Ante la creciente presión que afronta Rusia en Ucrania, el presidente Vladímir Putin vuelve a recurrir al chantaje nuclear. Su asesor Nikolái Pátrushev afirmó el miércoles que las “fuerzas nucleares navales de Rusia se encuentran en estado de máxima alerta”.
La advertencia busca transmitir una imagen de desafío, pero también pone de manifiesto la pérdida de confianza de Putin en sus fuerzas armadas. En paralelo, el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, avanza con la prometida “operación de influencia de 40 días contra el Estado agresor, destinada a obligarlo a poner fin a la guerra”.
La ofensiva, con la que Zelenski pretende consolidar los recientes logros militares de Ucrania, ya ejerce presión sobre Rusia. Por recomendación del mayor general Yevhen Khmara, el mandatario autorizó una estrategia que Kiev denomina, en tono de broma, “un plan de sanciones de largo y medio alcance”.
Se trata de una campaña continua de ataques en profundidad contra objetivos situados en territorio ruso. Zelenski los describe como “sanciones ucranianas”. Estas operaciones afectan de manera considerable a la economía de Rusia y reducen la capacidad del Kremlin para financiar la guerra.
Las consecuencias también alcanzan a las élites de Moscú y San Petersburgo, sometidas a privaciones desconocidas para la generación actual. El malestar queda reflejado en videos difundidos a través de las redes sociales. A su vez, la persistente campaña ucraniana con drones golpea a los rusos presentes en el llamado “Triángulo Magyar”, una zona que incluye los territorios del sur de Ucrania ocupados por Rusia, Crimea y el mar de Azov.
La 414.ª Brigada Separada de Sistemas No Tripulados de Ucrania, comandada por el mayor Robert Brovdi, trabaja para que la ocupación rusa de Crimea resulte insostenible. “Creamos condiciones que vuelven insostenible la presencia [de Rusia] allí, sin sacrificar la vida de un solo soldado ucraniano. Lo hacemos todo a distancia”, explicó Brovdi.
Las acciones de la brigada han causado daños graves al transporte marítimo ruso, han forzado el cierre de algunas rutas navales y han profundizado el aislamiento de Crimea al dificultar la llegada de suministros desde el mar de Azov.
Brovdi informó el lunes en Telegram que la operación continuará después de haber alcanzado 105 embarcaciones entre el 6 y el 13 de julio. “La infraestructura de transbordo de la península de Crimea recibe ataques todas las noches, el tránsito por el estrecho de Kerch se ha detenido y las operaciones de descarga se han reducido al mínimo”.
La campaña se concentra en la infraestructura logística que permite a Rusia trasladar personal, municiones, armas, equipo militar y tropas. Los objetivos incluyen buques cisterna empleados para transportar petróleo y derivados rusos y eludir las sanciones internacionales, además de transbordadores que sostienen la logística militar y el movimiento de carga para las fuerzas terrestres rusas. También son atacados cargueros y remolcadores utilizados para transportar suministros y material militar.
El propósito de Brovdi, sin embargo, no se limita a interrumpir el abastecimiento. Sus unidades también golpean la red eléctrica. Hasta ahora han atacado nueve subestaciones en Crimea y otros territorios, así como el corredor energético que conecta la península con la electricidad producida en Rusia.
El objetivo final es el puente sobre el estrecho de Kerch. Las fuerzas de Brovdi continúan debilitando las defensas rusas que lo protegen para preparar las condiciones de una eventual destrucción. En ataques recientes eliminaron un lanzador S-400 Triumf, un sistema de defensa antiaérea Tor y dos complejos de radar.
El puente, no obstante, sigue en pie. Brovdi explicó la razón: “Cortamos las vías de acceso, no las de salida. No tocamos el puente de Kerch. Que salgan por allí. Que esos millones regresen por ese pequeño puente a su Rusia”.
Este es solo uno de los problemas que Putin y sus generales deben enfrentar.
La capacidad de Ucrania para producir sus propias armas, incluidos misiles de crucero y drones, ha alterado el desarrollo de la guerra al permitir que Kiev ataque objetivos ubicados a gran profundidad dentro del territorio ruso.
A esa capacidad se suman ahora las licencias concedidas por Estados Unidos y Francia para fabricar nuevos sistemas de armas. Durante la cumbre de la OTAN celebrada la semana pasada, el presidente Trump prometió autorizar a Ucrania a producir sistemas de defensa antiaérea Patriot, especialmente misiles interceptores.
El presidente francés, Emmanuel Macron, anunció por su parte que permitirá a Ucrania fabricar misiles de crucero de diseño francés, bombas planeadoras e interceptores antiaéreos. Francia también entregará sistemas de radar y equipos de defensa antiaérea de nueva generación, además de 16 cazas hasta 2028.
El lunes, Ucrania y nueve países europeos acordaron formar una coalición de defensa contra misiles balísticos. La iniciativa busca reforzar las capacidades europeas de defensa antimisiles y respaldar a Ucrania en el desarrollo de su proyecto de defensa antiaérea Freya.
Otro elemento relevante es el respaldo expresado el martes por Trump a la Ley de Sanciones contra Rusia de 2026. El proyecto, elaborado por el muerto senador Lindsey Graham, republicano por Carolina del Sur, facultaría al presidente para imponer sanciones secundarias a los países que compren petróleo, gas o uranio procedentes de Rusia.
La presión sobre Putin continúa aumentando, aunque el mandatario mantiene su postura desafiante. La incógnita es cuánto tiempo estará dispuesta la élite rusa a soportar las dificultades que Zelenski le impone.









