Kinaan Dadou tenía siete años cuando un fragmento de un cohete lanzado por Hamás desde la Franja de Gaza le alcanzó la cabeza el 7 de octubre de 2023. Hoy tiene diez años, permanece completamente paralizado y necesita tubos para respirar y alimentarse. Sus padres, residentes de una pequeña localidad palestina al oeste de Belén, llevan tres años en busca de asistencia médica y recursos económicos para atenderlo.
El proyectil cayó frente a la vivienda familiar en Khirbet Umm Rukhba, en Judea y Samaria. Formaba parte de los miles de cohetes disparados desde Gaza durante la ofensiva de Hamás contra Israel que dio inicio a la guerra en la Franja. El niño se desplomó después de recibir el impacto de la metralla.
La familia pidió asistencia inmediata. Un soldado israelí les dijo que solicitaría una ambulancia, pero el vehículo no llegó. Ante esa situación, los padres trasladaron a Kinaan por sus propios medios hasta un hospital. El centro sanitario ya se encontraba desbordado y pasaron varias horas antes de que un médico pudiera examinarlo. Para entonces, el niño sufría una hemorragia cerebral. Las lesiones lo dejaron paralizado y dependiente de asistencia mediante tubos.
Su padre, Alaa Hassan Yakoub Dadou, y su madre, Woroud Dadou, continúan a cargo de sus cuidados. Alaa relata que intenta preguntarle a Kinaan qué necesita o qué le duele, pero no obtiene respuesta. Esa imposibilidad de comunicarse con su hijo agrava la incertidumbre de la familia sobre su estado y sobre la manera de aliviarle el sufrimiento.
Una familia entre las responsabilidades de Israel y la Autoridad Palestina
Khirbet Umm Rukhba se encuentra en el Área C de Judea y Samaria, cerca del asentamiento israelí de Efrat. Esa división territorial fue establecida por los Acuerdos de Oslo II, firmados por Israel y la Autoridad Palestina en 1995. El Área C está bajo control israelí, pero el Ministerio de Salud de la Autoridad Palestina es todavía el organismo oficialmente responsable de la atención sanitaria en las aldeas palestinas. Las autoridades sanitarias israelíes se ocupan de los asentamientos israelíes.
Para los Dadou, esa distribución de competencias no se ha traducido en una solución. “Hemos llamado a todas las puertas”, afirma Alaa. Explica que ha acudido tanto a las autoridades palestinas como a las israelíes y que, por parte palestina, la respuesta ha sido que la aldea no pertenece a su área de responsabilidad.

“¿Cuál es nuestro delito? ¿Vivir entre asentamientos? Ninguna de las dos partes se hace responsable de nosotros”, cuestiona el padre. Su reclamación no se limita a conseguir una intervención médica concreta: la familia necesita dinero para mantener los cuidados diarios y encontrar especialistas que puedan evaluar las posibilidades de tratamiento del niño.
El coste del tratamiento supera los recursos de los padres
Alaa calcula que los medicamentos de Kinaan cuestan 4.000 nuevos séqueles al mes, unos $1 250, una suma que la familia no puede asumir con sus ingresos. Los padres también han explorado la posibilidad de trasladarlo a un especialista en Turquía. Allí, una atención más completa podría alcanzar aproximadamente los $250 000, una cantidad que por ahora está fuera de su alcance.
La Autoridad Palestina proporcionó ayuda inicial para las operaciones quirúrgicas realizadas después de la lesión. Sin embargo, los padres sostienen que no han conseguido de ella financiación suficiente para los medicamentos ni apoyo efectivo para acceder a un tratamiento especializado. Alaa asegura que recurre a préstamos de distintas personas, pero las necesidades médicas se mantienen por encima de lo que puede pagar.
Antes de la guerra, el padre trabajaba como obrero en Israel. Desde el comienzo de la guerra en Gaza, los permisos de trabajo para palestinos quedaron prácticamente suspendidos, lo que también afectó a sus posibilidades de obtener ingresos. La familia ha tenido que reducir gastos incluso en procedimientos vinculados con la respiración del niño.
Woroud explica que ahora cambia personalmente el tubo respiratorio de su hijo, en lugar de pagar a un profesional. Procura mantenerlo limpio para utilizarlo durante más tiempo, aunque advierte que, cuando prolonga demasiado su uso, Kinaan comienza a toser. La decisión responde a las dificultades económicas que afrontan para sufragar los cuidados.

Las solicitudes de ayuda siguen sin una respuesta efectiva
Los padres también han solicitado asistencia a Israel por razones humanitarias, pero afirman que han recibido poca o ninguna respuesta. El Coordinador de las Actividades Gubernamentales en los Territorios (COGAT), organismo del ministerio de Defensa israelí que coordina asuntos civiles y humanitarios en Judea y Samaria, no respondió a una consulta sobre el caso. Tampoco respondió el Ministerio de Salud de la Autoridad Palestina.
Alaa compara la situación de Kinaan con la atención que, a su juicio, recibiría un niño israelí herido, incluso si viviera en un asentamiento. Considera que a ese niño lo habrían llevado a hospitales especializados y que se habrían agotado las opciones para atenderlo. Su hijo, en cambio, continúa en casa, sin los recursos que los padres consideran necesarios para mejorar sus condiciones.
La familia no afirma que Kinaan vaya a recuperar su estado anterior. Su padre reconoce que probablemente no vuelva a ser como antes del ataque. Lo que pide es la posibilidad de aliviar su sufrimiento y reducir el sentimiento de culpa que acompaña a sus padres. Para ambos, una de las dificultades más dolorosas consiste en no poder saber con precisión qué le duele a su hijo ni qué necesita en cada momento.










