La inacción de Pekín ante la guerra en Irán obliga a los gobiernos del Golfo a revisar sus expectativas de protección y alianzas.
La guerra rompe la expectativa árabe de protección por parte de China
Las expectativas de los gobiernos árabes sobre el papel de Pekín en Oriente Medio se han desmoronado por la inestabilidad que la guerra en Irán provocó en el Golfo. Hasta hace poco, estas naciones confiaban en que China llegaría a ser un socio de seguridad de primer orden. Sin embargo, el gobierno chino ha mantenido una actitud expectante y ha evitado usar su influencia sobre Teherán para contener las hostilidades, lo que obliga a las capitales árabes a reevaluar el vínculo.
La decepción con China coincide con una creciente frustración hacia Estados Unidos. Los países del Golfo reprochan a Washington haber iniciado una guerra que causó estragos en los mercados globales de energía y, al mismo tiempo, no haberlos protegido frente a los ataques iraníes. Ante esa doble insatisfacción, la región descubre que sus dos principales relaciones externas ofrecen beneficios distintos, pero ninguna responde por completo a sus necesidades de seguridad ni elimina la vulnerabilidad que dejó el conflicto.
El optimismo respecto a Pekín se apoyaba en una interdependencia económica cada vez más profunda. Durante los últimos años, los miembros del Consejo de Cooperación del Golfo —Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Qatar, Omán y Bahréin— se convirtieron en proveedores esenciales de energía y capitales para China. En 2023 aportaron cerca del 36 por ciento del petróleo crudo importado por el país asiático, mientras que el comercio bilateral rozó los 300 000 millones de dólares en 2024.
Ese volumen superó de forma conjunta el comercio del Golfo con la Unión Europea y Estados Unidos. Las capitales regionales anticiparon que la participación económica empujaría a China a frenar las agresiones de Irán para proteger sus intereses y estabilizar la zona. Antes de la guerra, las cifras parecían respaldar esa premisa: en febrero, las exportaciones de crudo del Consejo de Cooperación del Golfo hacia China rondaban los cuatro millones de barriles diarios, junto con un flujo creciente de inversiones regionales.
Datos que sostuvieron la confianza del Golfo en la relación con China
- El Golfo aportó cerca del 36 por ciento del crudo importado por China en 2023.
- El comercio bilateral rozó los 300 000 millones de dólares durante 2024.
- Las exportaciones de crudo hacia China rondaban cuatro millones de barriles diarios en febrero.
- La diáspora china en la península arábiga superó el medio millón de personas.
Los pactos con Irán reforzaron la confianza árabe en el papel de Pekín
Los fondos soberanos del Golfo invirtieron cuantiosas sumas en China y abrieron oficinas en Pekín, Hong Kong y Shanghái. Los vínculos también avanzaron mediante acuerdos de cooperación en tecnología espacial y energías renovables. Al mismo tiempo, la presencia demográfica acompañó el acercamiento iniciado a principios de esta década, con una diáspora china en la península arábiga que creció hasta superar el medio millón de personas. Esa expansión alentó la idea de que Pekín contribuiría a proteger la región, aunque Washington siguiera como principal garante de seguridad.
El peso económico y diplomático de China sobre Irán, debilitado por las prolongadas sanciones estadounidenses, convenció a los Estados árabes de que Pekín podía frenar la hostilidad de Teherán. Esa influencia ganó visibilidad en 2021 con la firma de un acuerdo bilateral de cooperación a 25 años que ampliaba las inversiones chinas en territorio iraní. Gracias a ese ascendiente, Arabia Saudí aceptó en 2023 que China actuara como garante del pacto que restableció las relaciones diplomáticas entre Riad y Teherán.
El acuerdo propició tres encuentros trilaterales, el último celebrado en Teherán en diciembre de 2025, y generó un optimismo diplomático inusual en el Golfo. Más allá de los pactos, la narrativa oficial y los movimientos de Pekín alimentaron la expectativa de que China asumiría un papel central en la seguridad local. Tras los combates y las guerras subsidiarias posteriores a la Primavera Árabe, el gobierno chino vio un futuro prometedor en los nuevos líderes del Golfo y respaldó sus planes de transformación económica.
Esos dirigentes buscaban reducir la dependencia petrolera, diversificar sus economías y mejorar los vínculos con sus vecinos, metas que encajaban con las fortalezas chinas. La prensa estatal presentó al príncipe heredero saudí Mohamed bin Salmán como un líder orientado hacia una “modernización al estilo chino”. El compromiso diplomático se aceleró en 2022, cuando Xi Jinping viajó a Riad para asistir a la primera Cumbre China-Estados Árabes y a la Cumbre China-Consejo de Cooperación del Golfo.
Durante esa visita, Xi suscribió una declaración conjunta que apoyó el reclamo de Emiratos Árabes Unidos sobre tres islas disputadas y controladas por Irán. En marzo de 2023, analistas y funcionarios chinos describían el deshielo saudí-iraní como el inicio de una “ola de reconciliación” capaz de superar años de estancamiento e inestabilidad. La mediación ofrecía a Pekín prestigio diplomático a bajo costo y reforzaba entre las monarquías la impresión de que el país asiático podía transformar su peso económico en influencia política.
