Donald Trump contempla la denominada “madre de todas las bombas” como un instrumento de presión militar contra Irán, antes de recurrir a una ofensiva de mayor alcance. La posibilidad de emplear este armamento plantea un escenario en el que Estados Unidos e Israel podrían atacar instalaciones estratégicas iraníes sin necesidad de desplegar fuerzas terrestres.
En una operación conjunta, la participación israelí se concentraría en tareas de inteligencia, reconocimiento y ataques de precisión contra objetivos relacionados con el programa nuclear y los sistemas de misiles. Estados Unidos asumiría los bombardeos de mayor potencia y alcance. Esta distribución de funciones permitiría coordinar los ataques y dificultaría la respuesta de Irán, que tendría que afrontar mayores costos militares con una capacidad de reacción menos eficaz.
Aunque no se trata de un arma nuclear, su capacidad destructiva procede de una explosión concentrada que puede alcanzar instalaciones subterráneas protegidas y estructuras especialmente resistentes. Su alcance operativo dependería del medio utilizado para lanzarla, ya fueran aeronaves pesadas o sistemas de misiles de largo alcance. De este modo, sería posible atacar objetivos situados en el interior de Irán sin emprender una invasión terrestre.
La diferencia entre emplear una sola bomba y ejecutar un ataque simultáneo con diez artefactos de estas características sería considerable. En el segundo caso, los objetivos podrían distribuirse entre instalaciones de energía nuclear, centrales eléctricas, sistemas de abastecimiento de agua y complejos de túneles. Las consecuencias incluirían la paralización de servicios esenciales, el derrumbe de estructuras subterráneas y la interrupción de actividades que dependen directamente del suministro eléctrico y del agua.
El impacto de una sola explosión también podría alcanzar proporciones destructivas en una zona urbana. Si una bomba impactara en una ciudad de dimensiones semejantes a Qom, considerada sagrada por los musulmanes chiíes, numerosos edificios podrían derrumbarse dentro de un perímetro extenso. A los incendios y la interrupción inmediata de los servicios de electricidad y agua se añadirían profundas consecuencias psicológicas para la población afectada.
Sin embargo, la destrucción material constituiría solo una parte de los efectos previstos. Irán ya atraviesa dificultades económicas y una grave escasez de recursos. La pérdida parcial de su infraestructura esencial aumentaría la presión sobre las autoridades y reduciría sus posibilidades de sostener económicamente a las organizaciones aliadas que operan fuera de sus fronteras.
El debilitamiento de esas capacidades también repercutiría en la estabilidad interna del régimen. La combinación de dificultades económicas, interrupción de servicios y presión militar podría favorecer levantamientos de mayor amplitud, mientras las organizaciones regionales vinculadas con Teherán sufrirían las consecuencias de una reducción del apoyo iraní.
La hipótesis no contempla que el régimen desaparezca una hora después de los bombardeos. Su desenlace previsto sería una caída del gobierno iraní después de varios días de presión militar y económica simultánea, acompañada por el debilitamiento acelerado de sus estructuras de influencia en la región.










