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La guerra de Bélgica contra la circuncisión es una guerra contra los judíos

7 de mayo de 2026
en Opinión
La guerra de Bélgica contra la circuncisión es una guerra contra los judíos

Europa lleva 2.000 años intentando regular, marginar, expulsar, convertir, humillar y, en última instancia, destruir a los judíos. A veces mediante pogromos. A veces con inquisiciones. A veces con expulsiones. A veces con cámaras de gas.

Hoy, lo hace con “regulaciones sanitarias”.

La decisión de los fiscales belgas en Amberes de presentar cargos penales contra moheles judíos por practicar el brit milá —el pacto de la circuncisión que los judíos observan desde hace más de 3.300 años— no es simplemente una controversia jurídica. No es una disputa neutral sobre normas de higiene. Es un ataque contra el judaísmo en sí mismo. Es antisemitismo disfrazado de lenguaje burocrático y envuelto en el vocabulario aséptico del progresismo europeo moderno.

Los fiscales alegan que les preocupan “los estándares médicos”. Pero los judíos ya hemos escuchado esto antes. Europa siempre encuentra una excusa civilizada para su odio incivilizado.

Primero dijeron que los judíos envenenaban los pozos. Luego, que propagaban enfermedades. Luego, que corrompían las finanzas. Luego, que contaminaban la pureza racial. Ahora dicen que los judíos no pueden circuncidar a sus hijos de forma segura.

La máscara cambia. El odio permanece.

La arrogancia de Bélgica resulta pasmosa. He aquí un continente que exterminó a seis millones de judíos hace menos de un siglo, y ahora les da lecciones sobre cómo cuidar a los niños judíos. He aquí Europa —cuya tierra está empapada de sangre judía— decidiendo que los rabinos que han practicado miles y miles de circuncisiones son de algún modo menos competentes que los burócratas médicos laicos.

Sería risible si no fuera tan peligroso.

Europa siempre encuentra una excusa civilizada para su odio incivilizado.

Digamos lo evidente: la circuncisión ritual judía es uno de los ritos religiosos practicados de forma ininterrumpida más antiguos de la historia de la humanidad. Los judíos circuncidaban a sus hijos cuando Bélgica no existía, cuando la mayoría de las naciones europeas no existían, y cuando los ancestros de los europeos modernos todavía adoraban ídolos paganos en los bosques.

El pueblo judío ha sobrevivido más de tres milenios con el brit milá en el centro de la identidad judía. Somos el pueblo superviviente más longevo del mundo antiguo. El pacto de la circuncisión no es algo accesorio del judaísmo. Es el pacto físico fundacional del judaísmo con Dios, que se remonta a Abraham.

Y ahora los fiscales belgas quieren tipificarlo como delito.

La ironía es abrumadora. Europa —un continente que se hunde bajo el declive demográfico, la desintegración familiar, las epidemias de soledad, el nihilismo y el agotamiento civilizatorio— pretende aleccionar a los judíos sobre la continuidad moral y el florecimiento humano.

Los judíos, por su parte, construyeron la civilización centrada en la familia que legó al mundo la Biblia, el monoteísmo ético, la sacralidad del matrimonio y la idea de que los hijos son bendiciones sagradas y no inconvenientes del estilo de vida.

Y sí, los judíos circuncidaron a sus hijos a lo largo de todo ello.

El aspecto más absurdo de la acusación belga es la insinuación de que los moheles son de algún modo poco seguros o poco cualificados. Es un disparate.

Un mohel experimentado suele practicar a lo largo de su vida muchas más circuncisiones que el médico promedio. La circuncisión no es un procedimiento ocasional y secundario para un mohel. Es la obra sagrada de su vida. Es un arte perfeccionado a lo largo de décadas de precisión, formación, aprendizaje y devoción religiosa.

El médico hospitalario promedio que realiza circuncisiones puede hacerlo de forma esporádica, entre decenas de responsabilidades médicas no relacionadas. Un mohel veterano puede haber practicado diez mil.

¿Quién tiene más experiencia, exactamente?

“Nadie lo hace mejor”. Esa frase de James Bond se aplica aquí a la perfección.

Además, la tasa de complicaciones en la circuncisión ritual judía es extraordinariamente baja —ínfima, comparada con la retórica histérica que rodea esta práctica. Cada año se circuncidan cientos de miles de niños judíos en todo el mundo. Casi todos sin complicación alguna.

El pueblo judío ha practicado literalmente millones de circuncisiones a lo largo de siglos y continentes. Si el brit milá fuera el peligro bárbaro que sus críticos afirman, la continuidad judía habría sido imposible.

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Ocurre exactamente lo contrario.

Estudio tras estudio ha demostrado los beneficios médicos asociados a la circuncisión: menores tasas de infecciones urinarias, menor riesgo de transmisión del VIH, reducción de infecciones de transmisión sexual y tasas más bajas de cáncer de pene. La Academia Estadounidense de Pediatría ha reconocido los importantes beneficios para la salud asociados al procedimiento.

