La importancia de la votación para elegir al auditor general no radica en la elección de Rabello, ni en la victoria política de Netanyahu, ni siquiera en las quejas de la oposición, sino en el hecho de que, por primera vez en décadas, el primer ministro se da cuenta de lo cruciales e importantes que son estos nombramientos, a los que menospreciaba y cuyo valor no había reconocido plenamente hasta hace poco.
Durante sus años en el poder, Netanyahu ha elegido a decenas de personas, tanto de alto rango como de menor rango, a quienes ha evaluado con ojos profesionales o en función de su lealtad momentánea. A pesar de que, una y otra vez, esos mismos nombrados le dieron la espalda, se rebelaron contra él e incluso participaron en su condena, el primer ministro siguió nombrando a jefes de organizaciones y funcionarios sin examinar su ideología y sus verdaderas creencias, ni siquiera hasta qué punto su lealtad era constante e inquebrantable.
Así, Netanyahu nombró a altos cargos en el sistema judicial, en el ejército, al frente de organizaciones e incluso asesores para su gabinete, que posteriormente resultaron ser indignos, inadecuados y, sobre todo, incapaces de ayudarle a llevar a cabo su política y las posturas de su Gobierno.
Pero en los últimos tiempos se ha producido un cambio drástico en él. El primer ministro ha comprendido que lo que cuenta es la personalidad. Que en realidad no existe una clase profesional imparcial y que tampoco se puede confiar en la buena fe de quienes se comprometen a mantenerle lealtad en la entrevista de trabajo cuando suplican el puesto, y se olvidan de ello al día siguiente de sentarse en su silla.
Lo que la izquierda ya entendió hace 70 años, Netanyahu ha empezado a interiorizarlo recientemente. No se puede nombrar a un jefe del Estado Mayor solo porque haya anunciado que será más agresivo que su predecesor, pero que está atado de pies y manos al mismo sistema que necesita una sacudida y una reorganización. Tampoco se puede nombrar a un hombre claramente de izquierdas para dirigir el Shin Bet, como quería inicialmente el primer ministro al nombrar a Eli Sharvit, con la esperanza infundada de que hiciera lo que él le dijera. Eso no funciona así y nunca ha funcionado.
Y tras la toma de conciencia llegó también la acción. El nombramiento de Zini, la insistencia en Gofman y ahora apostar por Rabello, casi contra todo pronóstico, atestiguan sin lugar a dudas el gran cambio que ha experimentado Netanyahu últimamente.
Esto es solo el principio. Aunque el Gobierno se encuentra en los últimos compases de su mandato, seguirá encontrando cruces como este en su camino. Incluso ahora no hay que titubear ni pestañear. Sobre todo en materia de nombramientos. No hay mayor gobernabilidad que esta y que el cumplimiento de los compromisos con el elector.