Durante meses, David Toker, de 22 años y residente de Maalé Adumim, atribuyó sus dolores de cabeza a un problema pasajero. El diagnóstico fue muy distinto: los médicos del centro médico Hadassah descubrieron una masa de aproximadamente siete centímetros que se extendía por dos regiones de su cerebro. El joven necesitó una intervención de doce horas para retirarla y, tras recuperarse, pudo regresar a su trabajo y a sus entrenamientos en el gimnasio.
El tamaño de la lesión sorprendió al equipo de neurocirugía. El doctor Samuel Moskovisi, responsable de la unidad de cirugía de la base del cráneo y la hipófisis de Hadassah, explicó que encontrar un tumor de semejantes dimensiones en una persona tan joven es infrecuente. Las pruebas también mostraron un edema cerebral considerable que ayudaba a explicar las molestias y las alteraciones de visión que había experimentado.
La preocupación de los especialistas no se limitaba al volumen del tumor. Su presión sobre el tronco encefálico, las estructuras posteriores del cerebro y el cerebelo representaba un riesgo importante. Además, la lesión podía causar hemorragias, y controlar una posible pérdida de sangre durante la operación sería una de las principales dificultades del procedimiento.
Los primeros síntomas aparecieron durante una salida con amigos
Casi un año antes de la operación, Toker comenzó a sentir dolores de cabeza mientras pasaba tiempo con sus amigos. Llevaba una vida activa, cuidaba su alimentación y acudía regularmente al gimnasio, por lo que no esperaba sufrir una enfermedad de esta gravedad. Sin embargo, las molestias reaparecían con el paso de los meses y aumentaban de intensidad.
Tras aproximadamente medio año de episodios recurrentes, viajó a Filipinas. Allí volvió a sufrir un dolor intenso, esta vez acompañado de visión borrosa. Acudió a un hospital local, donde le comunicaron que las pruebas no mostraban un problema evidente y plantearon que el origen de las molestias podría encontrarse en la vista. Una evaluación ocular determinó que necesitaba gafas. Al comenzar a utilizarlas sintió cierta mejoría, pero el alivio duró poco.
De regreso en Israel, los síntomas se agravaron. Además de las cefaleas, comenzó a experimentar una sensación de desconexión y episodios de visión doble. El deterioro terminó por impedirle desarrollar sus actividades habituales. Por recomendación de un médico de su servicio de salud, acudió a Hadassah Ein Kerem para recibir una evaluación más completa.
Toker esperaba que la consulta descartara una enfermedad importante. La doctora Stephanie Morales, residente del departamento de neurocirugía, le mostró los resultados de una tomografía computarizada y le explicó la situación. El joven recordó que la noticia lo dejó profundamente conmocionado; cuando posteriormente conoció la magnitud del problema y sus riesgos, tanto él como su madre rompieron a llorar.
Los cirujanos tuvieron que intervenir en dos regiones del cerebro
La planificación de la operación exigió considerar que el tumor no se encontraba concentrado en un único punto, sino que ocupaba dos zonas. El equipo debía acceder a ambas con la máxima precaución y retirar la mayor extensión posible de tejido tumoral. Moskovisi advirtió que, por sus características, esta cirugía podía provocar una pérdida considerable de sangre y entrañaba riesgos para la vida del paciente.
Como preparación, Toker recibió tratamiento con esteroides y fue sometido a un cateterismo realizado por el profesor José Cohen. Durante los días previos trató de mantener la confianza en su condición física, aunque reconoció el temor que le causaba la intervención. Sus amigos acudieron a acompañarlo y ofrecerle apoyo.
La operación estuvo a cargo de Moskovisi, con la participación de la anestesióloga Eliana Patnik Twil y de Ina Dizingoff, enfermera principal del quirófano, además del resto del equipo asistencial. Después de doce horas de trabajo, los médicos consiguieron extraer la extensa masa sin incidentes durante el procedimiento, de acuerdo con el cirujano.
Moskovisi destacó la coordinación entre quirófano, cuidados intensivos y neurocirugía como parte del resultado obtenido. Para los especialistas, el objetivo era resolver una situación potencialmente mortal y permitir que el paciente retomara sus actividades cotidianas.
Volvió al gimnasio y ya no necesitó el programa de rehabilitación previsto
Después de la intervención, Toker permaneció varios días ingresado en la unidad de cuidados intensivos. Más tarde recibió el alta para continuar su recuperación en casa. Recordó especialmente el trato del personal médico y de enfermería, con quienes conversaba y compartía momentos de humor durante el ingreso.
Una vez en su domicilio, retomó los ejercicios físicos de manera progresiva y notó una mejoría diaria. Cuando llegó la fecha de su cita de rehabilitación en Hadassah, le indicaron que ya no necesitaba iniciar ese programa y que podía volver a casa para continuar sus entrenamientos.
Actualmente se desenvuelve de forma independiente, ha regresado al gimnasio y trabaja otra vez como creador de contenido para redes sociales. Toker también contó que la experiencia cambió su perspectiva personal: comenzó a colocarse tefilín y valoró el apoyo que recibió de familiares, amigos y profesionales de la salud. Considera que haber superado la operación le dio una nueva oportunidad para continuar con su vida y sus proyectos.










