En Nueva Jersey se debate una medida que podría retirar los chicles de las tiendas a partir de 2029. La propuesta parte de una preocupación por los microplásticos, partículas presentes en numerosos productos cotidianos cuya exposición está bajo investigación científica. El proyecto prevé multas de hasta $25 000 por vender artículos comprendidos en la prohibición. Si se aprobara en los términos previstos, el estado donde la marihuana se comercializa legalmente desde abril de 2022 podría permitir su venta y, al mismo tiempo, impedir la de un paquete de chicles.
Las legisladoras Shama Haider y Margie Donlon presentaron la iniciativa hace aproximadamente dos meses. Su aplicación sería gradual: durante el primer año, los envases incorporarían una advertencia pequeña; en el segundo, tendrían que exhibir de forma visible, en inglés y español, la indicación “Este producto contiene microplásticos”; en el tercero, comenzaría la prohibición de venta. La lista propuesta no termina en los chicles. También abarca, entre otros artículos, bolsitas de té, café molido, polvos de talco, alimentos para mascotas, cosméticos, productos de limpieza y platos y cubiertos de plástico.
El debate tiene dos componentes que conviene distinguir. La contaminación ambiental causada por el plástico está documentada, pero la detección de pequeñas partículas dentro del organismo humano no demuestra, por sí sola, que provoquen una enfermedad. Investigadores y médicos tratan de determinar qué tipos de partículas podrían resultar perjudiciales, en qué cantidades y mediante qué mecanismos. Esas preguntas siguen abiertas incluso mientras algunos legisladores proponen restricciones comerciales.
Los microplásticos son fragmentos de polímeros de menos de cinco milímetros. Cuando el tamaño es inferior a una milésima de milímetro se habla de nanoplásticos. Una parte se fabrica deliberadamente en dimensiones diminutas; otra procede del desgaste de objetos mucho mayores. Botellas, utensilios de cocina, tablas de cortar, hervidores eléctricos, envases y recipientes infantiles pueden desprender partículas con el uso. En los chicles, el material plástico forma parte de los polímeros que proporcionan elasticidad a la goma.
La presencia de estos materiales tampoco se limita a lo que una persona mastica. Se han detectado partículas de plástico en pescados y mariscos, sal, miel, azúcar, cerveza, leche y carne. Las fibras que liberan las prendas sintéticas durante el lavado, el desgaste de los neumáticos y la fragmentación de bolsas y embalajes aportan más material al ambiente. En contacto con el calor o la radiación solar, muchos productos se deterioran con mayor facilidad. Sus fragmentos pueden alcanzar el suelo, las fuentes de agua y el aire y, desde allí, entrar en el cuerpo por la alimentación o la respiración.
Un estudio realizado en 2024 por investigadores de la Universidad de Columbia identificó una media aproximada de 240.000 partículas de plástico por litro de agua embotellada. Otras investigaciones han observado que determinadas bolsitas de té pueden liberar cantidades considerables de partículas al entrar en contacto con agua caliente. El mes pasado, un trabajo publicado en Journal of Food Composition and Analysis abordó un caso semejante: los vasos en los que se preparan fideos instantáneos podrían desprender microplásticos cuando reciben agua a temperatura de ebullición. El experimento examinó la liberación desde el envase, no las consecuencias médicas de comer los fideos.
Los resultados sobre exposición humana requieren además métodos de medición fiables. En enero, una investigación publicada por The Guardian recogió objeciones de científicos a diversas técnicas empleadas para identificar plástico en tejidos. Una de las dificultades consiste en que ciertos procedimientos pueden confundir componentes grasos naturales con polímeros. También se cuestionó que algunas muestras se hubieran manipulado sin excluir suficientemente la contaminación procedente de guantes y tubos de laboratorio. Un investigador llegó a calificar de “broma” un estudio destacado de este campo.
Inés Zucker, profesora de la Escuela de Ingeniería Mecánica de la Universidad de Tel Aviv, reconoce que el cuestionamiento metodológico se ha incrementado a medida que aparecen estudios sobre partículas en distintos órganos. Distinguir el plástico de otros componentes del tejido no es sencillo, explica, y todavía falta establecer una relación comprobable entre una concentración determinada y un perjuicio concreto para la salud. Para la investigadora, descubrir partículas en más lugares no resuelve la cuestión principal: saber si ocasionan daño.
