El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, pretende que Israel y Estados Unidos emprendan una ofensiva militar contra Irán de una magnitud suficiente para provocar la caída del régimen de Teherán. La propuesta encuentra objeciones entre antiguos responsables estadounidenses de defensa, que cuestionan la capacidad de una nueva campaña aérea para conseguir un cambio de régimen. Entre quienes expresaron esas dudas figuran el exsecretario de Defensa Mark Esper y el excomandante del Mando Central de Estados Unidos, general Joseph Votel.
Netanyahu había preparado el mes pasado un plan de bombardeos extensos sobre territorio iraní, pero la oposición del presidente Donald Trump impidió su ejecución. Más recientemente, representantes israelíes entregaron al secretario de Defensa estadounidense, Pete Hegseth, una lista revisada de objetivos que, de acuerdo con los propios israelíes, incorpora nueva información de inteligencia. Fuentes estadounidenses confirmaron que Netanyahu ha presionado a Trump para que autorice una ofensiva sin demora.
Entre los blancos considerados figuran instalaciones nucleares iraníes, mandos del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica y sistemas de misiles y aeronaves no tripuladas que han sido reconstruidos. Las opciones también comprenden refinerías, fábricas y centrales eléctricas. Los especialistas advierten que una campaña de mayor alcance podría desencadenar ataques de represalia iraníes contra instalaciones estadounidenses y contra infraestructuras energéticas de los países del Golfo.
Jonathan Schanzer, especialista en Oriente Medio de la Fundación para la Defensa de las Democracias, subrayó la capacidad de resistencia del régimen iraní. Aunque Teherán ha recibido golpes severos, su gobierno continúa en pie, y Schanzer considera incierto qué estrategia podría alterar esa situación. Las reservas de los exresponsables militares estadounidenses se concentran precisamente en la posibilidad de que los bombardeos consigan por sí solos el resultado político que busca Netanyahu.
Trump reconoció que habló con Netanyahu acerca de Irán y calificó la conversación de “muy buena”, aunque evitó explicar su contenido. El presidente estadounidense afirmó además que los objetivos que todavía quedan podrían ser destruidos en diez minutos. Mientras Netanyahu insiste en una acción inmediata, Trump mantiene espacio para la vía diplomática antes de ordenar otro ataque, como ocurrió antes de las dos operaciones anteriores contra Irán.
Las negociaciones indirectas continúan en Qatar. Una delegación iraní llegó a Doha junto con los representantes qataríes que habían visitado Teherán, y los mediadores mantienen contactos con una delegación estadounidense cuya llegada también estaba prevista. Esta última incluye especialistas en asuntos iraníes. La condición planteada por Teherán consiste en poner fin primero a la guerra en todos los frentes y abordar únicamente después el expediente nuclear. El ministro de Exteriores iraní, Abbas Araqchi, reconoció que los contactos todavía no han dado un resultado definitivo.
Irán también ha anunciado un incremento de su preparación militar. El portavoz de sus fuerzas armadas, Mohammad Akraminia, afirmó que se refuerzan las capacidades ofensivas y defensivas y se actualiza la lista de objetivos. Ambas partes combinan así sus esfuerzos diplomáticos con preparativos para una posible reanudación de las hostilidades.
El debate se produce dos días antes de las elecciones legislativas estadounidenses del 3 de noviembre. En la prensa económica iraní circuló nuevamente un artículo titulado “La ilusión del cambio después de las elecciones”, que advertía que una modificación en la composición del Congreso no garantizaría un cambio de rumbo de Trump respecto a Teherán.










