El secretario de Estado, Marco Rubio, afirmó este jueves que la amenaza de la violencia de izquierda “ya no puede negarse”, durante el discurso inaugural de la “Reunión Ministerial de Estados Unidos sobre el resurgimiento del terrorismo político”.
“Aquí, en mi país, muchas personas que ocupan posiciones de poder han restado importancia de forma reiterada a actos de violencia e incluso de terrorismo, y los han considerado formas legítimas de expresión política, siempre que estuvieran al servicio de una causa de izquierda”, declaró. “Por esa razón, durante los llamados disturbios de George Floyd en el verano de 2020, cuando delincuentes y extremistas incendiaron y saquearon las principales ciudades de Estados Unidos y estuvieron a punto de poner al país de rodillas, los gobiernos municipales de todo el país se negaron sin más a procesar a quienes cometían aquellos actos de violencia y terror”.
“De ahí procede aquella imagen ya célebre. Quizá todos la recuerden: un presentador de una cadena muy conocida, situado en un vecindario devorado por las llamas, mientras el rótulo de la parte inferior de la pantalla decía que las protestas eran “mayoritariamente pacíficas”. Aquello fue peor que un doble rasero. La violencia de izquierda recibió indulgencia y fue tratada como algo sagrado, como una categoría protegida por derecho propio”, añadió. “Esa época tiene que terminar”.
“Ustedes están aquí porque esto es real, porque empeora, porque ya no puede negarse y porque ya no puede ignorarse”, afirmó. “Ha llegado el momento de aplastar este mal para siempre. La realidad es sencilla: nada de lo que acabo de describir es nuevo. El terrorismo político de extrema izquierda no es una novedad contemporánea. Tampoco es una ficción fabricada por políticos conservadores”.
“Se trata de un mal particular y singular. Siempre ha estado impulsado, ante todo, por el odio, un odio contra la propia civilización”, declaró Rubio. “Es la rebelión de los peores contra los mejores, la rebelión de los débiles y los cobardes contra los fuertes y los buenos”.
“Puede adoptar lemas e ideologías diferentes según el lugar y la época. Pueden llamarse anticapitalistas, antiimperialistas, comunistas, anarquistas o marxistas. Sin embargo, su naturaleza fundamental siempre es la misma. Siempre es la misma. Es un resentimiento venenoso revestido con el lenguaje de la igualdad, la justicia y la liberación. Es una necesidad irresistible de derribar lo que hombres superiores han construido y de destruir lo bello y lo justo en nombre de personas llenas únicamente de fealdad y que no tienen nada más que ofrecer al mundo”.
“Nada de esto está impulsado por el idealismo. No es utópico. De hecho, es todo lo contrario”, afirmó. “El comunismo no “suena bien en teoría”. El mundo que imagina para todos nosotros es pequeño, plano y gris, un mundo que elimina toda excepcionalidad y vacía el alma humana de cuanto tiene de bueno y noble”.
“El mundo que imagina carece de valor, creatividad y ambición. Es un mundo sin héroes, sin gloria y sin grandes causas por las cuales luchar. Es un mundo sin milagros, sin mitos y sin hombres que se eleven por encima de los demás para realizar actos extraordinarios. El mundo que imagina el comunismo es también un mundo sin Dios”.
“Para estos arquitectos de la violencia revolucionaria, los grandes logros de nuestra civilización constituyen una humillación insoportable, un recordatorio de lo que no pueden hacer y de lo que no pueden llegar a ser”, afirmó. “Por eso optan por destruir”.
Secretario DE ESTADO MARCO RUBIO: Sin duda, ustedes verán que este dogma vuelve a aparecer en la cobertura de esta misma conferencia.
A pesar de una realidad clara e innegable, de las cifras y estadísticas objetivas y del hecho de que hoy se encuentran en esta sala representantes de todo el espectro político, escucharemos cómo se resta importancia a esta clase de violencia y terrorismo organizados. Se los presentará como una ficción partidista.
En nuestros países surgió toda una industria dedicada al estudio del extremismo. Contamos con centros de análisis, becas, revistas y consultoras que comparten una premisa tácita: solo una clase de violencia política representa una amenaza real para el sistema.
Una bomba colocada por un grupo neonazi constituye un acto criminal, homicida y perverso. Lo es. Pero ¿qué ocurre con una bomba colocada por un revolucionario marxista? En ese caso, se considera apenas un exceso trágico de idealismo. Quizá sus métodos fueron equivocados o desmedidos, pero sus fines eran virtuosos y justos. Esa es la conclusión que se desprende de la forma en que lo tratan.
