La incautación de un camión con unos 780 kilogramos de explosivos ha colocado al Gobierno libanés ante una confrontación que durante años procuró evitar. El asunto ya no se limita al contrabando de armas atribuido a Hezbolá: la justicia militar ha acusado a trece integrantes de una red vinculada con el cargamento, mientras las máximas autoridades del país adoptan medidas de protección ante el temor de atentados políticos. El peligro alcanza también a quienes deben sostener la acusación.
Claude Ghanem, fiscal militar principal del Líbano, firmó el escrito de acusación el viernes pasado en el tribunal militar del barrio de Badaro, en Beirut. Apenas concluyó el procedimiento, unidades de élite de la inteligencia militar se encargaron de su seguridad y de la de su familia. Ambos quedaron resguardados en un recinto reservado dentro de un cuartel de seguridad próximo. La decisión lo expone a una amenaza de asesinato que explica la rapidez y el alcance del dispositivo.
El expediente avanzó en apenas 25 días. Su tramitación recuerda una de las experiencias políticas más traumáticas del país: el asesinato del exprimer ministro Rafic Hariri en 2005, atribuido a Hezbolá. Lo que se encontró en el puesto de control de Dahr al-Baidar dio a esa comparación una dimensión concreta. Entre los explosivos transportados había 250 kilogramos de TNT y otros 250 de C-4, además de miles de clavos y tornillos. El TNT permite producir una potente onda expansiva; el C-4, por sus características, puede utilizarse para destruir estructuras. Los elementos metálicos añadían capacidad de causar víctimas.
La carga tenía como destino el centro de Beirut. La interpretación de seguridad es que podía servir para preparar vehículos bomba o explosivos almacenados en Dahiyeh, el suburbio donde Hezbolá concentra parte de su estructura, con vistas a ataques contra dirigentes libaneses. En esa hipótesis, la ejecución habría quedado supeditada a una orden de Teherán. No se trata solamente de las características del material: la cantidad, su composición y el lugar de destino explican por qué los responsables políticos temen una repetición del método empleado contra Hariri.
La reacción institucional fue inmediata. La Guardia Presidencial restringió los accesos al palacio de Baabda, sede del presidente Joseph Aoun, y al Gran Serrallo de Beirut, donde trabaja el primer ministro Nawaf Salam. Ambas instalaciones quedaron bajo un régimen de seguridad militar. Las medidas reflejan hasta qué punto el proceso judicial contra la red sospechosa ha adquirido consecuencias para la protección personal de los dirigentes del Estado.
Salam pretende que el Consejo Judicial Supremo asuma la causa. Busca que deje de tramitarse como un caso ordinario ante las instancias militares y reciba la consideración de delito grave contra la seguridad del Estado y sus intereses fundamentales. Esta vía reduciría las posibilidades de presionar a magistrados de menor rango o de resolver el expediente mediante negociaciones discretas. También tendría una consecuencia política: Hezbolá pasaría a figurar en las actuaciones oficiales como una amenaza interna contra las instituciones, no bajo la fórmula de una supuesta resistencia legítima.
Ese cambio adquiere especial importancia por la actitud histórica de la fiscalía militar ante las operaciones armadas de Hezbolá. Las investigaciones relacionadas con la organización estuvieron sometidas a presiones que podían acabar con el traslado de funcionarios o incluso con su asesinato. Ghanem ha rechazado que la expresión “armas de la resistencia”, utilizada por el diputado de Hezbolá Hassan Fadlallah, sirva para justificar el cargamento. La acusación da una aplicación concreta a la decisión gubernamental de agosto que declaró ilegal a la organización.
La trayectoria de Ghanem ayuda a entender la trascendencia de su intervención. Ha asumido causas delicadas, en un entorno de tensiones sectarias capaces de provocar enfrentamientos internos, y ha conservado una reputación de independencia. Como máximo responsable de la acusación en los asuntos de seguridad nacional, no se limita a examinar pruebas: sus decisiones condicionan la respuesta penal del Estado. En este caso cuenta con el respaldo de la cúpula del Ejército libanés y de las autoridades políticas, una combinación que se aparta de la pasividad habitual frente a Hezbolá.
La investigación está ahora en manos de Aida Abu Alwan, primera mujer que ejerce como jueza instructora militar en la historia del país. Su actuación permitirá comprobar si el respaldo institucional se mantiene cuando la causa pase de la acusación inicial a la investigación de las responsabilidades individuales. Es precisamente en esa fase cuando el Estado deberá demostrar que puede actuar contra una estructura que ha condicionado durante años su capacidad de ejercer la autoridad.
