Hoy, 21 de Jeshván, se cumplen 82 años de la ejecución en Hungría de la paracaidista y poeta Hannah Szenes, que tenía apenas 23 años cuando murió. Después de cinco meses de interrogatorios y torturas severas, Szenes se negó a delatar a sus compañeros de armas o a revelar el código secreto de su equipo de radio. Tampoco cedió ni pidió clemencia cuando se encontró frente al pelotón de fusilamiento.
La historia de esta joven que emigró a la Tierra de Israel, se ofreció como voluntaria para lanzarse en paracaídas tras las líneas enemigas y emprendió una misión de la que nunca regresó se convirtió en uno de los episodios de valentía más reconocidos de la Segunda Guerra Mundial. Hoy, después de tres años de guerra en Israel, durante los cuales civiles se han visto obligados a soportar sufrimientos que ni el diablo habría podido concebir y a resistirlos con valor, su historia resulta más vigente que nunca.

Los relatos de los soldados húngaros sobre sus últimos momentos muestran la fortaleza de una joven judía dispuesta a sacrificar su vida para intentar salvar a otros judíos, aun a costa de no volver a ver la Tierra de Israel. “La prisionera tiene 23 años. Se encuentra en buen estado de salud. Fue sometida a torturas severas, pero se negó a delatar a sus compañeros o a pedir clemencia. El pelotón de fusilamiento no acertó con sus disparos y ella sufrió durante mucho tiempo, hasta que su corazón dejó de latir”.
Para comprender mejor el valor de Szenes, es necesario volver al período en que jóvenes judíos del Yishuv, la comunidad judía de la Tierra de Israel, se alistaron para cumplir misiones peligrosas en Europa. A medida que se conocían nuevas noticias sobre la magnitud del exterminio, se organizó un grupo especial de voluntarios conocido como “los paracaidistas del Yishuv”. De unos 240 aspirantes que iniciaron el proceso de selección, fueron elegidos 110, pero solo 37 llegaron a participar en misiones. De ellos, 26 saltaron en paracaídas sobre territorios europeos y siete nunca regresaron. Se incorporaron al Ejército británico, recibieron instrucción militar y entrenamiento de paracaidismo, y aprendieron a utilizar equipos de radio y transmitir información cifrada. Su misión consistía en operar en territorio enemigo y ayudar a las fuerzas aliadas, pero también en intentar llegar hasta las comunidades judías perseguidas.

Szenes nació el 17 de julio de 1921 en Budapest, Hungría, en el seno de una familia judía. Su padre, Béla Szenes, era periodista y dramaturgo y murió cuando ella tenía seis años. Creció junto a su madre, Katerina. Ya en su adolescencia afrontó manifestaciones de antisemitismo y se fue acercando al sionismo. En 1939, a los 18 años, emigró a la Tierra de Israel. Estudió durante dos años en la escuela agrícola para mujeres de Nahalal y después se unió a un grupo de jóvenes que se preparaban para fundar el kibutz Sdot Yam. Fue una de las pioneras de esa comunidad y comenzó a construir allí una nueva vida.
Sin embargo, las noticias procedentes de Europa no le daban tranquilidad. Su madre todavía vivía en Hungría y la situación de los judíos que permanecían allí se agravaba. En 1943, Szenes se alistó voluntariamente en el Ejército británico y se incorporó al grupo de paracaidistas que participaba en la lucha contra la Alemania nazi. Recibió instrucción militar, entrenamiento para saltar en paracaídas y formación en el manejo de equipos de radio. El 15 de marzo de 1944 se lanzó en paracaídas sobre Yugoslavia, cerca de la frontera con Hungría, junto con otros tres integrantes de la misión, y se unió a los partisanos de Josip Broz Tito, que combatían a las fuerzas nazis. Los combatientes quedaron sorprendidos por la determinación de aquella joven judía, que demostró valor incluso en condiciones muy difíciles.

