Pese a décadas de políticas orientadas a reducir el uso de combustibles fósiles, la Unión Europea ha terminado expuesta a una dependencia récord del gas natural ruso, como consecuencia de decisiones que han debilitado su seguridad energética.
En los primeros seis meses de este año, los países del bloque adquirieron 9,89 millones de toneladas de gas natural licuado a Yamal LNG, empresa de propiedad rusa. El volumen supera en un 18 % al registrado durante el mismo periodo del año anterior.
La Unión Europea aumentó sus compras de gas natural licuado ruso pese a sus políticas para reducir el uso de combustibles fósiles y a la guerra de Rusia contra Ucrania.
Francia, Bélgica y España, que se presentan como aliados de Kiev, figuran entre los principales compradores. Estas operaciones han enviado miles de millones de euros a la maquinaria bélica de Vladímir Putin y han restado fuerza a los recientes avances de Ucrania en el campo de batalla.
Muchos Estados miembros siguen dependiendo del gas natural licuado ruso cuatro años y medio después del comienzo de la invasión a gran escala. La prohibición de los contratos de corto plazo para importar gas entró en vigor el mes pasado, mientras que las compras respaldadas por contratos de largo plazo quedarán vetadas a finales del próximo año. Ante esa perspectiva, algunos países europeos parecen estar acelerando sus importaciones para acumular todo el gas posible.
Regulaciones energéticas y vulnerabilidad europea
La UE no podía interrumpir el suministro de forma inmediata, ya que no todos sus integrantes disponen de reservas de combustibles fósiles. Sin embargo, el bloque ha profundizado su propia vulnerabilidad al imponer obligaciones jurídicamente vinculantes para alcanzar las emisiones netas cero en 2050.
A esas exigencias se suma un amplio conjunto de normas que limita todavía más el abastecimiento energético. Alemania solicitó el mes pasado que la UE suspendiera las nuevas regulaciones sobre las importaciones de metano, debido a que dificultan la compra de gas estadounidense. Las restricciones, aprobadas en 2024, reflejan una vez más la ilusión de Bruselas de que puede prescindir de los combustibles fósiles antes de contar con alternativas realistas.
Alemania y el cierre de la energía nuclear
Hace tres años, Alemania clausuró su última central nuclear, una decisión que el canciller Friedrich Merz califica acertadamente de “grave error”. Aunque la proporción del carbón en la producción energética alemana ha descendido desde 2022, la guerra en Irán ha provocado un aumento de las peticiones para reactivar una mayor capacidad de generación eléctrica basada en ese combustible.
Que la UE mantenga una dependencia tan profunda de la energía procedente de un enemigo resulta vergonzoso y peligroso. No obstante, la fragilidad actual del bloque era previsible después de años de actuar como si fuera posible garantizar energía sostenible y fiable sin disponer de fuentes capaces de suministrarla.










