El Ejército israelí recurrió durante muchos años a los conocimientos de Zeev Erlich, conocido como Z’abo, incluso cuando este ya no vestía uniforme. Había sido oficial de carrera y se convirtió en una referencia para mandos y soldados que necesitaban comprender mejor los lugares donde operaban. Esa relación explica, a mi juicio, tanto su presencia en el Líbano como la decisión del jefe de la Dirección de Personal del Ejército de reconocerlo como caído en servicio. El día de su muerte no se había incorporado formalmente a filas, pero su contribución a las unidades militares venía de mucho antes.
En una ceremonia celebrada el jueves pasado en Ofra, al cumplirse dos años de su muerte, un oficial de alto rango dio una idea precisa de esa contribución. Había estado al mando de una brigada territorial en Judea y Samaria y ahora dirige otra brigada de importancia comparable. Ante cientos de asistentes, leyó fragmentos del testimonio que había entregado a los investigadores militares. Describió el conocimiento que Z’abo ponía a disposición de las unidades de combate como una aportación enorme, singular y, en ocasiones, imposible de obtener de otra fuente dentro del propio Ejército.
El oficial recordó que, cuando era comandante de compañía, ya había descubierto el valor operativo de las explicaciones de Erlich. Sus conocimientos históricos y geográficos, unidos a su experiencia como antiguo mando, le permitían comprender lugares que de otra manera nunca habría llegado a conocer con semejante profundidad. No todas las excursiones con tropas producían un resultado militar inmediato, pero el beneficio de aquellas visitas se acumuló durante décadas. Por eso otros oficiales seguían interesados en contar con él.
La ceremonia también recordó a una persona muy distinta de la figura solemne que podría sugerir su reputación como investigador de la tierra de Israel. Z’abo sabía muchísimo y, al mismo tiempo, tenía un sentido del humor extraordinario. Los videos proyectados ante los asistentes mostraron ambas facetas. En la entrada del auditorio se ofrecía su nuevo libro, “Emet me’aretz”, una selección de los artículos que había escrito para Makor Rishon sobre las lecturas semanales de la Torá y las haftarot. La contraportada recordaba que había guiado a numerosas personas, entre ellas altos oficiales, y que les transmitía su entusiasmo y su amor por la Torá y por la tierra.
Yo había sido vecino de Z’abo y me encontraba entre las pocas personas de aquella sala que se habían tomado el trabajo de leer una investigación reciente de Haaretz sobre las circunstancias de su muerte. Allí aparecía una interpretación muy diferente: Erlich deseaba visitar una fortaleza cruzada próxima a Tiro por interés personal, sin relación alguna con las necesidades operativas de la unidad, y los militares aceptaron llevarlo porque les resultaba incómodo negarse. La intervención del oficial en Ofra añadió un elemento decisivo para comprender por qué se había contado con él.
Hay, además, un dolor que no puede apartarse de esta historia. El sargento de la brigada Golani Gur Kehati murió junto a Erlich. Su familia considera que la muerte del joven fue innecesaria y acusa al Ejército de encubrir las conclusiones de su investigación interna. Sus padres se trasladaron recientemente a Creta. La madre explicó que ya no podía permanecer en Israel. Nada de lo que dijo el oficial en Ofra habría aliviado necesariamente ese sufrimiento. Tampoco pretendía su intervención resolver si hubo negligencia en los preparativos de la visita ni aclarar qué explicaciones recibió la familia Kehati después de la tragedia.
Lo que sí puso de manifiesto fue que el recorrido por Líbano no nació de una relación excepcional entre el investigador y un mando complaciente. El propio trabajo de Haaretz reconocía que alrededor de 130 oficiales superiores habían participado en sus recorridos por diferentes zonas de operaciones, y que algunos los habían organizado por iniciativa propia. No acudían para satisfacer un capricho de Erlich: buscaban sus explicaciones sobre el territorio, su historia y el significado de los lugares donde les correspondía actuar. En ocasiones, sus enseñanzas también les ayudaban a entender cómo desempeñar su misión.
Por eso considero equivocado reducir la última visita de Z’abo a una aventura ajena a las tareas del Ejército. Lo invitaron porque su experiencia había resultado útil una y otra vez, y no porque fuera difícil decirle que no. Su muerte, a mi entender, fue producto de una fatalidad, no de una conducta irresponsable. Del mismo modo que el sargento Gur Kehati, el mayor de la reserva Zeev Erlich cayó mientras cumplía su deber.










