En los últimos tres meses, hemos oído al presidente Donald Trump afirmar decenas de veces que el acuerdo con Irán estaba “a la vuelta de la esquina”. Ahora, esas declaraciones empiezan a concretarse en un problemático acuerdo interino que causa una profunda preocupación en Jerusalén.
A primera vista, se trataría de una pausa temporal. El estrecho de Ormuz quedaría abierto a la libre navegación para ambas partes, mientras se concede un plazo de 60 días para negociar las llamadas “cuestiones futuras”. Sin embargo, cuando se examinan los detalles, aparece una maniobra estratégica defectuosa desde su base.
En términos simples, Trump paga a los iraníes en efectivo y recibe a cambio un cheque posdatado sin fondos. La apertura del estrecho de Ormuz no es solo un gesto simbólico. Supone una inyección de cientos de millones de dólares diarios para el régimen de Teherán. Es un salvavidas económico entregado a Irán justo cuando estaba cerca de colapsar bajo una presión estratégica histórica.
¿Y qué recibe Israel? Vacíos estratégicos.
El acuerdo actual ignora por completo las líneas rojas de Israel. No incluye ninguna referencia al programa iraní de misiles balísticos ni establece compromiso alguno para detener la financiación y el apoyo al terrorismo chií en Oriente Medio. Trump parece buscar un acuerdo a cualquier costo, mientras exhibe una peligrosa ingenuidad frente al adversario.
Su última publicación, según la cual “Irán ya ni siquiera quiere armas nucleares”, refleja una falta total de comprensión del régimen iraní, o bien un intento deliberado de engañar al público. Los iraníes no han abandonado sus ambiciones nucleares. Han logrado doblegar a Trump mediante guerra psicológica, pese a su derrota militar.
La razón de la retirada estadounidense no está en el calendario festivo, ni en el Día de la Independencia ni en el Mundial. Está en la política interna de Estados Unidos: los precios del combustible, la presión dentro del Partido Republicano y las próximas elecciones al Congreso.
Si Trump no está dispuesto a usar la fuerza militar cuatro meses antes de las elecciones, resulta difícil creer que lo hará dos meses antes, cuando concluyan los 60 días de negociación. Los iraníes lo entienden bien. Ya no temen sus amenazas.
Las consecuencias ya se sienten sobre el terreno, frente a Hezbolá. Mientras Washington y Jerusalén afirman que las condiciones de combate en el Líbano no han cambiado, la realidad indica otra cosa. Irán exige un alto el fuego total en el Líbano y, aunque Israel no lo ha declarado oficialmente, se observa una moderación peligrosa.
En los últimos días se registraron tres violaciones graves por parte de Hezbolá: la infiltración de un terrorista en la cresta de Ramim y el lanzamiento de drones hacia territorio israelí. Según los entendimientos previos, Israel debía responder con un ataque contra Dahiya, pero se abstuvo de hacerlo.
Esta dinámica debe recordar los días de los ataques esporádicos y los globos incendiarios en Gaza antes del 7 de octubre. Israel no debe acostumbrarse a las violaciones “menores”, porque suelen anticipar amenazas mayores. Debe evitar quedar atrapado en la senda de capitulación que Trump está allanando ahora para Teherán.