El proceso por el intento de asesinato de Ahmed Nassar, alcalde de Arraba, comenzó el jueves en el Tribunal de Distrito de Haifa con la exhibición de un video del ataque y de grabaciones que reconstruyen los desplazamientos del presunto autor. El principal acusado, Kamal Waqad, de 25 años, negó haber disparado contra el funcionario, pese a que en una conversación grabada en su celda relató con detalle cómo había preparado el arma, entrado en la panadería y escapado después de abrir fuego. Otros dos familiares suyos también afrontan cargos relacionados con el caso y son juzgados en un procedimiento paralelo.
La acusación sitúa el origen del ataque en un conflicto económico por los contratos municipales de recogida de basura. La fiscalía sostiene que la agresión contra el alcalde fue una represalia premeditada por decisiones que este adoptó en el ejercicio de sus funciones y que perjudicaron los intereses de personas vinculadas al servicio. En la audiencia, los fiscales presentaron el contenido de la conversación con un informante policial y las imágenes de seguridad como piezas centrales de su reconstrucción.
La defensa de Waqad cuestiona tanto la interpretación de las grabaciones como el alcance de las declaraciones realizadas en prisión. Su abogado argumentó que los disparos dirigidos hacia la parte inferior del cuerpo de Nassar no demuestran por sí solos una intención de matarlo. También impugnó la admisibilidad de la confesión y señaló discrepancias entre el relato del acusado al informante y lo que muestran las cámaras.
El hecho investigado ocurrió el 8 de marzo de 2026, durante el Ramadán. Nassar cenaba con conocidos en la panadería Taksim, situada cerca de la carretera 805 de Arraba, en la Baja Galilea. Entre sus acompañantes estaba el médico Anwar Yassin, presidente del comité popular local. Como era habitual después de la comida con la que se rompe el ayuno, el establecimiento tenía numerosos clientes y trabajadores. Aquella noche, el alcalde no disponía de su dispositivo ordinario de protección, aunque estaba clasificado como cargo público amenazado en el nivel seis por conflictos relacionados con licitaciones municipales.
Cerca de las diez de la noche, un hombre con el rostro cubierto accedió por una entrada trasera. Llevaba guantes, una chaqueta negra y una pistola semiautomática FN de nueve milímetros. Ordenó a quienes tenía delante que se apartaran y se aproximó hasta quedar prácticamente junto a Nassar. Disparó varias veces incluso después de que el alcalde cayera al suelo e intentara protegerse. Al salir del local, huyó a pie por las callejuelas próximas y efectuó nuevos disparos al aire.
Nassar sufrió cinco impactos de bala y quedó gravemente herido; Yassin recibió un disparo en una pierna y su estado fue calificado de moderado. Ambos necesitaron asistencia hospitalaria. Las imágenes del interior del negocio muestran la rapidez del ataque, desarrollado ante otras personas que se encontraban allí para cenar.

Las llamadas de auxilio reflejan lo poco que se sabía inmediatamente después de los disparos. Un testigo avisó al número policial 100 de que había escuchado tiros en Taksim y visto a varias personas que huían. Cuando la operadora preguntó si había identificado al atacante o algún vehículo, respondió que no, porque había escapado del lugar. En una comunicación entre la Policía y el servicio de emergencias médicas Magen David Adom, la representante policial confirmó que el alcalde y otra persona habían recibido disparos, pero aún desconocía su estado y la zona de las heridas.
Mientras llegaban los heridos al Centro Médico Norte, conocido como Poriya, el responsable de seguridad del hospital pidió refuerzos. Su aviso anticipaba la presencia de decenas de acompañantes y personas reunidas en torno a la sala de traumatología. La investigación quedó a cargo de la unidad central de la Policía del Distrito Norte, bajo la dirección del subcomisario Eyal Harari.
La guerra que la fiscalía identifica como móvil se desarrolló alrededor de la gestión de los residuos de Arraba. Un pariente del alcalde había trabajado anteriormente en la vigilancia de los camiones de basura y percibía pagos municipales. Después, el ayuntamiento canceló la relación contractual, se negó a realizar pagos ficticios y exigió que las adjudicaciones se resolvieran mediante un procedimiento abierto y competitivo. Esas decisiones provocaron, de acuerdo con la acusación, el resentimiento de los implicados.
Nassar había descrito a los investigadores otro enfrentamiento por ese servicio. Afirmó que el contratista encargado de la recogida pretendía un incremento de varios cientos de miles de séqueles mensuales, que él rechazó. El municipio compró entonces camiones para efectuar directamente la recogida. Cuando se planteó venderlos a una autoridad vecina, el contratista amenazó, según el alcalde, con suspender el servicio. El 16 de febrero ambos mantuvieron una discusión en la oficina municipal. Nassar recordó que el empresario le dijo que había entrado “donde no debía” y que un alto cargo del ayuntamiento tuvo que intervenir para separarlos.
Preguntado por la posible responsabilidad de ese contratista, Nassar respondió: “No sospecho de él, pero tampoco lo descarto”. Aclaró que desconocía quién había ordenado los disparos. También informó de una disputa judicial con otro individuo al que se había condenado a pagarle un total de ₪500 000 por el uso de un terreno. En diciembre anterior, añadió, habían disparado contra viviendas de sus familiares y contra los camiones municipales de basura; varios de estos vehículos fueron incendiados ese mismo mes. Existía una denuncia policial por los ataques a las casas.
En su declaración ante el informante introducido en la celda, Waqad presentó una versión muy distinta de su relación con el alcalde. Aseguró que su propia familia había contribuido a que Nassar pasara de concejal a alcalde y que, una vez en el cargo, les había quitado sus medios de subsistencia. “Nosotros lo ayudamos a ser concejal y después lo pusimos de alcalde. ¿Qué nos hiciste? ¡Nos arruinaste, cerdo!”, dijo. Añadió que hubo jornadas en las que despertaba entre lágrimas por la mañana y seguía así durante el día y la noche.
El detenido vinculó su indignación con la pérdida de contratos y trabajos de vigilancia. En su descripción, la familia había tenido cuatro camiones y una excavadora en el vertedero. “Nos quitó las licitaciones, nos quitó la vigilancia, nos quitó todo. Nos dejó sin nada”, afirmó. También narró una reunión con sus parientes en una habitación de la planta baja para decidir qué hacer. Les planteó que tenían que imponerse o, en su expresión, “ponerse faldas y sentarse en la calle para que cualquiera venga, nos folle y siga de largo”. Sostuvo que otro familiar recién salido de prisión aceptó el plan.

