 y $1,25, por cada barril de petróleo transportado a través del oleoducto controlado por Bagdad. Asimismo, exige que Irak se comprometa a mantener un volumen diario elevado y constante, de cientos de miles de barriles, y que acepte multas equivalentes por cada barril que no llegue a utilizarse”, subrayó.
“Si Turquía no obtiene lo que pretende, podría negarse a prorrogar el acuerdo o incluso incumplir el plazo de un año”, concluyó.