Una revisión científica elaborada en Singapur a comienzos de este año examinó las investigaciones sobre microplásticos y nanoplásticos en humanos. Encontró asociaciones entre concentraciones elevadas de partículas en sangre o tejidos y marcadores inflamatorios o episodios cardíacos; también entre partículas presentes en el aparato digestivo y cambios en las bacterias intestinales. Otros trabajos realizados con hombres relacionaron la exposición con una menor calidad del semen. Sin embargo, de miles de registros científicos, solamente 25 estudios midieron partículas en personas vivas y cumplieron los criterios establecidos por los autores. Muchos carecían de un grupo de control.
La revisión consideró que las asociaciones justifican preocupación, pero no permiten atribuir a los microplásticos las enfermedades o alteraciones observadas. Una relación estadística puede coexistir con otros factores capaces de explicar el resultado. Determinar la dirección de esa relación y medir la exposición real continúan como problemas centrales de esta investigación.
Uno de los trabajos que más atención recibió apareció en 2024 en The New England Journal of Medicine. Investigadores italianos examinaron placas de ateroma retiradas de las arterias carótidas de 257 pacientes operados y encontraron partículas de plástico en 150. En el grupo con partículas se registró una frecuencia 2,7 veces mayor de infarto, accidente cerebrovascular o muerte durante el seguimiento. El resultado indicaba una asociación, no que el material detectado hubiera provocado esos desenlaces.
La revisión de Singapur señaló limitaciones en los procedimientos utilizados para cuantificar el plástico. Otros investigadores observaron que no se había descartado suficientemente una posible contaminación de las muestras durante su manipulación. Ido Peldor, director interino del departamento de neurocirugía del Centro Médico Shaare Zedek, considera que los dos hallazgos —partículas en arterias y más acontecimientos cardiovasculares posteriores— están relacionados de forma demasiado indirecta para establecer conclusiones definitivas. En este tipo de estudios intervienen numerosas variables que los resultados no consiguen aislar.
Las investigaciones con animales ofrecen otros indicios: ciertos microplásticos pueden alterar funciones celulares y procesos biológicos en condiciones experimentales. No está establecido que los mismos efectos se produzcan en personas expuestas a las cantidades habituales del ambiente. Ofir Lavon, responsable de farmacología y toxicología clínica del Centro Médico Carmel, advierte de que los plásticos suelen combinarse con aditivos que pueden tener propiedades tóxicas al degradarse. Las partículas de menor tamaño poseen, además, capacidad para alcanzar las células y podrían desencadenar respuestas inflamatorias. La posibilidad biológica, sin embargo, no equivale a una demostración clínica de enfermedad.
Peldor plantea otro límite práctico: aunque diversos estudios sugieren que el material podría ser perjudicial, no existe una medicación, operación ni procedimiento médico demostrado que elimine ese riesgo. Tampoco es sencillo comparar personas expuestas con otras totalmente libres de plástico. Casi todos han utilizado botellas, vasos u otros objetos fabricados con este material. Esa exposición extendida dificulta saber qué cantidades resultarían nocivas y hasta qué punto.
Lavon coincide en que todavía se desconoce la magnitud de los posibles daños. Algunas sustancias entran en el organismo y después se eliminan; otras pueden permanecer durante períodos prolongados. Lo decisivo es averiguar si su presencia produce procesos patológicos, enfermedades crónicas o una reducción de la esperanza de vida. El toxicólogo sostiene que reducir una exposición innecesaria puede ser razonable incluso antes de obtener todas las respuestas, pero no da por demostrado que el plástico acorte la vida o cause las enfermedades que se le atribuyen.
Zucker formula una distinción semejante. Los datos actuales permiten hablar de motivos de preocupación, no de una emergencia sanitaria demostrada. Sigue sin conocerse qué tamaños o tipos de partículas podrían producir lesiones y a partir de qué concentraciones. La investigadora recuerda, además, que en animales marinos se han observado desde hace años efectos de la ingestión de fragmentos plásticos sobre la alimentación y el crecimiento. La presencia de esos fragmentos en tejidos humanos se ha detectado con más frecuencia en investigaciones recientes, pero las consecuencias no pueden trasladarse automáticamente de una especie a otra.
