Estados Unidos intenta ampliar sus capacidades de almacenamiento de energía a gran escala. Al mismo tiempo, busca independizarse de la tecnología de baterías de China. Estos dos objetivos se contradicen de forma directa. El país asiático domina las cadenas de suministro mundiales de tecnología de energía limpia, en especial en el sector de las baterías de iones de litio. Estos componentes alimentan desde teléfonos móviles hasta automóviles. Las fábricas chinas producen cerca del ochenta por ciento de todas las celdas de batería del mundo.
Además de la manufactura, Pekín controla el ochenta y cinco por ciento de la producción mundial de material activo de cátodo y más del noventa por ciento del material activo de ánodo. El gigante asiático también refina la gran mayoría de los minerales críticos necesarios para esta industria. La administración de Donald Trump quiere desafiar esta fuerte presencia en el sector energético global para establecer una etapa de dominio propio.
A finales de agosto, el gobierno estadounidense declaró una emergencia nacional para prohibir el uso de baterías de fabricación china en los sistemas de almacenamiento a escala de red. Esta medida se escuda en motivos de ciberseguridad. En ese mismo mes, el gobierno federal otorgó $500 000 000 a siete empresas dedicadas a los minerales, la fabricación y el reciclaje de baterías. El propósito central es fortalecer el sector nacional y reducir la dependencia extranjera.
Sin embargo, estas medidas resultan insuficientes. La construcción de cadenas de suministro capaces de competir con China requiere décadas y miles de millones de dólares de inversión. Estados Unidos carece de ese tiempo y solo dispone de unos pocos años para volverse competitivo. Aunque el país norteamericano genera mucha innovación tecnológica con pequeñas empresas creativas, la producción masiva de alta calidad a escala millonaria representa un reto muy distinto al simple diseño de prototipos iniciales.
La orden ejecutiva del veintiséis de agosto contiene términos muy imprecisos. El texto ordena la prohibición de equipos eléctricos de sistemas de energía a granel de producción extranjera. Esta falta de claridad paraliza el crecimiento del sector nacional de almacenamiento. Los proyectos de baterías enfrentan retrasos o cancelaciones a corto plazo por causa directa de la normativa. Los desarrolladores esperan nuevas directrices, revisan contratos previos o cambian de proveedores motivados por esta gran incertidumbre.
El esfuerzo político también llega tarde para reparar los daños previos en el sector local. El gobierno actual eliminó importantes leyes de apoyo a los fabricantes nacionales y a la industria de los vehículos eléctricos impulsadas en la gestión anterior. La derogación de estas normas le costó mucho tiempo y dinero a los productores estadounidenses. Todo este conflicto plantea un dilema mayor sobre la conveniencia de aprovechar tecnología barata disponible en el mercado frente a la decisión de bloquearla para forzar el desarrollo local a un costo económico más alto. Permitir el monopolio total de la infraestructura crítica mundial en manos de un solo Estado autoritario también constituye una muy mala opción para el futuro. Este panorama complejo supera por completo el alcance de cualquier orden ejecutiva inmediata.