Waqad relató al informante que recibió un mensaje para avisarle de que el alcalde estaba en la panadería. Dijo que colocó alrededor de su cuerpo tres cargadores —uno doble y dos pequeños—, avanzó a pie entre las casas y accedió por una puerta poco utilizada. Se encontró frente al propietario del establecimiento, le ordenó retroceder y lo empujó en el abdomen. Según sus propias palabras, al ver a Nassar se dejó dominar por una rabia tan intensa que perdió el control. Afirmó que, si la víctima no se hubiera apartado, habría seguido disparándole.
La huida también aparece detallada en esa conversación. El acusado contó que una puerta se cerró cuando intentó salir y que Yassin recibió uno o dos disparos. Una vez fuera, agotó un cargador; al oír que alguien corría detrás de él y le gritaba, lo sustituyó por otro y disparó al aire. Después llegó a unos campos donde, de acuerdo con su relato, lo esperaba una camioneta. Dijo que hizo desaparecer la pistola y señaló a un pariente como “el arquitecto” de la operación, la persona que lo convenció de llevarla a cabo. Insistió en que él había sido el ejecutor de una decisión adoptada por otros miembros de la familia.

Fuera de la celda, Waqad mantuvo otra versión. En su interrogatorio oficial aseguró que no había participado en el ataque, negó cualquier disputa con Nassar y habló de un vínculo familiar y afectivo con él. “Lo quiero, es de nuestra familia”, respondió a los agentes. Incluso sostuvo que los habitantes de Arraba intentaban averiguar quién había disparado. Cuando le preguntaron dónde estaba aquella noche, afirmó que dormía en su casa con su familia y que supo lo ocurrido por TikTok y otras redes sociales. Aseguró que nunca había tocado ni visto un arma.
Los investigadores decidieron reproducirle las conversaciones grabadas con el informante. El acta describe su reacción: pidió que bajaran el volumen, solicitó aflojar las esposas, se movió con incomodidad, se cubrió la cabeza con la capucha y se llevó las manos a la cara. Acabó de pie, dijo que tenía calor, se quitó la chaqueta después de que abrieran una ventana, insultó y exigió que detuvieran la reproducción.
Confrontado con sus afirmaciones sobre la munición, los disparos y la venganza, respondió que había hablado bajo los efectos de una crisis de abstinencia de drogas y que simplemente había presumido ante el otro preso. Al preguntarle por frases en las que decía haber “acribillado” y “acabado” con el alcalde, contestó que no había matado a nadie, que había escuchado rumores del pueblo y que invocaba su derecho a guardar silencio. Reiteró ese derecho cuando se le preguntó por la supuesta reunión familiar y las amenazas de mutilar a Nassar.
En otro momento del interrogatorio, sin embargo, declaró: “No había tomado nada, estaba completamente sobrio durante el incidente y recuerdo lo que hablé con él en la celda”. La fiscalía utiliza esas contradicciones para cuestionar la explicación de que la confesión fue solo una fanfarronada. Sus declaraciones también contienen referencias a que otros lo enviaron y él se limitó a apretar el gatillo.
La investigación no depende únicamente de esas conversaciones. Los agentes cotejaron las grabaciones del atacante dentro de Taksim con las de una cámara de un establecimiento llamado Industrias Waqad. En esta última aparece Kamal Waqad con el rostro descubierto poco después del tiroteo. Los investigadores detectaron coincidencias en una chaqueta acolchada negra con costuras cuadradas y un distintivo blanco a la izquierda, una marca de desgaste en la parte izquierda de los pantalones vaqueros y unas zapatillas negras con la puntera blanca. También observaron manchas de barro marrón en posiciones equivalentes sobre el calzado.