Hace años escribí en el Wall Street Journal en defensa de la circuncisión frente a precisamente este tipo de hostilidad europea ignorante. El argumento sigue siendo exactamente el mismo: la cruzada anticircuncisión no tiene que ver realmente con la medicina. Tiene que ver con la incomodidad ante la singularidad judía.

Los judíos le recordamos a Europa algo que Europa desprecia cada vez más: el pacto, la obligación, la disciplina, la continuidad familiar y la fe.

La circuncisión afirma que el cuerpo humano no es simplemente un instrumento de placer, sino parte de una misión moral sagrada. Afirma que los hijos no pertenecen al Estado, sino a las familias y sus tradiciones.

Europa moderna aborrece tales ideas.

Europa adora cada vez más la autonomía personal por encima de todo. El Estado puede castrar químicamente a niños en nombre de la “afirmación de género”, pero ¿un bebé judío de ocho días que entra en el pacto de Abraham? De repente el Estado descubre su preocupación por la integridad corporal.

La hipocresía es nauseabunda.

¿Dónde está la indignación de Bélgica ante el creciente antisemitismo violento en Europa? ¿Dónde está el pánico moral de Bélgica ante el extremismo islamista? ¿Dónde están las fiscalías de emergencia de Bélgica contra los crímenes de odio hacia los judíos?

En cambio, los fiscales apuntan a rabinos que practican uno de los rituales más sagrados del judaísmo.

Porque Europa siempre escoge a los judíos.

Descartemos también la fantasía de que esto se limita a Bélgica.

Francia ha coqueteado repetidamente con restricciones a la expresión religiosa. Los países escandinavos han debatido abiertamente la prohibición de la circuncisión. En toda Europa, la matanza ritual kosher ha sido atacada. Las escuelas judías necesitan guardias armados. Las sinagogas parecen instalaciones militares.

Las élites europeas adoran proclamar “Nunca más”, mientras construyen sociedades en las que la vida judía se vuelve constantemente más difícil, más aislada y más peligrosa.

Y luego se preguntan por qué los judíos se marchan —o quizás se alegran de verlos partir.

La tragedia es que Europa no aprendió absolutamente nada de su historia. El viejo antisemitismo se ha fundido ahora sin fisuras con el antisemitismo progresista de moda de la izquierda moderna. Un bando acusaba a los judíos de ser racialmente impuros. El otro los acusa de ser moralmente impuros. Ambos llegan a la misma conclusión: las prácticas judías deben ser controladas, reducidas o erradicadas.

La circuncisión se convierte en un blanco ideal porque los antisemitas pueden fingir que los motiva una preocupación humanitaria.

Pero si esto fuera realmente por el bienestar infantil, estos fiscales celebrarían la vida familiar judía en lugar de atacarla. Las comunidades judías tienen algunas de las estructuras familiares más sólidas, las tasas de criminalidad más bajas, los índices más bajos de abandono familiar y la continuidad multigeneracional más profunda de todo el mundo occidental.

En cambio, Europa patologiza la continuidad judía porque ella misma carece cada vez más de continuidad.

Las tasas de natalidad se desploman. Las iglesias se vacían. El matrimonio desaparece. La identidad nacional se fragmenta. El sentido se evapora. En ese vacío se instala el resentimiento hacia las minorías obstinadas que todavía creen en Dios, la familia, la nación y el pacto.

Los judíos se vuelven intolerables precisamente porque sobrevivimos.

Esa supervivencia exaspera a Europa. Siempre lo ha hecho.

Los fiscales belgas probablemente se imaginan a sí mismos como ilustrados defensores de la modernidad. En realidad, participan en una de las tradiciones más antiguas de Europa: perseguir a los judíos mientras proclaman su superioridad moral.

La historia los juzgará con dureza.

Y que Bélgica escuche esto con claridad: el pueblo judío no renunciará al brit milá. Ni por Bélgica. Ni por Europa. Ni por nadie.

El pacto sobrevivió al Faraón. Sobrevivió a Roma. Sobrevivió a las Cruzadas. Sobrevivió a la Inquisición. Sobrevivió a Hitler.

Sobrevivirá a los fiscales belgas.

El verdadero escándalo aquí no es la circuncisión judía. El verdadero escándalo es que, menos de un siglo después de que Europa intentara exterminar a los judíos, los gobiernos europeos vuelven a sentirse con derecho a criminalizar aspectos centrales de la vida religiosa judía.

Esa es la verdadera barbarie.

Y toda persona decente —judía o no judía— debería decirlo con claridad y sin miedo.

Sobre el autor: El rabino Shmuley Boteach es autor de 36 libros de gran éxito internacional. El Washington Post y Newsweek lo han descrito como “el rabino más famoso de Estados Unidos”, el New York Observer como “el judío ortodoxo más famoso del mundo” y el Jerusalem Post lo incluye entre los 50 judíos vivos de mayor influencia. Es fundador de The World Values Network, organización que defiende los valores judíos y combate el antisemitismo en todo el mundo. Síguelo en Instagram y “X” como @RabbiShmuley.
Etiquetas: BélgicaIsraelJudaísmo

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