Hay que felicitar a Chuck Schumer, el líder de la minoría en el Senado que, según todo indica, se convertirá en líder de la mayoría en enero. Su Partido Demócrata recuperó el control del Congreso tras conseguir claras mayorías tanto en la Cámara de Representantes como en el Senado. Y lo único que le costó a Schumer fue su alma.
La traición de Schumer a todos los judíos de Estados Unidos quedó consumada cuando recurrió a X para defender a un antisemita declarado frente a las críticas dentro del Partido Demócrata. El domingo, dos días antes de las elecciones, Schumer acusó a la excongresista Haley Stevens de cometer una «traición despreciable» porque se atrevió a criticar a Abdul El-Sayed, quien ahora, para vergüenza de Schumer, de los demócratas y de Estados Unidos, podrá propagar su odio contra el pueblo judío y contra Estados Unidos desde los pasillos del Congreso.
Para Schumer, que en su día tuvo el descaro de llamarse a sí mismo «shomer», es decir, guardián, oponerse al odio contra los judíos constituye una «traición». Su propio pueblo no le importa, como tampoco le importa el bienestar del país. Solo cuentan los intereses inmediatos de los demócratas. Y si los judíos sufren ataques e incluso mueren porque él decidió que su verdadera vocación consiste en ser un «shomer» de quienes odian a los judíos, aparentemente considera que ese es un precio insignificante.
La defensa y el respaldo de Schumer a El-Sayed constituyen una traición a los niños que estuvieron a punto de morir en una explosión en Temple Israel durante la pasada primavera. Desde el momento en que El-Sayed intentó contextualizar el asesinato masivo de niños pequeños alegando que «las personas heridas hieren a otras personas», debería haber quedado fuera de los límites de lo aceptable para cualquier persona decente. Pero como Chuck Schumer es una persona despreciable que abandonó hace mucho tiempo cualquier sentido de la decencia, el antisemitismo de El-Sayed no solo se tolera, sino que se acepta y se fomenta.
Schumer ya había respaldado abiertamente el nazismo cuando decidió apoyar a Graham Platner. En aquella ocasión, otros escándalos de Platner lo libraron de afrontar las consecuencias de su cobardía y su afán de poder. La acusación de violación de una mujer de izquierdas fue la gota que colmó el vaso, no el tatuaje nazi, el odio contra los judíos ni siquiera la acusación de violación de una mujer de derechas. El-Sayed podrá ser una persona horrible que pretende destruir todo aquello que representa Estados Unidos, pero tenía asegurado su lugar en el Partido Demócrata siempre que no violara a una compañera de izquierdas. Un requisito bastante fácil de cumplir.
En futuras elecciones se presentarán más antisemitas, siguiendo el ejemplo de El-Sayed. Ahora ha quedado demostrado que apoyar el terrorismo, odiar a Estados Unidos y respaldar la violencia contra los judíos, incluso la violencia mortal, no descalifica a nadie. El-Sayed nunca moderó sus posturas. Ni siquiera fingió que no estaba lleno de odio hacia los judíos o que sus simpatías no estaban del lado de quienes los atacan. Ahora otros candidatos sabrán que pueden manifestar abiertamente todo el antisemitismo que quieran. Y, si no se produce un cambio importante, cada vez más nazis e islamistas buscarán cargos públicos y conseguirán ocuparlos. A medida que más amigos de Hassan Piker lleguen al poder, Estados Unidos se acercará al borde del totalitarismo.
Este es el legado de Chuck Schumer: un Partido Demócrata que acepta abiertamente el odio contra los judíos, que defiende el terrorismo y el intento de asesinato de niños judíos mientras protege a los antisemitas a cualquier precio; un Congreso en el que se pronunciarán discursos comparables a los de Goebbels para legitimar calumnias contra el pueblo judío; y unos Estados Unidos que se han acercado a la Alemania de la década de 1930 más que en cualquier otro momento del que exista memoria viva.
Quizá para Schumer haya valido la pena cometer esa traición.
Quizá convertirse en líder de la mayoría del Senado compense haber contribuido activamente a que la vida de los judíos estadounidenses sea más insegura.
Quizá tener que escuchar a los antisemitas propagar su odio en el Senado compense haberles facilitado el acceso a esa institución.
Pero quienes pagarán el precio de su traición serán los millones de judíos que no ocupan el cargo de líder de la mayoría del Senado, los niños que sufren acoso y agresiones por el simple hecho de haber nacido judíos y las sinagogas que han sido y seguirán siendo blanco de quienes odian a los judíos.