La preocupación ha provocado respuestas fuera de los laboratorios. En abril, el secretario de Salud estadounidense, Robert F. Kennedy Jr., y el responsable de la Agencia de Protección Ambiental, Lee Zeldin, anunciaron medidas sobre los posibles efectos de los microplásticos. Estos materiales pasaron a figurar entre los contaminantes considerados para una posible regulación del agua potable. El Departamento de Salud de Estados Unidos también anunció $144 000 000 para investigaciones relacionadas con el asunto.
La Unión Europea había iniciado restricciones en 2023 para productos con microplásticos añadidos deliberadamente, entre ellos ciertas purpurinas y partículas exfoliantes. El calendario europeo contempla nuevas limitaciones para determinadas categorías de cosméticos y artículos de limpieza durante los próximos dos años. Son decisiones regulatorias que responden, entre otros aspectos, a la contaminación ambiental, un problema distinto de la cuestión de si las partículas halladas en el cuerpo humano causan daños clínicos.
Los chicles ya habían estado sujetos a restricciones antes de este debate. Singapur limitó su venta en 1992 para combatir los residuos adheridos a calles y otras superficies. En el Reino Unido y Bélgica existen iniciativas que responsabilizan a los fabricantes de contribuir a la limpieza de esos desechos. El Gobierno neerlandés pidió recientemente a la Comisión Europea que prohibiera la venta de chicles con plástico por sus consecuencias ambientales. Nueva Jersey agrega a esos argumentos el temor a las partículas que se desprenden durante la masticación y que, en opinión de Haider, pueden llegar a la sangre, el hígado, los pulmones, el cerebro y la leche materna.
La magnitud de la exposición atribuible a un chicle es precisamente uno de los puntos cuestionados. Zucker valora que la legislación examine la exposición humana y no solo la contaminación ambiental, aunque considera insuficiente concentrarse en un producto cuando existen otros focos más importantes. Peldor califica la iniciativa de populista y pide investigar qué proporción del microplástico total procede realmente de los chicles. Lavon es más severo: cree que su contribución sería mínima o nula frente al contacto diario con plásticos al comer, beber y utilizar objetos corrientes. “¿De verdad el problema es el chicle? ¿Por qué se han obsesionado con eso?”, plantea.
El temor a las partículas también ha generado un mercado de tratamientos costosos. Brian Johnson, empresario conocido por sus experimentos personales para retrasar el envejecimiento, publica mediciones de microplásticos en su sangre y en su semen; afirma haber reducido a cero los niveles detectados en este último. Gwyneth Paltrow, LeAnn Rimes y el exjugador de fútbol americano Troy Aikman figuran entre quienes se han sometido a intercambios de plasma promocionados, entre otras finalidades, como una forma de eliminar microplásticos de la sangre.
Orlando Bloom declaró haber pagado alrededor de $10 000 por uno de esos procedimientos. Joe Rogan publicó en Instagram una fotografía de la bolsa de plasma que le habían extraído y comparó el tratamiento con cambiar el aceite de un automóvil. También habló de testimonios de personas que aseguraban dormir mejor y recuperarse más rápido después de recibirlo. Ninguna de esas experiencias personales demuestra que el intercambio de plasma prevenga problemas de salud relacionados con microplásticos: su eficacia para esa finalidad no ha sido acreditada mediante ensayos clínicos.
La distancia entre una alarma pública y la prueba científica tiene antecedentes. En 1968, una carta de un médico estadounidense describió sensaciones de hormigueo, debilidad y palpitaciones tras comidas en restaurantes chinos, y sugirió que podían relacionarse con el glutamato monosódico, o MSG. La idea se difundió como “síndrome del restaurante chino”. Establecimientos de Estados Unidos modificaron sus recetas y colocaron avisos de “sin MSG”, pero investigaciones posteriores, desde la década de 1990, cuestionaron aquella supuesta reacción característica. La FDA considera actualmente seguro el uso alimentario del glutamato monosódico.
La sacarina tuvo una trayectoria igualmente marcada por cambios regulatorios. En 1977, la FDA intentó prohibir este edulcorante después de que experimentos con ratas lo relacionaran con cáncer. Quienes se opusieron a la medida señalaron que los animales habían recibido dosis equivalentes, aproximadamente, a 800 latas diarias de refresco dietético. El Congreso estadounidense impidió la prohibición, pero exigió advertencias sanitarias en los productos. Esas etiquetas permanecieron más de veinte años. Se retiraron en 2000, cuando se estableció que el mecanismo por el cual aparecían tumores en las ratas estaba relacionado con características de su orina que no se presentan del mismo modo en humanos.
