El Ejército de Estados Unidos aceleró la experimentación con drones interceptores aire-aire de bajo coste tras las lecciones observadas en Ucrania, donde estos sistemas han sido empleados para derribar UAV de reconocimiento, municiones merodeadoras y drones FPV antes de que alcancen sus objetivos.
La prueba más reciente se realizó durante el ejercicio Drone Smoke, desarrollado el 2 de abril de 2026 en el polígono Poinsett, en Carolina del Sur. Soldados y aviadores estadounidenses ejecutaron derribos aire-aire, intercepciones a alta velocidad y procedimientos de mantenimiento rápido para evaluar si estos sistemas pueden sostener operaciones defensivas continuas contra drones hostiles.
Estados Unidos prueba drones interceptores baratos para añadir una capa defensiva frente a UAV hostiles, ataques masivos y amenazas de baja cota sin depender solo de misiles costosos.
El ejercicio fue organizado por el Laboratorio de Batalla de las Fuerzas Aéreas Centrales de EE. UU. y constituyó el primer piloto de interceptor no tripulado bajo la iniciativa REDDI, sigla de Dron de Experimentación Rápida para la Defensa y la Inteligencia. El objetivo fue probar la capacidad de interceptación y también el ritmo de recuperación, reparación y relanzamiento necesario para enfrentar ataques repetidos o masivos.
La apuesta responde a un problema operativo cada vez más evidente: el desequilibrio económico entre drones baratos y misiles interceptores caros. En conflictos prolongados, emplear defensas de alto valor contra aeronaves no tripuladas de bajo coste puede agotar inventarios y elevar de forma insostenible el coste de la protección aérea.
Para el Ejército estadounidense, los drones interceptores no reemplazarían a los sistemas tradicionales de defensa antiaérea, sino que añadirían una capa intermedia dentro de una arquitectura más amplia. Esa red incluye sensores, guerra electrónica, efectores cinéticos, armas de energía dirigida, medios móviles de defensa antiaérea y sistemas como el M-SHORAD, concebido para proteger unidades en maniobra frente a amenazas de corto alcance.
Lecciones de Ucrania para la defensa antidrón de baja cota
La experiencia de Ucrania ha acelerado este enfoque. Desde 2024, tanto Rusia como Ucrania han utilizado drones dedicados a interceptar otros drones, con resultados que han obligado a revisar la relación entre coste, disponibilidad y eficacia en la defensa antiaérea de baja cota.
La ventaja no está solo en el precio unitario, sino en la posibilidad de desplegar grandes cantidades de interceptores, reponerlos con rapidez y emplearlos cerca de las unidades protegidas. Esa combinación permite sostener una defensa más persistente frente a UAV de reconocimiento, municiones merodeadoras y drones FPV que operan a baja altura.
El interés estadounidense también mira al Indo-Pacífico. Los planificadores de defensa evalúan escenarios en los que China pueda emplear grandes volúmenes de drones de reconocimiento, municiones merodeadoras o ataques coordinados en enjambre para saturar defensas convencionales. En ese marco, los interceptores no tripulados permitirían reservar misiles de mayor valor para objetivos prioritarios.
Aplicaciones operativas y evolución tecnológica
La defensa del territorio nacional es otro campo de aplicación. La Guardia Nacional podría emplear sistemas desplegables de este tipo para proteger bases militares, puertos, aeropuertos, infraestructura energética y otras instalaciones críticas frente a drones no autorizados u hostiles, sin depender exclusivamente de sistemas diseñados para aviones o misiles de crucero.
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Las próximas generaciones de drones interceptores podrían incorporar reconocimiento de objetivos asistido por inteligencia artificial, navegación autónoma, enlaces de red avanzados y capacidad de ataque coordinado. El objetivo sería pasar de interceptores individuales a grupos capaces de detectar, seguir y neutralizar múltiples amenazas de manera simultánea.
Drone Smoke mostró una línea de desarrollo concreta: defensas antidrón más baratas, recuperables y adaptadas a ciclos de prueba rápidos. La clave para el Pentágono será convertir esa experimentación en una capacidad operativa fiable contra ataques masivos con drones antes de que esta amenaza se consolide contra fuerzas desplegadas e infraestructura crítica.