La rivalidad con Washington amplió el margen de acción de las monarquías
El avance de Pekín también ofreció a los Estados del Golfo una herramienta de presión frente a Estados Unidos. Las capitales árabes asumieron que el crecimiento de los intereses chinos obligaría a Washington a preservar su supremacía mediante concesiones de seguridad y beneficios económicos. La competencia se hizo visible en el sector tecnológico. Pese a los esfuerzos estadounidenses por impulsar una desvinculación, los gobiernos árabes mantuvieron operativas a empresas como Huawei, que dirige grandes centros en Dubái y Riad, ante la falta de alternativas viables.
La rivalidad tecnológica dio a la administración estadounidense un motivo adicional para retener a sus aliados. Tras una gira por el Golfo del presidente Donald Trump en mayo de 2025, Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos firmaron acuerdos ambiciosos para comprar microchips de la empresa estadounidense Nvidia. La adquisición era un paso necesario en sus planes para afianzarse como potencias de la inteligencia artificial. La presencia simultánea de dos grandes potencias interesadas en la región convenció a sus gobiernos de que aumentarían sus opciones y mejoraría su seguridad global.
Ese cálculo comenzó a deteriorarse con la violencia de los últimos tres años. Desde el ataque de Hamás contra Israel en octubre de 2023, Pekín no ha mostrado voluntad de asumir una carga significativa en la seguridad de Oriente Próximo. Sus intervenciones como mediador se limitaron a gestos que no modificaron la situación existente, entre ellos la reunión de varias facciones políticas palestinas organizada en julio de 2024. La distancia entre el discurso diplomático chino y su disposición práctica para intervenir se hizo cada vez más visible.
La postura quedó expuesta a finales de 2023, cuando los hutíes atacaron la navegación comercial y militar en el mar Rojo. En vez de exigir a Irán que frenara las ofensivas de sus milicias afines contra el transporte mundial, China evitó presionar a Teherán y negoció un acuerdo privado con los insurgentes para proteger únicamente a los barcos de bandera china. Esa respuesta mostró que Pekín priorizaba la defensa limitada de sus propios intereses antes que la seguridad general de las rutas marítimas.
La pasividad ante Irán deja al Golfo sin el respaldo esperado de Pekín
La negativa china a frenar los ataques de Teherán contra sus socios del Golfo durante la guerra de este año encendió las alarmas regionales. Arabia Saudí mostró una preocupación particular porque consideraba vital el respaldo defensivo de Pekín después de su papel como garante de la reconciliación saudí-iraní. Aunque China evitó apoyar de forma directa a la República Islámica ante los bombardeos de Estados Unidos e Israel, algunas capitales árabes la señalaron como cómplice de las ofensivas iraníes.
La acusación se apoya en dos hechos concretos. China vetó una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU que exigía desplegar una fuerza internacional en el estrecho de Ormuz para proteger el tráfico marítimo. Además, varios informes señalaron a empresas asiáticas como posibles proveedoras de inteligencia geoespacial destinada a mejorar la precisión táctica de los ataques iraníes. Para los gobiernos del Golfo, ambos episodios contradicen la expectativa de que la influencia de Pekín sobre Teherán serviría para contener la escalada.
La crisis ha reducido casi por completo la posibilidad de que China asuma la responsabilidad de proteger la región. El caos de los combates reafirmó en Pekín la preferencia por evitar compromisos de seguridad y abstenerse de tomar partido. Esa postura también responde a la falta de una visión clara sobre el orden regional que el país asiático estaría dispuesto a respaldar. Por ello, los Estados del Golfo esperan que China mantenga sus inversiones y su comercio, pero descartan que llegue a actuar como contrapeso frente a Washington.
La conclusión deja a las capitales árabes ante una elección difícil: aliarse de manera más decidida con un Estados Unidos volátil o buscar nuevos socios para reemplazar el papel que esperaban de China. La vasta red de intereses económicos chinos no ha garantizado respaldo militar. Estados Unidos sigue siendo la única potencia con medios para sostener la seguridad regional, aunque también sea el actor externo con mayor potencial para alterarla. La ausencia de alternativas obliga a cada gobierno a revisar su propia protección.
El debate interno favorece la cautela y mantiene a Pekín al margen
Detrás de la inmovilidad china se combinan pragmatismo y parálisis política. Desde la Primavera Árabe de 2010 y 2011 y la posterior irrupción del Estado Islámico (ISIS), autoridades y académicos chinos debaten si el país debe reajustar su presencia en Oriente Próximo. Quienes cuestionan la línea oficial sostienen que una gran potencia debería actuar con más firmeza para preservar la estabilidad y proteger sus intereses. Sin embargo, esas voces no han detallado cómo aplicar en la práctica un enfoque más activo.
