Sé que les resultará difícil escuchar esto. Para amplios sectores del campo nacional, la sola idea de prescindir de Benjamín Netanyahu se percibe como una rendición, una injusticia o una victoria de las máquinas de propaganda del otro lado.
Lo sé, probablemente sea realmente injusto, pero la política y la historia no conceden premios por actuar con justicia. Dadas las circunstancias y la situación en la que se encuentra actualmente el país, si lo único que impide formar un gobierno sionista de amplia base es Netanyahu, entonces Netanyahu debe marcharse.
Hay que mirar la realidad de frente, incluso cuando duele. En cualquier caso, lo que Netanyahu no ha hecho hasta hoy como primer ministro ya no lo hará en el futuro. Su capacidad para impulsar reformas drásticas, provocar cambios profundos o unir al pueblo bajo su liderazgo se ha agotado (si es que realmente quiere unir al pueblo). Además, Netanyahu se ha convertido en una marca muy problemática, tanto en el ámbito interno israelí como, no menos importante, en el internacional. Su capacidad para abrir puertas y maniobrar como lo hacía antes ha quedado gravemente dañada.
La verdad es que, en este momento, Israel no tiene ninguna necesidad más urgente que un gobierno estable y capaz de funcionar, sustentado en un denominador común de sionismo sensato y pragmático. Si el precio de la estabilidad gubernamental, que nos permitiría aprobar una ley de reclutamiento, mejorar la economía y dirigir los sistemas de seguridad sin chantajes, es sustituir a quien está al frente, el campo nacional debe pagarlo. El Estado es más importante que cualquier persona, incluso si eso significa que el próximo primer ministro sea, por ejemplo, el número dos del Likud o cualquier otra figura capaz de reunir a distintos socios.
Pero para que un gobierno así sea siquiera posible, la derecha también debe abandonar de inmediato el discurso del “robo de las elecciones”. No se puede gritar por la mañana que el sistema está podrido, que los resultados son falsos y que países extranjeros intervinieron y, por la noche, pedir a los partidos de centroderecha que compartan la carga. Esa campaña tóxica no solo exacerba los ánimos en la calle y pone en peligro la estabilidad del Estado; también destruye por sí sola cualquier posibilidad política de colaboración. No se puede pedir a otros que se unan a uno mientras se rompen todos los acuerdos y se destruye la confianza en las instituciones que se supone que debemos administrar juntos.
Y hay quienes en la derecha dicen: “Iremos a otras elecciones, lo intentaremos de nuevo”. Es una ilusión peligrosa. Quien crea que unas nuevas elecciones mejorarán considerablemente la posición de Netanyahu o de su bloque está completamente desconectado del funcionamiento de la política. La situación podría ser mucho peor, especialmente en el escenario más probable, en el que Netanyahu ni siquiera llegue a esos comicios desde la posición de fuerza que ofrece ser primer ministro en funciones.
Al fin y al cabo, sus adversarios políticos tienen un interés primordial en privarlo de la ventaja de la inercia y de la tribuna que ofrece el cargo de primer ministro. Si Netanyahu lleva al país a nuevas elecciones, bastaría con que sus opositores aprovecharan los 21 días durante los cuales el mandato regresa a la Knéset para formar un gobierno técnico, incluso uno minoritario y de corta duración que dependa de apoyos externos o de diputados que abandonen sus partidos, con el único propósito de transferir el poder. Una vez que ese gobierno tome posesión, aunque caiga inmediatamente después y la Knéset sea disuelta, el primer ministro en funciones que conducirá a Israel a las elecciones será quien encabece ese gobierno, no Netanyahu.
Ir a las urnas a ciegas no traerá una victoria; se convertirá en una apuesta histórica destructiva que favorecerá a quienes esperan su oportunidad. El vacío político y el hartazgo público ante el estancamiento del gobierno, junto con la sensación de caos permanente, favorecerán directamente a un “tercer bloque”. Veremos nuevas alianzas políticas que atraerán los votos del centroderecha y del centro, los de ciudadanos que buscan sensatez y un Estado que funcione. El Likud podría acabar en la oposición y, esta vez, no por poco tiempo.
En definitiva, el campo de la derecha nacional debe preguntarse qué le importa más: promover su ideología, la economía de libre mercado y la capacidad de gobernar, o garantizar la supervivencia personal de un solo dirigente, por muchos méritos que tenga. El objetivo de un movimiento político es ejercer el poder para dirigir el país, pero ahora mismo el empeño en mantener a este conductor concreto impide a la derecha siquiera subir al vehículo.
Ha llegado el momento de adoptar una decisión racional y fría. La derecha debe dejar de actuar por resentimiento o por una sensación de persecución y empezar a gobernar el país. Para conseguirlo y garantizar un gobierno sionista y estable, ahora hace falta una decisión de liderazgo dolorosa, pero necesaria.