Durante años, este extraordinario prejuicio ideológico quedó incorporado a nuestra manera de hablar sobre la violencia política y el extremismo. Se repitió una y otra vez hasta convertirse en el criterio supuestamente neutral y objetivo. Quedó tan arraigado en el pensamiento convencional dominante que terminó por considerarse un hecho ajeno a la política.
Por esa razón, aquí, en mi país, muchas personas que ocupan posiciones de poder han restado importancia de forma reiterada a actos de violencia e incluso de terrorismo, y los han considerado formas legítimas de expresión política, siempre que estuvieran al servicio de una causa de izquierda.
Por esa razón, durante los llamados disturbios de George Floyd en el verano de 2020, cuando delincuentes y extremistas incendiaron y saquearon las principales ciudades de Estados Unidos y estuvieron a punto de poner al país de rodillas, los gobiernos municipales de todo el país se negaron sin más a procesar a quienes cometían aquellos actos de violencia y terror.
De ahí procede aquella imagen ya célebre. Quizá todos la recuerden: un presentador de una cadena muy conocida, situado en un vecindario devorado por las llamas, mientras el rótulo de la parte inferior de la pantalla decía que las protestas eran “mayoritariamente pacíficas”.
Aquello fue peor que un doble rasero. La violencia de izquierda recibió indulgencia y fue tratada como algo sagrado, como una categoría protegida por derecho propio.
Esa época tiene que terminar.
La coalición reunida hoy en esta sala incluye a dirigentes políticos, expertos y funcionarios de las fuerzas del orden procedentes de más de sesenta países. Ustedes representan a gobiernos, partidos y corrientes políticas muy diversas.
Algunos de sus gobiernos discrepan públicamente del nuestro. En ocasiones mantenemos desacuerdos profundos sobre el comercio, la energía o la inmigración.
Ustedes no han venido hoy porque se hayan convencido de todos y cada uno de los aspectos de la visión estadounidense del mundo.
Están aquí porque, hace dos semanas, una mujer de 72 años sufrió quemaduras en más del 80 % de su cuerpo dentro de su propia vivienda en Grecia y murió, ejecutada mediante una bomba incendiaria porque su hija se atrevió a presentarse a unas elecciones.
Están hoy aquí porque, durante cinco días de este invierno, Berlín quedó a oscuras. Fue el apagón más prolongado que sufrió la ciudad desde la Segunda Guerra Mundial. Lo causó un ataque que dejó sin electricidad a decenas de miles de hogares en medio de temperaturas bajo cero y provocó la muerte de una mujer de 83 años.
Están aquí porque, un mes después de aquel apagón en Berlín, un francés de 23 años murió a causa de graves lesiones cerebrales. Un grupo de matones terroristas de extrema izquierda lo golpeó hasta matarlo en las calles de Lyon.
Están aquí porque sus dirigentes políticos sufren agresiones, apuñalamientos y disparos en sus propias calles, porque sus empresas han sido atacadas con bombas, porque sus ferrocarriles han sufrido sabotajes y porque sus policías han sido golpeados y quemados.
Están aquí porque esto es real, porque empeora, porque ya no puede negarse y porque ya no puede ignorarse.
Ha llegado el momento de aplastar este mal para siempre.
La realidad es sencilla: nada de lo que acabo de describir es nuevo. El terrorismo político de extrema izquierda no es una novedad contemporánea. Tampoco es una ficción fabricada por políticos conservadores.
Durante la mayor parte de la era moderna, fue, de hecho, la forma dominante de violencia política.
Todos nuestros amigos procedentes de los países del hemisferio occidental recuerdan las décadas de secuestros, atentados, asesinatos y ejecuciones, así como el terror violento de los Tupamaros, los Montoneros, las FARC y el ELN.
Ustedes recuerdan la crueldad inhumana de Sendero Luminoso en Perú, los fanáticos maoístas que masacraron aldeas campesinas peruanas y mataron con hachas y machetes a mujeres embarazadas y recién nacidos.
Recuerdan a las decenas de miles de guerrilleros marxistas que recibieron entrenamiento para matar en los campos terroristas de Castro.
Todos los europeos aquí presentes lo recuerdan. Recuerdan las masacres con ametralladoras cometidas por las Brigadas Rojas de Italia, que mantuvieron cautivo durante 55 días a un hombre que había ejercido cinco veces como primer ministro, antes de someterlo a un supuesto juicio popular revolucionario y ejecutarlo en 1978.
Recuerdan la campaña de atentados, secuestros y asesinatos que la Fracción del Ejército Rojo mantuvo durante casi tres décadas en Alemania, con decenas de muertos y centenares de heridos.
Recuerdan a la organización 17 de Noviembre en Grecia, los extremistas marxistas que aterrorizaron Atenas durante más de un cuarto de siglo. Entre sus crímenes figura, por cierto, el asesinato del jefe de la estación de la CIA de mi país, a quien mataron a tiros frente a su casa y ante su esposa, cuando ambos regresaban de una fiesta de Navidad.