Persisten dudas sobre cuándo movilizar a las fuerzas armadas chinas y cómo asumir los costos de una alianza estrecha con una potencia regional como Arabia Saudí. Frente a una zona convulsa y marcada por intervenciones extranjeras onerosas, la cúpula de Pekín concluyó que la inacción era la vía más segura. La incertidumbre sobre la trayectoria política de Oriente Próximo reforzó esa cautela, pese al prestigio que el restablecimiento de relaciones entre Riad y Teherán había ofrecido inicialmente a China con un costo reducido.
El escenario de seguridad se deterioró con rapidez. La caída de Bashar al-Ásad en Siria durante 2024 y la guerra de los 12 días en 2025 instalaron en Pekín el temor a un colapso generalizado. Cuando comenzaron en febrero los bombardeos de Washington e Israel contra territorio iraní, las autoridades chinas no contaban con un plan alternativo estructurado para proteger sus activos económicos y reducir el riesgo de quedar atrapadas en un conflicto prolongado. La indecisión relegó las prioridades de seguridad del Golfo.
Ese comportamiento confirma que China prefiere preservar relaciones económicas valiosas sin asumir responsabilidades militares. A medida que los Estados árabes buscan otras formas de protección, el interés de Pekín por participar activamente en la seguridad regional retrocede todavía más. El gobierno chino comprueba que puede conservar sus lazos comerciales con riesgos menores de verse envuelto en una guerra. Esta lógica acerca la relación sino-árabe al vínculo entre Irán y China, basado cada vez más en la necesidad que en expectativas crecientes.
Los negocios sobreviven aunque China descarte un compromiso defensivo
Pese a la fractura en el ámbito defensivo, los Estados árabes no romperán sus vínculos con China. La relación seguirá creciendo en sectores donde coinciden expectativas claras, intereses específicos y riesgos políticos limitados, con la energía como núcleo principal. En el corto plazo, la exportación masiva de petróleo hacia el mercado chino mantendrá su volumen. A largo plazo, el avance de la descarbonización y la electrificación favorece el liderazgo tecnológico de Pekín y lo mantiene como socio clave para los planes renovables del Golfo.
Los fondos soberanos regionales probablemente ampliarán sus carteras de inversión en una China necesitada de capitales para sus mercados. A esa dinámica se suma la financiación de obras de construcción y proyectos mineros por parte de empresas chinas en el Golfo. Los gobiernos de la zona requieren el músculo financiero, la logística industrial y los conocimientos tecnológicos del país asiático para ejecutar sus planes, en especial en sistemas de drones, agricultura hidropónica y robótica. La cooperación continuará allí donde los beneficios y los riesgos sean previsibles.
La ventaja de las monarquías radica en su superioridad comercial frente a Irán. Como ofrecen mucho más a China en el plano económico, podrán mantener una relación más favorable con Pekín una vez que finalice la guerra. Sin embargo, esa ventaja no modifica el límite central que dejó al descubierto el conflicto: la interdependencia comercial no obliga al gobierno chino a prestar protección militar. La asociación seguirá siendo valiosa, pero estará sostenida por intereses concretos y no por la expectativa de una alianza defensiva.
El Golfo diversifica su defensa ante la falta de protectores confiables
La búsqueda del mejor camino ha generado divisiones entre las capitales regionales. El temor a depender demasiado de Washington lleva a Arabia Saudí y Omán a explorar nuevas formas de cobertura. Omán, que recibió amenazas de bombardeo por parte de Trump en junio, ha defendido con mayor firmeza el equilibrio del respaldo estadounidense mediante una cooperación defensiva regional más amplia. Esa posición quedó formalizada el 13 de julio en un artículo del ministro de Asuntos Exteriores omaní, Sayyid Badr al-Busaidi, publicado en Le Monde.
Al-Busaidi propuso un orden de seguridad posterior al predominio estadounidense que integrara a las monarquías del Golfo, Irak e Irán. En el extremo opuesto, Emiratos Árabes Unidos, Bahréin y Kuwait prefieren estrechar sus lazos con Estados Unidos. Ante las ofensivas iraníes y la falta de otros protectores viables, esos gobiernos consideran que una incorporación más profunda a la órbita de Washington ofrece la opción más segura. Las diferencias no impiden que todos contemplen el riesgo de un fracaso de la vía estadounidense.
Incluso los países que eligen resguardarse bajo el paraguas de Washington invierten de manera simultánea en sus propias defensas. También abren canales de diálogo con Irán para reducir tensiones y establecen contactos con Turquía y Pakistán con el propósito de crear nuevas alianzas de seguridad. Ante la imposibilidad de recurrir a China, todos los gobiernos exploran las alternativas disponibles. La región no abandona la cooperación económica con Pekín, pero deja de esperar que esa relación resuelva sus necesidades de protección.
El resultado es una asociación sino-árabe más limitada y pragmática. China mantendrá acceso a energía, capitales y proyectos del Golfo sin asumir una función militar central, mientras las monarquías conservarán la cooperación tecnológica y comercial, pero buscarán seguridad en otros lugares. Tras la guerra, la relación probablemente será más favorable para los países árabes que el vínculo entre Pekín y Teherán por su mayor peso económico. Aun así, estará guiada por la necesidad mutua y no por la promesa de una protección china.