A pesar de las dificultades, Szenes no renunció a su objetivo principal: cruzar la frontera húngara y llegar hasta los judíos que seguían allí. Después de unos tres meses con los partisanos, emprendió la marcha hacia su destino. En junio de 1944 cruzó la frontera de Hungría, pero los soldados húngaros la capturaron poco después. Fue trasladada a Budapest, su ciudad natal, donde comenzó una sucesión de interrogatorios y torturas que se prolongó durante unos cinco meses. Sus interrogadores le exigían una sola cosa: el código secreto de la radio que llevaba consigo, con el que podrían descubrir tanto sus actividades como las de sus compañeros.
Szenes sabía que revelar el código podía poner en peligro a los paracaidistas y a las fuerzas que operaban sobre el terreno. Pese a las duras torturas, se negó a colaborar. Tampoco cedió cuando su madre, Katerina, acudió a verla durante su detención y sus captores intentaron aprovechar su presencia para presionarla. Fue juzgada por un tribunal militar húngaro, acusada de espionaje y traición a la patria, pero fue ejecutada antes de que terminara el juicio, el 7 de noviembre de 1944, 21 de Jeshván de 5705. Tenía solo 23 años.

Incluso durante sus últimos días, Szenes siguió escribiendo. Mantuvo un diario hasta poco antes de morir y en sus escritos quedó reflejada su profunda convicción sionista y su defensa del derecho del pueblo judío a tener un hogar propio. El diario se publicó en 1946 y entre los poemas que dejó figuran algunos de los textos más conocidos de la cultura israelí. Uno de ellos es “Un paseo a Cesarea”, conocido por sus palabras iniciales: “Dios mío, Dios mío, que nunca se acabe”. Otro es “Dichosa la cerilla”, en el que escribió: “Dichosa la cerilla que se consumió y encendió llamas”. Después de su muerte también se encontraron notas entre sus prendas, entre ellas un poema escrito durante su detención y una petición de perdón dirigida a su madre.
En 1950, seis años después de su ejecución, los restos de Szenes fueron trasladados a Israel. Su hermano, Giora, que había sobrevivido a la guerra, participó en las gestiones para darle sepultura allí. El féretro fue llevado de Budapest a Viena y desde allí embarcado en el buque “Kedma”, con destino a Israel. Cuando se aproximaba a la costa, tres buques de guerra de la Armada salieron a recibirlo. El 26 de marzo de 1950, la embarcación llegó al puerto de Haifa, donde miles de personas esperaban para darle el último adiós. El cortejo fúnebre pasó por Haifa, el kibutz Sdot Yam y Tel Aviv, y concluyó en el monte Herzl, en Jerusalén. En la ceremonia participaron el primer ministro David Ben-Gurión, el jefe del Estado Mayor Yigael Yadin, militares y representantes públicos. Una compañía de paracaidistas disparó una salva de honor en su memoria.
La historia de Hannah Szenes no terminó con su entierro. En 1993, el Tribunal Militar Supremo de Hungría anuló el fallo en su contra y la condena a muerte que se le había impuesto. Con el paso de los años, su figura se convirtió en un símbolo de sacrificio, espíritu pionero y lealtad al pueblo judío. Su decisión de emprender aquella peligrosa misión respondía a una visión que no establecía diferencias entre unos judíos y otros: estaba dispuesta a dar su vida para intentar salvar a otra persona, aunque no la conociera y aunque sus circunstancias fueran completamente distintas de las suyas. A 82 años de su ejecución, junto a los poemas que se han convertido en parte del patrimonio cultural israelí, permanece el recuerdo de una joven que decidió no rendirse, incluso cuando se encontraba sola ante sus interrogadores y frente al pelotón de fusilamiento.
El poema “Un paseo a Cesarea”, más conocido por las palabras con que comienza, “Dios mío, Dios mío, que nunca se acabe”, fue escrito por Hannah Szenes en 1942, cuando vivía en el kibutz Sdot Yam. David Zehavi compuso su música y se convirtió en una de las canciones más vinculadas a su memoria y a la cultura israelí. En sus versos, Szenes expresa una oración por la continuidad de la naturaleza, la belleza y la vida: la arena y el mar, el murmullo del agua, el resplandor del cielo y la oración del ser humano. El poema, escrito años antes de su muerte, adquirió un significado adicional tras su ejecución y pasó a formar parte inseparable de su legado.