Los especialistas forenses identificaron doce casquillos de nueve milímetros recogidos dentro de la panadería y concluyeron que todos procedían de una sola arma. Las características eran compatibles con la pistola semiautomática FN que Waqad había descrito al informante. En la camioneta vinculada a la fuga se hallaron unos guantes con residuos de disparo y restos de ADN. Un experto en imagen digital encontró una correspondencia parcial de características generales entre las zapatillas incautadas en la vivienda del acusado y las del hombre captado por las cámaras. Los análisis de localización de teléfonos y comunicaciones aportaron además un recorrido compatible con la hora del ataque.

La fiscalía reconstruyó el itinerario posterior mediante cámaras de diferentes calles de Arraba. De acuerdo con esa secuencia, el agresor escapó por callejones hasta una camioneta de Muamar Nassar, que lo esperaba con las luces apagadas. El vehículo partió hacia el sur y más tarde llegó a la vivienda de Waqad. Allí quedó registrado el descenso de una persona cuya ropa, para los investigadores, coincidía con la que había llevado el atacante. En uno de los guantes recuperados se detectaron perfiles de ADN compatibles tanto con Waqad como con Muamar Nassar. Los fiscales consideran que este conjunto de indicios respalda lo confesado en la celda.
En su exposición inicial ante el tribunal, la acusación describió el atentado como un intento organizado de matar a un alcalde en ejercicio a causa de decisiones administrativas que perjudicaron a uno de los acusados. Subrayó que la gravedad del hecho afecta no solo a la integridad y seguridad de las personas presentes en el local, sino también al Estado de derecho y a la actuación independiente de un representante elegido por los ciudadanos.
Nassar habló con los investigadores dos días después del ataque, aún hospitalizado. Recordó que alguien se acercó a la mesa y saludó y que, inmediatamente después, apareció otro hombre. Este segundo individuo, de complexión delgada y con la cara cubierta, ordenó a una persona que se apartara y comenzó a disparar. “Estaba de espaldas a él. Me moví con la silla, me alcanzaron los disparos y caí; recuerdo que permanecí en el suelo”, relató. Dijo que no pudo identificar al atacante y que le habían explicado que recibió cinco balazos: dos en el brazo izquierdo y tres en las piernas.

Varios días después, desde la unidad de cuidados intensivos del Centro Médico Norte, el alcalde volvió a describir los hechos. Estaba conectado a equipos médicos y bajo custodia de policías armados. Recordó que se trataba de una reunión corriente de Ramadán con amigos y parientes y que el agresor irrumpió sin advertencia previa. “Todo ocurrió en segundos. De repente entró alguien y empezó a disparar indiscriminadamente”, declaró. Habló del dolor que había sufrido y afirmó que las lesiones no lo apartarían de sus responsabilidades: quería abandonar el hospital cuanto antes para continuar al servicio de la población.

El acusado rechaza su implicación. Su defensa cuestiona que las grabaciones, los indicios científicos y la conversación con el informante permitan atribuirle el propósito homicida que sostiene la fiscalía. Los otros dos familiares acusados mantienen un proceso paralelo.
La abogada Tami Ullman y el abogado Shadi Saruji, representantes de uno de los encausados, transmitieron una posición breve: “Nuestro cliente sostiene que es inocente”.


Tomer Nave, defensor de otro de los acusados, negó categóricamente que su cliente hubiera intervenido en el atentado, ya fuera en la preparación, la ejecución o mediante una colaboración indirecta. Afirmó que no estuvo presente en la panadería y que la gravedad de lo ocurrido no sustituye la necesidad de pruebas que demuestren la responsabilidad penal de una persona concreta. También rechazó que una relación de parentesco con otros investigados pueda convertirse, por sí sola, en fundamento de una acusación criminal.
Nave insistió en que la imputación expresa la tesis de la fiscalía, no una sentencia, y reclamó que el procedimiento se desarrolle sin presiones de publicaciones o reacciones en las redes sociales. Sostuvo que la presunción de inocencia de su defendido permanece intacta hasta que un tribunal determine lo contrario sobre la base de pruebas admisibles. Anunció que impugnará los cargos en el proceso y que espera un examen separado y minucioso de los elementos atribuidos a su representado.