Y aquí, en Estados Unidos, también lo recordamos. Recordamos el mismo periodo de terror mortal, justificado mediante los mismos lemas e impulsado por las mismas ideas perversas. Recordamos a Weather Underground, que colocó bombas en el Pentágono, el Departamento de Estado y el Capitolio.
Recordamos al Ejército Negro de Liberación, que perpetró robos a mano armada y ejecutó a policías a quemarropa. Recordamos al Ejército Simbionés de Liberación, que asesinó a tiros al superintendente de una escuela pública con balas de punta hueca cargadas de cianuro.
Durante un periodo de dieciocho meses, entre 1971 y 1972, el FBI contabilizó unos 2.500 atentados con explosivos en territorio estadounidense, una media de casi cinco diarios.
La inmensa mayoría de aquella violencia procedió de extremistas de izquierda. Entre 1970 y 1980, el 93 % de los atentados terroristas perpetrados en Occidente tuvo su origen en la extrema izquierda.
Estas cifras sorprenderían hoy a la mayoría de los estadounidenses porque se nos ha enseñado que esta clase de violencia política sencillamente no existe o que su alcance se exagera.
Sin embargo, existe y, de hecho, la subestimamos. Las cicatrices que conservan nuestras naciones lo demuestran.
Hoy nos enfrentamos a una nueva oleada de este antiguo mal.
Aquí, en Estados Unidos, la proporción de atentados y complots terroristas de izquierda ha alcanzado niveles que no se registraban desde hace décadas. En Alemania, la violencia de extrema izquierda aumentó más del 40 % tan solo durante el último año. En Grecia, más del 80 % de la violencia radical procede ahora de grupos de extrema izquierda y anarquistas.
No se trata de estadísticas abstractas. Los estadounidenses han visto qué significan esas cifras: una ofensiva total contra nuestros agentes de inmigración, ataques de francotiradores, explosivos, emboscadas armadas, un tirador transgénero que abrió fuego contra alumnos de una escuela primaria católica mientras rezaban y cuya arma llevaba consignas como “¿Dónde está ahora su Dios?”, un ejecutivo del sector sanitario ejecutado a sangre fría en plena calle, varios intentos de asesinato contra un presidente en ejercicio y el asesinato del mayor activista conservador de una generación, un hombre que también era esposo y padre de dos niños pequeños, abatido a tiros cuando hablaba ante un grupo de estudiantes.
Se trata de un mal particular y singular.
Siempre ha estado impulsado, ante todo, por el odio, un odio contra la propia civilización.
Es la rebelión de los peores contra los mejores, la rebelión de los débiles y los cobardes contra los fuertes y los buenos.
Sus autores son personas incapaces de construir, crear o alcanzar grandes objetivos, que se vengan del mundo por su propia incapacidad mediante la destrucción de quienes sí pueden hacerlo.
Eso es el izquierdismo radical.
Puede adoptar lemas e ideologías diferentes según el lugar y la época. Pueden llamarse anticapitalistas, antiimperialistas, comunistas, anarquistas o marxistas.
Sin embargo, su naturaleza fundamental siempre es la misma. Siempre es la misma.
Es un resentimiento venenoso revestido con el lenguaje de la igualdad, la justicia y la liberación. Es una necesidad irresistible de derribar lo que hombres superiores han construido y de destruir lo bello y lo justo en nombre de personas llenas únicamente de fealdad y que no tienen nada más que ofrecer al mundo.
Mediante la violencia y el terror, pretenden imponer de nuevo su fealdad a todos nosotros.
El antiguo dogma era falso. El antiguo dogma era falso.
Nada de esto está impulsado por el idealismo. No es utópico. De hecho, es todo lo contrario.
Una de las críticas que a veces se formulan contra el comunismo sostiene que suena bien en teoría, pero que nunca funciona en la práctica.
Eso no es cierto. El comunismo no suena bien en teoría.
El mundo que imagina para todos nosotros es pequeño, plano y gris, un mundo que elimina toda excepcionalidad y vacía el alma humana de cuanto tiene de bueno y noble.
El mundo que imagina carece de valor, creatividad y ambición. Es un mundo sin héroes, sin gloria y sin grandes causas por las cuales luchar. Es un mundo sin milagros, sin mitos y sin hombres que se eleven por encima de los demás para realizar actos extraordinarios.
El mundo que imagina el comunismo es también un mundo sin Dios.
Para estos arquitectos de la violencia revolucionaria, los grandes logros de nuestra civilización constituyen una humillación insoportable, un recordatorio de lo que no pueden hacer y de lo que no pueden llegar a ser.
Por eso optan por destruir.






