Los últimos días sitúan a Oriente Medio al borde de una sacudida geopolítica sin precedentes. La discusión decisiva de seguridad que mantuvo ayer el primer ministro Benjamín Netanyahu en el gabinete, centrada en la preocupante posibilidad de que fuerzas sirias, bajo la forma de las organizaciones de al-Julani, entren en el Líbano, obliga a mirar la realidad de frente.
Detrás de estos escenarios está la dinámica cambiante de la Administración estadounidense, encabezada por las declaraciones reiteradas del presidente Trump. Trump, por su alta valoración de la amistad con Erdogan y por su deseo de atender las necesidades turcas, traza una hoja de ruta que podría llevar a fuerzas sirias a combatir a Hezbolá en territorio libanés.
A primera vista, esto podría parecer un “regalo” para el interés israelí: el debilitamiento de Hezbolá a manos de fuerzas externas. Pero no conviene equivocarse: en Oriente Medio no hay regalos gratis, y menos aún cuando se trata de Erdogan y de al-Julani.
El Israel de Netanyahu y del gabinete actual transmite un mensaje claro, y quizá haya llegado el momento de que Washington también lo asimile: valoramos mucho al presidente Trump, su apoyo sin reservas y la asociación estratégica. Al mismo tiempo, hay líneas rojas que Israel no puede permitir que se crucen.
El gabinete lo dejó claro ayer, y con razón: Israel no permitirá una realidad en la que un actor de perfil daeshista, asesino y peligroso, sustituya a Hezbolá en su frontera. No libramos esta guerra para reemplazar una amenaza por otra amenaza radical. La entrada de fuerzas de al-Julani en el Líbano es un hecho que podría incendiar toda la región y llevar la amenaza hasta la puerta de nuestra casa de una manera para la que no estaremos preparados.
Israel dejó claro, y debe volver a dejarlo claro a todos los implicados, que cualquier intervención de este tipo por parte de Damasco, con aliento turco, constituirá el cruce de una línea roja que Israel no dejará sin respuesta. En el pasado ya supimos enviar señales al régimen de Assad, y la lección sigue siendo la misma: quien intente jugar con fuego en nuestra frontera debe saber que su palacio en Damasco no es inmune.
Las FDI demuestran en esta guerra que no ceden. El despliegue total sobre el terreno y la determinación de permanecer en el Líbano todo el tiempo que sea necesario, hasta eliminar la amenaza de Hezbolá, son la única garantía de nuestra seguridad. No podemos permitir que maniobras externas, pretensiones megalómanas de dirigentes regionales como Erdogan o “regalos” políticos entre potencias dicten nuestra realidad de seguridad.
Oriente Medio es un lugar demasiado peligroso para experimentos. Israel debe seguir una línea independiente, clara y firme: el problema del Líbano lo resolverá Israel por sí misma. No necesitamos “salvadores” radicales instalados sobre nuestra frontera. Hemos protegido y seguiremos protegiendo la cima del Hermón, y también defenderemos con nuestras propias manos toda la frontera norte. Esto no es solo una obligación política, sino un compromiso existencial con la seguridad de Israel.