El café también fue clasificado a principios de la década de 1990 como posiblemente cancerígeno por la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer. Aproximadamente veinticinco años más tarde, tras revisar centenares de investigaciones, la propia agencia concluyó que no había pruebas suficientes para mantener esa sospecha. Con el aspartamo ocurrió otra distinción importante: en 2023 recibió una clasificación de “posiblemente cancerígeno”, pero especialistas de la Organización Mundial de la Salud señalaron ese mismo día que no correspondía modificar la ingesta diaria admisible. Una clasificación sobre peligro potencial no equivale necesariamente a medir el riesgo de una exposición habitual.
Las recomendaciones nutricionales también muestran por qué una advertencia puede resultar incompleta. Durante décadas se aconsejó reducir el consumo de grasa, y muchos consumidores sustituyeron la mantequilla por margarina o eligieron alimentos de bajo contenido graso. Después se comprobó que las grasas trans, presentes antes en cantidades importantes en algunas margarinas, elevan el riesgo de enfermedad cardíaca. Las autoridades estadounidenses impulsaron la retirada de aceites que las contenían. Una investigación publicada en JAMA Internal Medicine en 2016 expuso además que la industria azucarera había financiado estudios que restaban importancia a los peligros del azúcar y enfatizaban los de la grasa.
Eso no significa que todas las recomendaciones sobre grasas fueran incorrectas. Continúa vigente el consejo de limitar las grasas saturadas, pero sus diferentes tipos no tienen el mismo efecto y un producto bajo en grasa no es, por esa sola razón, más saludable. La experiencia sirve para distinguir entre una medida fundamentada y una simplificación que no tiene en cuenta las características del material o de la sustancia examinada.
También hay advertencias sanitarias que terminaron por confirmarse, e incluso se adoptaron después de que se produjeran daños. El tabaquismo, el amianto y la incorporación de plomo a la gasolina constituyen ejemplos de riesgos establecidos. En relación con determinados componentes del plástico, la Unión Europea prohibió en 2011 el bisfenol A (BPA) en biberones y amplió las restricciones a finales de 2024 a materiales y productos destinados a entrar en contacto con alimentos. Estos antecedentes no resuelven la cuestión de los microplásticos, pero muestran que los resultados científicos pueden respaldar prohibiciones cuando se conoce suficientemente el peligro.
La extensión del fenómeno tiene también una dimensión psicológica. Lavon atribuye parte del miedo a que las personas sienten que no controlan la exposición a algo que se encuentra prácticamente en cualquier lugar. La incertidumbre aumenta cuando aparecen noticias de partículas en sangre, cerebro o placenta. Para el especialista, localizar una sustancia en el organismo y demostrar que perjudica su funcionamiento son dos afirmaciones diferentes. La investigación necesita explicar si el material permanece, cómo interactúa con los tejidos y qué consecuencias produce, en caso de que existan.
Las grandes autoridades sanitarias aún no han establecido que las concentraciones habituales de microplásticos en el cuerpo humano causen enfermedades. La FDA señala que las pruebas actuales no demuestran que los niveles encontrados en alimentos dañen la salud pública. La Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria considera insuficiente la información disponible para evaluar el riesgo. Ninguna de estas posiciones niega la presencia de partículas ni excluye que investigaciones futuras puedan identificar efectos perjudiciales; describen los límites de lo que se conoce hasta ahora.
Zucker propone disminuir sobre todo el uso de productos de plástico desechable, que considera más frágiles y propensos a la degradación. Al mismo tiempo, rechaza tratar todo el plástico como un enemigo: recuerda sus aplicaciones relevantes en automoción, electrónica y aviación. Entre las medidas personales planteadas figuran reducir los utensilios de un solo uso, calentar comida en recipientes de vidrio en lugar de envases plásticos y preferir agua del grifo filtrada a agua embotellada. En cuanto a la iniciativa de Nueva Jersey, la discusión sigue abierta sobre si prohibir chicles tendría un efecto apreciable frente a las numerosas fuentes de exposición existentes.










