Ucrania ha acumulado varias noticias favorables durante el verano. Sus operaciones con drones dentro de Rusia han causado escasez de gasolina, sometido a mayor presión la economía, extendido la inquietud entre la población y creado nuevos problemas para Vladímir Putin. Al mismo tiempo, las fuerzas ucranianas han conseguido aislar la Crimea ocupada del territorio continental ruso y continúan atacando embarcaciones de ese país en los mares Negro y de Azov.
Rusia, sin embargo, también ha obtenido victorias recientes, más allá de los ataques con misiles de largo alcance que aterrorizan a la población civil ucraniana. Su nueva y contundente ofensiva contra los puertos de Ucrania en el mar Negro evidencia la falta de interceptores de defensa antiaérea, perturba las exportaciones de cereales, reduce los ingresos asociados a ese comercio y bloquea la llegada de armamento a las fuerzas ucranianas. El momento resulta especialmente delicado: los productos agrícolas constituyen el sesenta por ciento de las exportaciones de bienes del país y los ataques coinciden con los preparativos para la temporada de cosecha.
Una interrupción prolongada permitiría a Rusia estrangular una fuente esencial de divisas para Ucrania. También reforzaría la capacidad negociadora internacional de Moscú, al perjudicar a los principales compradores de cereales ucranianos en África y Asia.
Kiev procura minimizar el impacto. Después de dos semanas de ataques rusos con drones y misiles contra Odesa y otras ciudades costeras, el ministro ucraniano de Agricultura aseguró en julio que los puertos permanecían abiertos y en funcionamiento. Pese a ello, cerca del noventa por ciento de los armadores han dejado de hacer escala. Como sucede en el estrecho de Ormuz, próximo a Irán, la amenaza persistente de nuevas ofensivas ha disparado las primas de los seguros.
El tráfico marítimo en el mar Negro ya había sufrido otras interrupciones desde el comienzo de la invasión rusa de Ucrania. Las sucesivas ofensivas contra los puertos a finales de 2025 y comienzos de 2026 apenas lograron detener las operaciones durante periodos prolongados. Esta vez, no obstante, el asedio es más extenso e intenso. Una de las razones principales son los recientes avances ucranianos, sobre todo los registrados dentro de Rusia, que han llevado a Putin a tratar de recuperar la iniciativa militar. Por ahora, ambos países mantienen su apuesta por estrategias de guerra agresivas.
La dificultad más urgente para Ucrania es su dependencia de una cantidad limitada de interceptores Patriot estadounidenses, considerados la única protección fiable frente a los misiles rusos, para defender las ciudades y las rutas de suministro militar. Trasladar esos sistemas con el propósito de proteger los puertos sería costoso y, a la vez, arriesgado. Rusia conoce esa vulnerabilidad y previsiblemente seguirá atacando las instalaciones portuarias con misiles y enjambres de drones. Mientras persista esa amenaza, las aseguradoras no tendrán motivos para reducir las primas ni los armadores para reanudar sus escalas.
Moscú no solo pretende disminuir los ingresos de Ucrania y limitar su capacidad de financiar la guerra. También busca erosionar el respaldo internacional a Kiev mediante un aumento de los precios mundiales de los alimentos. Ucrania aporta una cuarta parte del trigo que importa Egipto y aproximadamente el dieciocho por ciento del adquirido por Indonesia. Además, es el principal proveedor de maíz de la Unión Europea, cubre el noventa y dos por ciento de sus importaciones de aceite de girasol y continúa siendo una fuente relevante de cereales forrajeros y aceites vegetales.
La estrategia de Putin parte de la expectativa de que el encarecimiento de los alimentos, en un contexto en el que la guerra estadounidense con Irán ya eleva el precio del petróleo y de numerosos productos, lleve a los socios comerciales de Ucrania, especialmente los europeos, a presionar a Kiev para que reduzca sus ataques dentro de Rusia. Es poco probable que ese cálculo dé resultado.
El respaldo europeo a Ucrania sigue siendo sólido, y los gobiernos afectados por el alza de los precios probablemente responsabilizarán a Moscú antes que a Kiev. Aun así, Putin está tan decidido a obtener avances militares que mantendrá esta línea aunque no consiga una victoria concluyente. Tampoco parece viable que vuelva a activarse el acuerdo negociado por las Naciones Unidas en julio de 2022, que restableció la seguridad de la navegación hacia y desde los puertos ucranianos.
La guerra en el estrecho de Ormuz ha obligado a los países vecinos a buscar con urgencia rutas alternativas para transportar el petróleo fuera del golfo Pérsico. De manera similar, Ucrania podría desviar sus cereales por el Danubio, a través de puertos rumanos y mediante el ferrocarril, como ya hizo durante las primeras etapas de la guerra. Esas rutas, sin embargo, siguen siendo caras y plantean importantes dificultades logísticas.
En consecuencia, la guerra de Rusia contra Ucrania continuará transformándose mientras ambas partes exploran nuevas fórmulas para quebrar en su favor el estancamiento militar. Los efectos económicos, que ya se extienden mucho más allá de las fronteras de los dos países, también persistirán.





