Ahora que el revuelo en torno al acuerdo con el Líbano ha empezado a disiparse un poco, es posible intentar hacer una primera valoración del mismo: en el apartado de logros, Israel puede anotarse, en primer lugar, el hecho de que, por primera vez, el Gobierno libanés acepta oficialmente la presencia, aunque sea temporal, del Ejército de Defensa de Israel en territorio nacional. Además, el Gobierno de Beirut ha firmado un documento en el que se califica a Hezbolá, aunque sea por parte de los estadounidenses, de “enemigo del Líbano”, lo que también constituye un precedente histórico.
El hecho de que el secretario general de Hezbolá, Naim Qassem, se haya pronunciado con furia contra el acuerdo y haya calificado las negociaciones de “humillantes” es también una prueba de que, desde el punto de vista de Israel, se trata de un acuerdo nada malo.
Por el contrario, el mensaje que ha llegado a Irán tras las concesiones israelíes —dos en tres días— en relación con los ataques en Dahiya es muy problemático. Los iraníes perciben la debilidad que irradia la Administración Trump, comprenden cómo se le impone a Israel y es muy posible que endurezcan sus posiciones en las negociaciones para poner fin a la guerra.
En cuanto a la aplicación del acuerdo sobre el terreno, esto es muy dudoso, a la luz de lo que parece ser la determinación de Hezbolá de hacer saltar por los aires los entendimientos. El cumplimiento del acuerdo está condicionado explícitamente al cese total de los disparos por parte de Hezbolá y a la retirada de todos sus terroristas de la zona al sur del Litani. Según las estimaciones de Israel, unos 2.000 terroristas de Hezbolá siguen en esa zona, y no parece que vayan a retirarse de allí de forma voluntaria.
El ejército israelí tiene plena libertad de acción para limpiar el espacio entre la frontera y el Litani, y en teoría también libertad para frustrar amenazas al norte de allí, pero esta cuestión sigue siendo más ambigua y su prueba de fuego será la aplicación sobre el terreno. En teoría, según el acuerdo, el ejército israelí debería retirarse pronto de una primera zona en el sur del Líbano a la que entraría el ejército libanés a modo de “proyecto piloto”, pero tal y como van las cosas en este momento, es muy dudoso que lleguemos a esa fase.
En definitiva, desde el punto de vista de Israel, el acuerdo se perfila como una trampa política bien urdida contra Hezbolá, que, sin otra opción, cae en ella con los ojos bien abiertos; pero, a pesar de que se le califica de “acuerdo de alto el fuego”, es muy dudoso que ponga fin a los combates en el norte.