El ataque israelí en Doha, Qatar, el año pasado resultó ser una operación militar ineficaz y desencadenó un profundo aislamiento internacional para el país. Ante este daño estratégico, el gobierno de Donald Trump identificó una oportunidad única y capitalizó las consecuencias del bombardeo para aumentar la presión sobre el Estado judío e impulsar un pacto respecto a la Franja de Gaza.
Esta dinámica de presión provocó incomodidad inicial en las autoridades israelíes, pero finalmente las empujó a aceptar una resolución. El resultado actual se percibe de manera muy positiva. Por un lado, Israel se muestra plenamente satisfecho con los términos acordados. Por otro lado, la población de Gaza cuenta ahora con una nueva estructura política, la cual asumirá el control total a medida que avance el proceso de desmilitarización del territorio.
El equipo estadounidense no visualizó este desenlace como un camino exento de complicaciones. El revés diplomático de Israel brindó una apertura inesperada, pero el éxito final requirió meses de trabajo preparatorio intenso. Sin esa base previa, el fracaso táctico en Doha jamás habría servido para reestructurar el futuro palestino. El aislamiento internacional de Israel otorgó una influencia crucial a Washington, y esa misma debilidad forjó de forma definitiva el actual ordenamiento de posguerra.