El contenido del expediente permite reconstruir parte del recorrido logístico entre Baalbek y Beirut. Haitham Ahmad Amhaz conducía el vehículo interceptado y llevaba a su lado a Ali Shawqi al-Kurdi, hijo de un dirigente de Hezbolá. Ambos están detenidos y son interrogados por la inteligencia libanesa. El resto de los implicados continúa bajo búsqueda, entre ellos dos responsables conocidos como Hajj Sajed y Hajj Zulfiqar. El primero dirigía las operaciones logísticas en Baalbek; el segundo debía recibir y gestionar los envíos en Dahiyeh como responsable sobre el terreno.
La posición atribuida a Zulfiqar es especialmente relevante. El nombre remite a la espada de Alí ibn Abi Tálib en la tradición chií, pero en este caso interesa sobre todo la función del individuo que lo utiliza. La inteligencia libanesa lo sitúa como sucesor de Wafiq Safa al frente de la unidad de enlace y coordinación de Hezbolá. Si el encargado de recibir los explosivos ocupaba una posición tan elevada, el traslado difícilmente puede entenderse como una decisión aislada de contrabandistas locales. Otros miembros de la red habrían participado en la escolta y protección del cargamento; cinco acusados aparecen únicamente bajo nombres operativos.
La presencia de una ciudadana rusa introduce otra dimensión. Yelena Novo Begvini Krishinova, esposa de Amhaz, figura como prófuga en una orden de búsqueda y detención. La fiscalía militar le atribuye tareas de asistencia logística y coordinación de aspectos del traslado. Su intervención podría limitarse a esas actividades, aunque también se examina la posibilidad de que las relaciones familiares con personas extranjeras facilitaran movimientos de dinero o recursos fuera del Líbano. Otra interpretación considera que su inclusión en el caso podría tener utilidad diplomática. Son hipótesis diferentes y su participación concreta debe establecerse en la investigación.
La relevancia de lo ocurrido trasciende a los trece acusados. Desde hace años, Hezbolá ocupa una posición central en el dispositivo regional de Irán: debe conservar capacidad de respuesta contra Israel si se produce un ataque a territorio iraní. La intervención de los órganos de seguridad y justicia libaneses altera ese funcionamiento desde dentro del propio país. A los daños provocados por las operaciones militares israelíes se suma ahora la dificultad de trasladar explosivos y preparar ataques sin afrontar la acción de las instituciones estatales.
Washington ha contribuido a reforzar esa posición del Gobierno. En una conversación de esta semana, el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, trasladó al presidente Aoun la importancia que la Administración de Estados Unidos concede al proceso. La continuidad de la ayuda económica destinada al Ejército libanés quedó vinculada a que la justicia resista las amenazas de Hezbolá y a que los explosivos permanezcan confiscados. Ese apoyo exterior proporciona margen político a Aoun y Salam para sostener una confrontación que, sin respaldo institucional, resultaría mucho más difícil.
Para Israel, el decomiso ofrece además información sobre las prioridades militares de Hezbolá. El volumen de explosivos plásticos que la organización intentaba transportar apunta a una mayor importancia de los artefactos preparados y de las acciones específicas contra objetivos elegidos. Su arsenal de cohetes y misiles ha sufrido daños considerables y su capacidad de sostener una guerra convencional desde el sur se ha reducido. En ese contexto, cobra peso una forma de combate más dispersa, basada en la guerrilla y en atentados planificados.
La investigación también subraya el papel del valle de la Becá. No es únicamente un territorio por el que llegan materiales desde Siria: allí existen actividades de preparación y ensamblaje de cargas destinadas a usos concretos. Por eso, interrumpir las rutas que abastecen el sur del Líbano no basta para impedir que la organización disponga de explosivos operativos. El problema comprende asimismo la infraestructura que transforma el material recibido en dispositivos listos para su utilización.
Teherán aún necesita que Hezbolá pueda responder a Israel en caso de una nueva confrontación directa. Sin embargo, el proceso abierto por la incautación demuestra que el obstáculo para esa función no procede exclusivamente de las acciones israelíes. Parte del aparato estatal libanés ha decidido intervenir contra una estructura que antes podía actuar con una amplia libertad. Esa presión complica los planes iraníes, pero no reduce automáticamente los riesgos para las fuerzas israelíes que operan en territorio libanés: un adversario obligado a modificar sus métodos puede plantear amenazas diferentes y más difíciles de localizar.









