Una residente del kibutz Be’eri relata que antes del 7 de octubre confiaba en la posibilidad de convivencia con Gaza. Vivía a pocos kilómetros de la frontera, salía a correr por la zona y recuerda que miembros del kibutz aportaban dinero a residentes de Gaza y ayudaban a familias que necesitaban llegar a hospitales israelíes.
Su percepción cambió después del ataque del 7 de octubre. La autora sostiene que lo ocurrido aquel día destruyó la confianza que había mantenido durante años y afirma que las escenas de secuestros, asesinatos y celebraciones alrededor de los cautivos modificaron por completo su forma de entender la realidad al otro lado de la frontera.
Esa mañana había salido en bicicleta. Al comenzar las alarmas regresó hacia el kibutz y cerca de la entrada encontró a tres jóvenes beduinos que trabajaban en el comedor de Be’eri. Uno de ellos, Hisham, entonces de 19 años y residente de Rahat, le advirtió de la presencia de atacantes. Ambos permanecieron ocultos durante unas siete horas hasta que la familia del joven consiguió sacarlos de la zona.
La experiencia también reforzó en ella la idea de que la guerra no debe entenderse como una guerra entre judíos y musulmanes. Recuerda que Hamás atacó y secuestró también a musulmanes y presenta a Hisham como ejemplo de alguien que decidió ayudar durante el asalto.
A partir de esa experiencia, la autora critica el debate que surgió esta semana alrededor de la película “NAZA” y de la conducta del ejército israelí en Gaza. Considera que las Fuerzas de Defensa de Israel actúan con demasiada cautela y rechaza las acusaciones de conducta inmoral contra soldados, reservistas y fuerzas de seguridad.
También vincula ese debate con el futuro de los habitantes de Be’eri. La comunidad continúa desplazada en el kibutz Hatzerim y prevé regresar dentro de aproximadamente un año. La autora explica que volverá porque Be’eri es su hogar y porque mantiene un fuerte vínculo con su comunidad, aunque admite que no regresará con sensación de seguridad.
La autora cuestiona además las promesas de que Israel dispone de las fronteras mejor protegidas, del ejército más fuerte y de una inteligencia capaz de impedir una incursión similar. Recuerda que el ataque del 7 de octubre logró atravesar la barrera fronteriza pese a esos sistemas de defensa.
En cuanto al futuro de Gaza, sostiene una posición mucho más dura que la que tenía antes del ataque. Defiende que quienes quieran abandonar la Franja deberían poder hacerlo mediante transporte terrestre, aéreo o marítimo y afirma que los residentes de Gaza han perdido, a su juicio, el derecho a permanecer allí mientras no surja una sociedad distinta de la que ella atribuye al dominio de Hamás.
La autora extiende su argumento a la sociedad israelí. Plantea que todos los ciudadanos, judíos y árabes, deberían contribuir al país de alguna forma, ya sea mediante el ejército, el servicio nacional, el voluntariado u otra actividad pública.
Como ejemplo vuelve a Hisham, el joven con quien se ocultó durante el ataque. Después de aquel día ingresó en la policía y actualmente sirve en la comisaría de Ofakim. La autora presenta esa decisión como expresión de una responsabilidad compartida entre quienes viven en Israel.










