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Teherán sacrifica el bolsillo de los iraníes para salvar su imagen

22 de agosto de 2026
en Irán
Teherán sacrifica el bolsillo de los iraníes para salvar su imagen

Un comerciante ordena frutos secos en su tienda del bazar tradicional de Tajrish, al norte de Teherán (Irán), el 2 de agosto de 2026. (Foto AP/Vahid Salemi)

Los supermercados de Teherán siguen llenos. Hay arroz, leche, huevos, carne, frutas, productos de limpieza y medicamentos. La escasez no está en los estantes, sino en los bolsillos. Para una parte cada vez mayor de los iraníes, el problema ya no consiste en encontrar lo que necesitan, sino en decidir qué pueden dejar de comprar.

Ahmad Karimi toma esa decisión casi todos los días. Tiene 52 años, dos hijos y conduce un taxi hasta 15 horas por jornada. Trabaja también los fines de semana. Aun así, el dinero alcanza para menos que antes.

“Prácticamente hemos renunciado a muchas cosas”, dice. “Hemos eliminado la fruta de nuestra dieta, hemos suprimido las proteínas, renunciamos al ocio e incluso trabajamos los fines de semana”.

La experiencia de Karimi se ha vuelto común en un país que llega a casi seis meses de guerra con Estados Unidos e Israel con una moneda depreciada, empleos perdidos y precios que suben con mayor rapidez que los ingresos. Las sanciones occidentales ya formaban parte de la economía iraní desde mucho antes de la guerra actual, pero la guerra ha añadido nuevas restricciones y ha dificultado todavía más la venta de, una de las principales fuentes de divisas del país.

Irán aprendió durante años a vivir alrededor de las sanciones. Sustituyó importaciones con producción interna, recurrió a intermediarios en terceros países, creó redes informales de comercio y desarrolló una flota paralela para sacar petróleo al exterior. Ese sistema no ha eliminado el daño, pero ha permitido que la economía continúe funcionando incluso bajo una presión prolongada.

Hadi Kahalzadeh, especialista en economía iraní de la Universidad de Brandeis, considera que esa capacidad de adaptación ayuda a explicar por qué el deterioro económico no ha producido hasta ahora el efecto político que Washington esperaba.

“La capacidad de resistencia de Irán no solo evita el colapso, sino que también impide que el dolor económico se traduzca en la presión política y los cambios que espera”, explica.

La resistencia macroeconómica, sin embargo, se parece poco a la vida cotidiana de quienes hacen compras en Teherán. En el Gran Bazar, donde muchos acuden precisamente para encontrar precios más bajos que en los supermercados, el arroz cuesta alrededor de un 60 % más que antes del inicio de la guerra. La carne de res ha subido cerca de un 150 %.

Una mujer de 41 años, residente en el norte del país, cuenta que recientemente pagó 89 millones de riales, unos $65, por leche, huevos, papel higiénico y otros artículos básicos. En esa compra no había carne.

“La compra de artículos de primera necesidad se ha convertido en nuestra principal prioridad, y nuestra cesta de la compra se ha vuelto más pequeña y limitada”, relata bajo condición de anonimato.

La reducción de la cesta familiar también obliga a negociar continuamente con los hijos, con los gastos y con cualquier compra que pueda postergarse.

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“El coste emocional y la presión a la que estamos sometidos son otra historia”, añade. “Cada vez que tenemos que decirles que no a nuestros hijos, cada vez que dudamos ante una decisión [.] resulta genuinamente agotador”.

Las proyecciones no anuncian alivio cercano. El Fondo Monetario Internacional prevé que la inflación iraní se acerque al 70 % a finales de año y que la economía se contraiga más de un 5 %. Las cifras oficiales sitúan el desempleo en el 9,1 %, aunque medios próximos al Estado sostienen que la tasa real puede ser mayor. Un funcionario del Ministerio de Trabajo señaló que, para finales de mayo, se había perdido más de un millón de puestos desde el comienzo de la guerra.

En ese escenario, la gasolina permanece como una de las pocas excepciones visibles. El Estado la mantiene fuertemente subvencionada, aunque incluso ese mecanismo empieza a mostrar límites. Un asesor presidencial advirtió recientemente que Irán consume más combustible del que produce y que podría ser necesario aumentar los precios. El asunto es políticamente delicado. Alzas anteriores de la gasolina provocaron protestas.

El deterioro económico tampoco comenzó con la guerra. A comienzos de año ya se habían registrado manifestaciones en distintas partes del país, que posteriormente fueron reprimidas por las fuerzas de seguridad. Desde entonces, las autoridades han advertido que participar en protestas antigubernamentales puede ser considerado traición.

Pero la relación entre penuria económica y oposición política no es automática. Parte del malestar se dirige contra el gobierno iraní, pero otra parte se concentra en los países responsables de las sanciones y de los ataques contra instalaciones iraníes.

Hassan Golmoradi, economista radicado en Teherán, sostiene que esa combinación ayuda a explicar por qué las dificultades no se han convertido en una movilización generalizada contra las autoridades.

“A pesar de las penurias y las dificultades, han demostrado una paciencia considerable al soportar las presiones económicas resultantes”, afirma.

Mohammad Farzanegan, profesor de economía de Oriente Medio en la Universidad de Marburgo, observa algo parecido. Los hogares sienten el daño, pero muchos no consideran que salir a protestar vaya a mejorar sus condiciones.

“Sufren, en efecto, pero no creen que al sumarse a protestas violentas puedan conseguir algo para ellos y sus familias”, dice.

Mientras esa cautela persiste dentro del país, Washington intenta aumentar el coste de comerciar con. El presidente estadounidense,, anunció esta semana una nueva ofensiva económica y amenazó con imponer sanciones secundarias a empresas y países que continúen haciendo negocios con Teherán.

El efecto comenzó a sentirse de inmediato en algunos de los canales comerciales que Irán había utilizado durante años para sortear las restricciones. Los, uno de los principales puntos de entrada de bienes y de conexión con mercados extranjeros, anunciaron posteriormente la suspensión de todo comercio con Teherán.

El gobierno del presidente Masoud Pezeshkian intenta mantener abierta una salida negociada al conflicto y reconoce públicamente que la situación económica ha pasado a ocupar el centro de sus preocupaciones internas.

“Lo que nos preocupa son los medios de subsistencia de la gente y su situación económica, por lo que hacemos todo lo posible para hacer frente a ello”, declaró la semana pasada.

No todos dentro del sistema iraní comparten el mismo enfoque. El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica mantiene una posición más dura y reclama mayores concesiones de Estados Unidos, entre ellas un mayor control iraní sobre el y compensaciones económicas relacionadas con la guerra.

Esas discusiones se desarrollan lejos de la rutina de Karimi. Él sigue conduciendo por Teherán durante jornadas que ocupan casi todo el día. Su problema inmediato no es la estrategia petrolera, ni el estrecho de Ormuz, ni las negociaciones con Washington. Es calcular qué puede comprar su familia con el dinero que entra al final de cada jornada y cuánto más podrá reducir una vida que ya ha sido reducida varias veces.

“La población no podrá continuar con esta vida”, dice. “Simplemente respiramos, sobrevivimos e intentamos salir adelante de un día para otro”.

Etiquetas: Estados UnidosIránSanciones Económicas

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