Uzy Hadad, director del programa de Inteligencia Artificial de la Facultad de Tecnología de Jerusalén, considera exageradas muchas de las predicciones que presentan a la IA como una amenaza existencial. A su juicio, el debate debe examinar tanto los límites reales de la tecnología como los intereses económicos que rodean su desarrollo.
Hadad cuestiona la reacción que provocan algunas advertencias extremas sobre sistemas capaces de escapar del control humano o poner en peligro a la humanidad. También recuerda que el sector tecnológico ha anunciado en otras ocasiones la desaparición inminente de profesiones completas sin que esas previsiones se hayan cumplido de la forma anticipada.
Para Hadad, la discusión sobre seguridad no puede separarse de la competencia económica entre los grandes proveedores de modelos cerrados y el ecosistema de código abierto. Este último permite a las empresas utilizar y adaptar modelos propios con costos mucho menores.
Como ejemplo, menciona una gran empresa israelí que pagaba sumas elevadas por modelos comerciales y redujo sus costos cerca de un 90% después de adoptar soluciones de código abierto. Ese cambio también le permitió ajustar la tecnología con mayor precisión a sus necesidades.
Hadad sostiene que este contexto debe formar parte del debate sobre regulación. Las normas pueden proteger al público, pero también pueden consolidar la posición de las grandes compañías y elevar las barreras de entrada para empresas pequeñas o proyectos abiertos.
La privacidad sí figura entre sus preocupaciones inmediatas. Los usuarios necesitan saber qué información entregan a los sistemas de IA y qué uso puede recibir. Hadad subraya, sin embargo, que la recopilación masiva de datos personales precede a ChatGPT y forma parte desde hace años de los teléfonos inteligentes, las redes sociales y otros servicios digitales.
El uso seguro de estas herramientas depende, en su planteamiento, de la capacidad humana para evaluar sus respuestas. Si una persona acepta una salida como si procediera de un oráculo y no la verifica, aumenta el riesgo de error. Si el usuario conoce el área, puede comprobar el contenido, detectar fallos y emplear la IA para desarrollar ideas, redactar y editar textos, revisar código y ahorrar tiempo.
Hadad tampoco considera probable el escenario en el que una IA adquiere conciencia de forma repentina y decide destruir a la humanidad. Parte del temor público, en su opinión, procede de décadas de ciencia ficción y de relatos apocalípticos que captan atención con facilidad.
Desde el punto de vista técnico, recuerda que un modelo de lenguaje parte de la predicción de la siguiente palabra a partir de grandes volúmenes de información de entrenamiento. Sus capacidades aumentan si otros sistemas lo conectan con herramientas que permiten ejecutar tareas más complejas.
Por eso sitúa el peligro principal en el uso que las personas hagan de una tecnología cada vez más potente. Como ocurre con cualquier herramienta, puede emplearse con fines maliciosos.
Hadad también rechaza la idea de que la IA vaya a eliminar de forma automática grandes cantidades de puestos de trabajo. Espera cambios profundos en muchas profesiones, pero no necesariamente su desaparición. En programación, por ejemplo, la IA ya puede producir código, mientras el profesional dedica más atención a revisarlo, corregirlo y dirigir el sistema. Un proceso similar puede aparecer en el derecho, la contabilidad y otros campos donde el juicio profesional y la responsabilidad siguen en manos humanas.
Su mayor advertencia se refiere a la dependencia. Si las personas dejan de leer, escribir, pensar o resolver problemas por sí mismas porque delegan esas tareas en máquinas, pueden perder capacidades que sostienen su desempeño profesional y su autonomía intelectual.
Hadad cita al informático Cal Newport, quien ha señalado que las redes sociales deterioran la lectura y la concentración y que la IA podría afectar la escritura. También relata que desarrolladores sénior le han descrito una experiencia similar: trabajan con mayor rapidez y menos esfuerzo, pero algunas tareas ya exigen menos reflexión.
En lugar de invertir horas en estudiar un problema y buscar una solución, parte de ese proceso queda en manos de la máquina. Hadad considera que el reto central consiste en preservar la capacidad humana de pensar de forma crítica, cuestionar respuestas, crear y asumir responsabilidad.
La educación forma parte del mismo problema. Escuelas y universidades, a su juicio, deben enseñar a utilizar las nuevas herramientas sin permitir que los estudiantes sustituyan el aprendizaje por la capacidad de redactar instrucciones eficaces para una IA.
En la Facultad de Tecnología de Jerusalén ya se incorporan herramientas e infraestructura de IA a los estudios. A la vez, la institución concede menos peso a las tareas y más a exámenes y presentaciones presenciales para comprobar que el estudiante entiende el trabajo que presenta, incluso si una parte del producto final fue creada con ayuda de IA.
Hadad espera que los futuros profesionales mantengan conocimientos fundamentales sólidos y no dependan únicamente de una herramienta. No prevé que la IA destruya a la humanidad ni que quite de forma inevitable el trabajo a las personas. El desafío, en su planteamiento, será conservar las capacidades humanas a medida que las máquinas asuman una parte mayor de las tareas.










