La elección de la 26.ª Knéset, prevista para este martes, dejará abierta una disputa decisiva: quién puede reunir una mayoría de al menos 61 escaños y formar el próximo gobierno de Israel. El resultado del partido más votado no bastará para definir al próximo jefe de gobierno. El desenlace dependerá de las alianzas que sus dirigentes consigan cerrar después del escrutinio.
Los resultados definirán también el margen de negociación de los partidos pequeños. Si alguna formación queda por debajo del umbral electoral, el reparto de escaños podría cambiar las posibilidades de cada bloque. Además, los compromisos asumidos durante la campaña y las negativas de algunos dirigentes a compartir gobierno pueden dificultar acuerdos que, sobre el papel, serían posibles.
Una de las alternativas pasa por un gobierno dirigido por la oposición saliente. Gadi Eisenkot, al frente de Yashar, y Naftali Bennett, de Beyajad, aspiran a encabezar esa opción. Para alcanzar la mayoría necesitarían acuerdos entre partidos con diferencias políticas importantes y una decisión sobre quién ocuparía la jefatura del Ejecutivo.
Entre las fórmulas consideradas figura una coalición de Yashar, Beyajad, Los Demócratas e Israel Beitenu. Esa combinación podría intentar incorporar a Raam o recibir apoyo externo de la Lista Conjunta. La participación de partidos árabes, sin embargo, divide a los posibles socios, tanto por sus posiciones ideológicas como por sus distintas posturas sobre esa cooperación.
La disputa entre Eisenkot y Bennett por el liderazgo añade otra condición. Los demás partidos tendrían que decidir a cuál de ellos respaldar y qué exigirían a cambio. Incluso si los escaños permitieran articular una mayoría, la elección del candidato y la composición del gabinete necesitarían acuerdos políticos.
Netanyahu, por su parte, tiene como principal opción renovar el gobierno con el Likud, Shas, Judaísmo Unido de la Torá, Otzma Yehudit y Sionismo Religioso-Identidad. Si estos partidos obtienen juntos 61 escaños o más, dispondrían de una mayoría suficiente para impulsar su continuidad en el poder.
El reparto de responsabilidades y el programa de gobierno seguirían sujetos a negociación. Netanyahu defendió durante la campaña la formación de un Ejecutivo y la continuación de la reforma judicial. Las conversaciones entre sus potenciales aliados tendrían que abordar también la ley de reclutamiento militar, la política en Judea y Samaria, las relaciones con el sistema judicial y la distribución de los principales ministerios.
Existe además la posibilidad de ampliar esa coalición con una formación ajena al bloque gubernamental saliente. La incorporación exigiría que ese partido aceptara las bases del nuevo Ejecutivo y que los demás participantes estuvieran dispuestos a compartir la alianza, pese a las promesas y posiciones expresadas durante la campaña.
El tercer desenlace sería la imposibilidad de constituir una mayoría. Israel ya atravesó una sucesión de bloqueos políticos entre 2019 y 2022, y las elecciones actuales podrían desembocar en una situación semejante si ninguna de las alianzas consigue reunir los apoyos necesarios. Los vetos recíprocos entre dirigentes podrían prolongar el estancamiento incluso después de conocerse el reparto definitivo de escaños.
Tras las elecciones, los representantes de los partidos acudirán ante el presidente Isaac Herzog para recomendar a la persona que consideran capaz de formar gobierno. Herzog encargará esa tarea al diputado que, a su juicio, tenga mayores posibilidades de lograrlo. Si fracasan los intentos de formar una coalición, el proceso constitucional podría conducir a otra convocatoria electoral.
La mayoría parlamentaria, por tanto, dependerá tanto del número de escaños como de la disposición de los partidos a gobernar juntos. Ese será el punto que separará una nueva coalición de otro período sin gobierno estable.










