Concluyó la cumbre anual de la OTAN en Ankara, Turquía, sin los sobresaltos que algunos habían anticipado. El presidente Trump reclamó Groenlandia y amenazó con romper las relaciones comerciales con España, pero también confirmó que Estados Unidos permanecería en la alianza, al menos por ahora. Después calificó la reunión de “enormemente exitosa”. “La unidad que había en esa sala era increíble”, declaró a los periodistas. “Había verdadero afecto. Fue algo bastante insólito”.
La noticia debió de tranquilizar a nuestros aliados, sobre todo después de que se conociera que la Casa Blanca había descartado recientemente un plan para reducir en un tercio la presencia militar estadounidense en Europa. La estrategia europea parece haber funcionado: combinar halagos con promesas de mayores presupuestos de defensa para mantener a Estados Unidos en el continente.
El resultado es lamentable. En realidad, nuestros aliados de la OTAN no están llevando a cabo un rearme auténtico. Y, aun cuando asumieran con seriedad esa tarea, seguiría sin estar claro cómo favorecería a los intereses nacionales de Estados Unidos.
Antes de la cumbre ya se había informado de que los dirigentes de la alianza mantenían conversaciones secretas para persuadir al presidente de que aplazara cualquier decisión de fondo sobre la OTAN hasta el final de su mandato. Algunos llegaron a plantear la eliminación de las cumbres anuales, con la esperanza de que la organización pasara inadvertida y alcanzara 2029 sin incidentes.
No todo el rearme europeo es una farsa, aunque muchos de los argumentos utilizados para defenderlo se apoyan en exageraciones y engaños. Los países fronterizos con Rusia figuran entre los que sí han elevado su gasto. Estonia, por ejemplo, destina a defensa el 5,4 % de su producto interno bruto anual. La proporción resulta llamativa, pero representa apenas $2.400 millones, una cantidad inferior a la que mi estado natal, Pensilvania, dedica a su Departamento de Prisiones.
La situación es distinta en otros miembros de la alianza. Eslovaquia ha mantenido estable su gasto, mientras que la República Checa incluso lo ha reducido. Italia ha tratado de mejorar sus cifras mediante la inclusión de partidas como las destinadas a las fuerzas policiales nacionales. Esa maniobra quizá cumpla formalmente el compromiso asumido el año pasado para alcanzar los objetivos fijados por la OTAN, pero contradice por completo su espíritu. Alemania, indispensable para cualquier proyecto serio de rearme europeo, ya se ha visto obligada a abandonar muchas de sus promesas grandilocuentes sobre una transformación radical de su política de defensa.
Aun si Europa consiguiera ejecutar ese plan, quedaría por explicar por qué debería importarnos. Estados Unidos tiene un interés evidente en impedir que una sola potencia hegemónica someta al continente europeo. Sin embargo, nuestros aliados cuentan ya con capacidades más que suficientes para disuadir o derrotar cualquier intento ruso de conquista convencional, en el supuesto de que Moscú llegara a considerarlo. Además, existen muy pocas pruebas de que Putin tenga un interés real en ocupar territorios fuera de Ucrania. Más allá de ese escenario, el rearme europeo no protege ningún interés esencial de Estados Unidos.
Incluso podría perjudicarnos. Un incremento sostenido de los presupuestos militares permitiría a los sectores belicistas europeos intensificar la guerra en Ucrania y aumentaría el riesgo de un enfrentamiento directo entre la OTAN y Rusia. La posibilidad no debe ignorarse, porque buena parte del nuevo gasto militar que comienza a concretarse está dirigida a suministrar armamento a Kiev.
También se afirma que la presencia estadounidense en Europa facilita la proyección de poder hacia Oriente Medio. Dejando al margen la conveniencia de favorecer nuestra intervención en los conflictos interminables de esa región, la reciente disputa con Italia por el uso de nuestras bases durante la Operación Furia Épica demuestra que esa capacidad tampoco está asegurada.
Al presentar los compromisos de Estados Unidos como una consecuencia del gasto europeo en defensa, Trump termina otorgando a nuestros aliados cierta influencia sobre la política exterior estadounidense. Ellos son conscientes de ello. Durante la cumbre, un diplomático de la OTAN aseguró que los dirigentes de la alianza veían cada vez más a Trump como “el muchacho que siempre daba la falsa alarma sobre el lobo”.
Si la OTAN conserva el formato actual, las próximas cumbres seguirán un guion que ya puede anticiparse.
Antes de cada reunión, el secretario general de la alianza acudirá a la Casa Blanca, como hizo Rutte en junio. Destacará las inversiones europeas en defensa y subrayará especialmente los contratos concedidos a fabricantes estadounidenses de armamento. Al mismo tiempo, dedicará al presidente abundantes elogios. El cambio generacional que ya está en marcha será presentado como una consecuencia de las decisiones de Trump, con la expectativa de que lo interprete como un logro propio.
Durante la cumbre prevalecerá después la cortesía. Nadie repetirá la desastrosa reunión de Kaja Kallas con el secretario de Estado Marco Rubio ni criticará abiertamente a Estados Unidos. Los aliados atribuirán a Trump el aumento del gasto europeo, como hizo el alemán Friedrich Merz, sin examinar demasiado las cifras reales. Finalmente, todos regresarán a casa satisfechos.
Hay, no obstante, una alternativa. Aunque Hegseth recibió la orden de abandonar el plan para retirar de Europa a un tercio de nuestras fuerzas, el Pentágono aún desarrolla una revisión de seis meses sobre el despliegue militar estadounidense en el continente. Su propósito es “garantizar que la OTAN avance con rapidez y de forma irreversible hacia un modelo en el que Europa asuma el liderazgo, aumente su contribución y se haga cargo de la responsabilidad principal de su propia defensa”.
Ese objetivo es acertado. La revisión dará al Pentágono la oportunidad de exponer con claridad y sin reservas las razones para retirar del continente europeo nuestras fuerzas convencionales. El regreso de las tropas a casa es la carta decisiva. Cuando el proceso concluya, el presidente Trump debería jugarla.





